He nombrado el cuchillo, y la palabra no es justa del todo. El cuchillo o facón gauchesco era más bien una espada. Sus dimensiones tenían una prudente medida, y si era demasiado largo para cuchillo, quedaba algo corto para llegar a espada. El gaucho no podía llevar una espada al cinto, como un soldado de caballería; su manera violenta y continua de cabalgar, y su deseo de no separarse nunca del arma fiel, le obligó a cortar la espada del caballero o del hidalgo. La cruzó en la cintura, la sujetó a su cuerpo, y así logró convertirla en algo indivisible con su persona.
Al referirme al cuchillo del gaucho hablo en pretérito, porque el arma nacional de los ríoplatenses va desapareciendo, y sólo es usado tal vez en las comarcas desviadas. El europeo ha traído el uso del revólver, arma fácil y expedita que no requiere una maniobra tan complicada como aquel acero filoso, únicamente eficaz cuando la mano, la vista y el corazón del gaucho lo esgrimía en los imponentes entreveros[28].
Tampoco podía el europeo desenvolverse en el seno de la Naturaleza, desafiarla y vencerla como el gaucho. Este hombre primitivo contaba solamente con su voluntad y sus iniciativas. Situado en mitad del desierto, se buscaba un camino, se orientaba por las huellas sutiles de la luz o del color y sabor de las hierbas, y nada quedaba para él sin expresión, desde el vuelo de las aves hasta el mugido de las bestias errabundas. Poco debía contar con la justicia ni con los poderes constituidos; en último caso fiaba a su acero la defensa de su familia y de su prestigio personal. El europeo, debilitado por la civilización, procura reconciliarse con la Naturaleza, y al reñir contra ella no marcha de frente, sino que la soslaya, y pone por medio la mecánica de la industria y la otra mecánica de las leyes colectivas.
Un pueblo entero, libre y robusto, usaba hasta ayer mismo la espada del caballero o del hidalgo, como hace dos o tres siglos la usaban en Europa las gentes nobles. No se olvide que la espada significa libertad, aunque las mentes un poco aturdidas por la democracia tomen esto por una blasfemia. La espada no ha sido nunca negocio de esclavos, porque implica el sentido de la mayor independencia personal. La espada hace sagrado el concepto de la personalidad, y un hombre que la lleva al cinto está significando a todos los otros hombres que su independencia personal comienza desde la misma punta de su espada. Los caballeros del siglo XVI, llevando todos el signo acerado y mortífero de la libertad, por imposición natural interponían entre ellos la virtud más deseable y democrática: el respeto mutuo.
Así Pizarro, detenido en la isla del Gallo por las suspicacias de algunos compañeros, cuando quiso arrastrar su gente a la gran aventura de conquistar el Perú no osó proferir gritos y órdenes de mando, sino que sacó la espada, rayó la tierra con un brusco ademán y empezó: ¡Señores...!
Aquellos hidalgos trajeron la espada a la llanura ríoplatense, y el gaucho, pobre y errante como su progenitor, lleno de sus mismos prejuicios, reacio a la industria, atento al honor y a la libertad más que al ahorro, fué un testamentario y un continuador en América de la tradición castellana. Cuando en la tierra originaria no quedaron hidalgos de espada al cinto, en la Pampa vivía el gaucho una vida hidalguesca, con su caballo y su daga, su puntillo de honor y su aventura.
No; no era para todos el manejo de la daga gauchesca. Nada tan complicado como su esgrima, ni nada tan terrible como un hombre de aquellos cuando enrollaba al brazo el poncho, se quitaba las grandes espuelas y hacía brillar la hoja del cuchillo. A veces las pendencias duraban mucho tiempo, y el sudor bañaba los rostros que la ira hacía enrojecer. Los circunstantes formaban en círculo, y a nadie se le ocurría que podía intervenir en aquel torneo legal y honroso. Juntos los pies de ambos luchadores, casi abrazados los dos, hacían largo tiempo culebrear los aceros, parándose los tajos con el poncho, ladeándose, evitándose como ágiles reptiles. Un chirle en la cara era golpe muy apreciado, y a veces bastaba la herida del rostro para lavar una ofensa. Pero los verdaderamente bravos no se contentaban con tan poco. Martín Fierro era hábil en hundir el cuchillo hasta la empuñadura.
Yo tenía un facón con S[29]
que era de lima de acero;
le hice un tiro, lo quitó
y vino ciego el moreno.
Y en el medio de las aspas
un planazo le asenté,
que lo largué culebriando
lo mesmo que buscapié.
Le coloriaron las motas
con la sangre de la herida,
y volvió a venir furioso
como una tigra parida.