Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar, guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno. Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la necesidad de un portamonedas.

El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el sentido de nuestra civilización.

Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último, el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición. Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas.

Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización. El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento. ¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho, porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco, calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que cubra sus vergüenzas. Los que manejan ingenios y obrajes en el norte de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea, exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su muelle y dichosa holganza?...

Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente serán siempre los países cálidos una especie de “territorios protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere buscar.

Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la Tierra.

CAPÍTULO IX
Un Duelo con un Salvaje

TAN pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al cruzar la frontera.

Y cuando la habían pasao
una madrugada clara,
le dijo Cruz que mirara
las últimas poblaciones,
y a Fierro dos lagrimones
le rodaron por la cara...

Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los salvajes están preparando un malón a tierra de cristianos, y no bien se presentan los dos intrusos, deciden matarlos.