Pegó un brinco como un gato
y me ganó la distancia;
aprovechó la ganancia
como fiera cazadora;
desató las boliadoras
y aguardó con vigilancia...
En tamaña incertidumbre,
en trance tan apurado,
no podía, por descontado,
escaparme de otra suerte,
sino dando al indio muerte
o quedando allí estirado.
Y como el tiempo pasaba
y aquel asunto me urgía,
viendo que él no se movía
me fuí medio de soslayo
como a agarrarle el caballo
a ver si se me venía.
Ansí fué, no aguardó más
y me atropelló el salvaje...
En la dentrada no más
me largó un par de bolazos.
Uno me tocó en un brazo,
si me da bien me lo quiebra,
pues las bolas son de piedra
y vienen como balazo.
A la primer puñalada
el pampa se hizo un ovillo;
era el salvaje más pillo
que he visto en mis correrías,
y a más de las picardías
arisco para el cuchillo.
De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí que interviene como el mismo brazo de Dios.
¡Bendito Dios poderoso,
quién te puede comprender,
cuando a una débil mujer
le diste en esta ocasión
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera haber!
Esa infeliz tan llorosa
viendo el peligro se anima,
como una flecha se arrima,
y olvidando su aflicción
le pegó al indio un tirón
que me lo sacó de encima...
La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga aumenta.