Era natural que en un ambiente así apareciera el tipo del matón. Lo hubo antes, y ahora mismo existe, sobre todo en los suburbios de las grandes poblaciones. Llaman en Buenos Aires orilleros (sin duda por ser vecinos de las orillas urbanas) a unas gentes confusas, bastante híbridas, formadas de todos los restos de población indígena y forastera, con sedimentos criollos y mucha aportación italiana, especialmente de las partes de Nápoles, Calabria y Sicilia. En esta población circundante y procelosa surge con frecuencia el tipo del guapo, del chulo, del apache, que en el lenguaje provincial del país llaman compadrito. Antiguamente se titulaba compadre a secas, y la palabra ha dado origen a un verbo muy usado, compadrear, que significa hacer el gallo, el guapo o el valentón; pero en la chulería arrabalesca, allí como en los bajos fondos sociales europeos, el valentón busca siempre la manera diminutiva o afeminada de mostrar su terrible y repugnante masculinismo. El compadre, pues, se convierte en compadrito, hombre pálido y cruel, apachesco, fríamente sanguinario, portador del revólver o del cuchillo, espejuelo de las infelices y deslumbradas mujeres, y diestro bailador de ese soez tango argentino que, en efecto, los argentinos honrados nunca quisieron bailar, y en Europa lo han bailado las atolondradas señoritas linajudas.

Del gaucho Martín Fierro no se puede decir que sea un compadre militante. Obedece, sí, a la ley de su patria, y tomando un poco más de ginebra se siente algo provocador y demasiadamente dicharachero. Por soltar con exceso la lengua se ve obligado una vez a reñir con un negro, al que tiene la desgracia de rajar el vientre. Son cosas de la fatalidad, que hoy toca a uno y mañana nos escogerá a nosotros. Efectivamente:

Otra vez en un boliche
estaba haciendo la tarde;
cayó un gaucho que hacía alarde
de guapo y de peliador.

A la llegada metió
el pingo hasta la ramada,
y yo sin decirle nada
me quedé en el mostrador.

Era un terne de aquel pago
que naides lo reprendía,
que sus enriedos tenía
con el señor Comendante.

Y como era protegido
andaba muy entonao,
y a cualquiera desgraciao
lo llevaba por delante.

¡Ah, pobre! ¡si él mismo creíba
que la vida le sobraba!
Ninguno diría que andaba
aguaitándolo la muerte.

Sabe ya Martín Fierro, desde la aparición del compadre en la pulpería, que las cosas no podrán ir bien para todos. Antes de que estalle la tormenta, el héroe hace unas cuantas reflexiones filosóficas, seguramente no exentas de curiosidad.

Pero ansí pasa en el mundo,
es ansí la triste vida;
pa todos está escondida
la güena o la mala suerte...

Observad ahora la manera especial de desarrollarse una pendencia entre gauchos: