Todos pueden figurarse
cuánto tuve que sufrir.
Yo no hacía sino gemir,
y aumentaba mi aflicción
no saber una oración
pa ayudarlo a bien morir.
De rodillas a su lado
yo le encomendé a Jesús.
Faltó a mis ojos la luz,
tuve un terrible desmayo.
¡Caí como herido del rayo
cuando lo vi muerto a Cruz!...
Andaba de toldo en toldo
y todo me fastidiaba.
El pesar me dominaba,
y entregao al sentimiento
se me hacía a cada momento
oir a Cruz que me llamaba.
Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto día...
Sin saber qué hacer de mí
y entregado a mi aflicción,
estando allí una ocasión
del lado que venía el viento,
oí unos tristes lamentos
que llamaron mi atención.
Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos achacaban la peste de viruela a brujería.
Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y vengar a la pobre cautiva.
Yo no sé lo que pasó
En mi pecho en ese instante...
Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza, toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a espaldas de toda ayuda.
Estaba el indio arrogante
con una cara feroz;
para entendernos los dos
la mirada fué bastante...