Y ya me hizo relumbrar
por los ojos el cuchillo,
alcanzando por la punta
a cortarme en un carrillo.

Me hirvió la sangre en las venas
y me le afirmé al moreno,
dándole de punta y hacha
pa dejar un diablo menos.

Por fin en una topada
en el cuchillo lo alcé,
y como un saco de güesos
contra un cerco lo largué...

Acabada la riña, Martín Fierro atraviesa por entre los silenciosos espectadores sin volver la mirada, convencido de que nadie habrá de poner una objeción a su terrible y lógico comportamiento.

Limpié el facón en los pastos,
desaté mi redomón,
monté despacio, y salí
al tranco pa el cañadón...

En otro capítulo se verá la forma de pelea y el sentido de la muerte del gaucho.

CAPÍTULO VII
Hazañas y Entreveros

EL uso consumado de la esgrima trae consigo una especie de culto de la serenidad; el esgrimidor, por lo mismo que cuenta con su destreza y quiere atestiguarla, se cuida mucho de mostrar una firme sangre fría al momento de la pelea.

El gaucho hace esgrima desde que nace, y en su mano se convierte el facón en un prodigio. No le gusta, por tanto, combatir de un modo brutal y torpe; estima grato rodear el trance del peligro con el adorno de esas gracias marciales que consisten en jactanciosas actitudes, ademanes despectivos y palabras hirientes. Desde los tiempos del padre Homero, el hombre que fía su riesgo a la entereza de su mano y de su espada ha sentido siempre el trágico placer de irritar, de encolerizar al adversario, y demostrarle cuán poco terror alberga el pecho que se prepara a combatir.

El gaucho es un buen hijo de español, y sufriría mucho si le privaran del ácido y supremo placer de la jactancia varonil frente a la muerte. Ha heredado del andaluz el culto del gesto y la graciosa arrogancia del desplante masculino; antes de herir, se reserva el derecho de lanzar la frase punzante y retadora. Sus riñas suelen tener un prefacio terrible, emocionante, en que los contendientes se atacan con miradas y con palabras frías, con frases de ambiguo sentido, con sonrisas que cortan.