Aquel duelo en el desierto
nunca, jamás se me olvida...
Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado, resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle. Las cuchilladas menudean.
Iba conociendo el indio
que tocaban a degüello.
Se le erizaba el cabello
y los ojos revolvía,
los labios se le perdían
cuando iba a tomar resuello...
Al fin de tanto lidiar
en el cuchillo lo alcé;
en peso lo levanté
a aquel hijo del desierto;
ensartado lo llevé,
y allá recién, lo largué
cuando ya lo sentí muerto.
Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema del Martín Fierro. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto...
La palabra degüello salta asimismo con frecuencia en el poema. El degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la sangre que brota a chorros.
Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente.
Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.
Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal. Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación. Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos muchachos que le abrazan...
Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias criollas, y por tanto equivale a un refranero popular de la tierra del Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes criollos.