CAPÍTULO X
Refranero Picaresco
LA última parte del Martín Fierro está dedicada a escenas familiares y al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el tono de picaresca que tiene este libro en todas sus páginas se afirma todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el viejo Vizcacha. Probablemente, el Martín Fierro es el último libro del género picaresco que ha producido la literatura castellana. Y esto es más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de puro sabor castizo.
Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus pagos. Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías, tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte las aventuras y desdichas de su vida azarosa.
El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero, y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el encarcelamiento.
En esa estrecha prisión,
sin poderme conformar,
no cesaba de exclamar:
¡Qué diera yo por tener
un caballo en que montar
y una pampa en que correr!...
También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina.
Allí se amansa el más bravo,
allí se dobla el más fuerte.
El silencio es de tal suerte,
que cuando llegue a venir
hasta se le han de sentir
las pisadas a la muerte...
El otro hijo de Martín Fierro tiene algunas cosas más entretenidas que contar. Por lo pronto le recoge a su amparo una tía anciana, cuya amable tutela le permite vivir sin oficio y en perfecto holgazán. Pero la tía muere, y el muchacho queda otra vez desvalido. La amable tía le ha dejado una herencia, consistente en unas tierras y unos rebaños. En esto interviene el juez, y nuevamente la justicia criolla de aquel tiempo hace una de las suyas. En resolución, el chico no puede cobrar la herencia, porque es menor; en cambio le ponen de pupilo bajo la tutoría de un viejo cínico, ladrón, borracho, que responde al apodo de Vizcacha.
El viejo Vizcacha vive como un animal inmundo y ladino. Se dedica a hurtar reses y vender de tapadillo los cueros. Roba todo cuanto se le alcanza, desde una hebilla a una montura. Bebe sin tasa. Y a cambio de otros regalos, le da al chico sapientes consejos de la mejor picaresca.
Debo decir, como paréntesis, que el refranero criollo carece de gran originalidad; los refranes argentinos y generalmente los americanos, en realidad son puramente españoles. Aquellos países han inventado pocas cosas, acaso porque recibieron la civilización, la fe y el lenguaje españoles en su período de mejor madurez. Fuera de los términos o expresiones rigurosamente locales, el idioma se mantiene tan original como cuando llegaron allá los conquistadores. Me refiero, claro es, al idioma del campo y de las ciudades del interior; por desgracia, los escritores criollos cultos siembran su lenguaje de tristes galicismos aprendidos en los volúmenes de 3,50 francos.