Se armó un tremendo alboroto
cuando nos vieron llegar;
no podíamos aplacar
tan peligroso hervidero;
nos tomaron por bomberos
y nos quisieron lanciar.
Nos quitaron los caballos
a los muy pocos minutos;
estaban irresolutos;
quién sabe qué pretendían.
Por los ojos nos metían
las lanzas aquellos brutos.
Y dele en su lengüeteo
hacer gestos y cabriolas.
Uno desató las bolas
y se nos vino en seguida.
Ya no creíamos con vida
salvar ni por carambola.
En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del mantenimiento.
El alimento no abunda
por más empeño que se haga;
lo pasa uno como plaga
ejercitando la industria,
y siempre como la nutria
viviendo a orilla del agua.
En semejante ejercicio
se hace diestro cazador.
Caí el piche engordador,
caí el pájaro que trina;
todo bicho que camina
va a parar al asador.
Pues allí a los cuatro vientos
la persecución se lleva;
naide escapa de la leva,
y dende que el alba asoma
ya recorre uno la loma,
el bajo, el nido y la cueva.
En las sagradas alturas
está el maestro principal,
que enseña a cada animal
a procurarse el sustento,
y le brinda el alimento
a todo ser racional.
Y aves y bichos y peces
se mantienen de mil modos.
Pero el hombre en su acomodo
es curioso de observar;
es el que sabe llorar...
¡y es el que los come a todos!
Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo. Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma.