También Martín Fierro colabora en esta propensión a la queja dulce y al dolor de la ausencia. Azuzado por la justicia, pobre y errante, necesita poner su memoria en la dama de sus pensamientos y canta:
Es triste dejar sus pagos
y largarse a tierra ajena,
llevándose el alma llena
de tormentos y dolores;
mas nos llevan los rigores
como el pampero[23] a la arena.
Cuántas veces al cruzar
en esa inmensa llanura,
al verse en tal desventura
y tan lejos de los suyos,
se tira uno entre los yuyos[24]
a llorar con amargura.
En la orilla de un arroyo
solitario lo pasaba,
en mil cosas cavilaba,
y a una güelta repentina
se me hacía ver a mi china
o escuchar que me llamaba.
Nada más justificado que el lamento criollo y ese tópico criollo de la ausencia. Es una melancolía que llamaríamos territorial, topográfica. Y ciertamente, si el gaucho encuentra algunas ocasiones de felicidad, su posición en el mundo le hace apto para la melancolía.
No es que sea sombrío, ni que le falte lo esencial a la vida; en los buenos tiempos de Martín Fierro, y aún ahora generalmente, el paisano[25] dispone de un caballo en que trotar, el amor lo encuentra fácil, un cobertizo y un poncho le son suficientes para cubrirse, y la carne, base casi única de su alimentación, la cobra sin ninguna dificultad. El trabajo es fácil también. Detesta el manejo de la azada y no gusta el oficio de labrador, que abandona a los gringos; pero es insuperable caballista, cuida como nadie de los ganados, sabe esquilar ovejas y domar potros y herrar lindamente, y es inapreciable, insustituible, en una estancia[26]. Bebe, rasguea su guitarra, canta por lo fino. Gallardea en las fiestas, y sobre su dócil caballo, a la madrugada, tendido al galope y con el lazo revoleado diestramente en medio de la manada cerril, siente sin duda el robusto goce de la vida plena, libre y masculina.
Pero delante de sus ojos, ¡cómo es de igual y plana la llanura! He allí un mar de hierba, monótono e inexorable como el Océano. Vagamente llega al alma una tristeza que no es la del marino, porque el marino va, y el gaucho no saldrá nunca de su profunda soledad. El jinete se endereza sobre su corcel, y no columbra nada a lo lejos, ni un pueblo, ni una roca, ni un campanario; acaso una cabaña, sombreada por un sauce llorón, o un ombú[27], el solitario árbol de la Pampa que no forma nunca bosque. Sólo el blanquear de las ovejas, y el mugido de los toros errantes y apaciguados. Un amanecer de oro, un mediodía azul, un crepúsculo lleno de nostalgias. El cielo y la llanura, tan anchos, tan infinitos, concluyen por parecer muros de limitación... Sólo el viento pampero, de largo en largo, brota súbito como del mismo seno de la llanura y hace estremecer los pajonales y retumba siniestra y poderosamente en la infinita soledad del desierto.
CAPÍTULO VI
El Cuchillo del Gaucho
POR entre los versos del Martín Fierro brilla con frecuencia el cuchillo de nuestro gaucho errante, y con esa arma compañera se consuman hazañas increíbles, como el resistir en pleno campo abierto a un pelotón de soldados policiales.
Viajando una vez por la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje algo seco y surcado de pelados oteros recuerda bastante al campo de Castilla, sorprendí un hombre a caballo, verdadera imagen del romancesco tipo del gaucho. Ya no vestía chiripá, pero en su defecto portaba unos anchísimos calzones bombachos, y sobre la erguida cabeza llevaba un sombrero afieltrado, con masculino y coquetón talante. Al girar de espaldas, mostró en el cinto, por la parte de los riñones, cruzado un largo cuchillo de punta sutil. Mientras el tren arrancaba con enfática carrera, el hombre del caballo y del cuchillo se internó serenamente en la llanura, bien tieso en su silla nacional, impasible y orgulloso, como una página del pasado que se vuelve y huye...