El tipo legendario del gaucho se ha convertido en caricatura al contacto del suburbio de Buenos Aires. Toda la nobleza y arrogancia del gaucho pastoril y libre ha derivado en Buenos Aires hacia el tipo repugnante del compadrito[3], especie de chulo, pero más sanguinario y soez que el chulo madrileño; semejante al apache parisiense e hijo de una inmigración poco escogida. Descendiente con frecuencia de napolitanos o calabreses, imita el empaque y la fachenda del paisano antiguo, pero no su nobleza, e introduce en el idioma español, junto con los pintorescos giros criollos, un montón de palabras presidiarias, una hez de voces italianas; una jerga, en fin, de suburbio y de bar cosmopolita, con cadencias de tango obsceno y canallesco.

Las cuitas y las hazañas del gaucho pampeano es lo que narra el Martín Fierro. Para el lector español, la vida de la Pampa debe ser una prolongación de la vida castellana o andaluza. Procuraré describir y comentar lo saliente de este libro singular, añadiendo impresiones, recuerdos y paisajes anotados por mí a lo largo de la hermosa tierra argentina.

CAPÍTULO II
El Argumento

LOS que exigen a la obra literaria un gran número de episodios, bien trabados y tendientes a un fin armónico, en una forma más o menos clásica; los que siguen el precepto francés de orden, redondez y armonía, en el pequeño poema del Martín Fierro hallarán pocos motivos para admirarse. Esta es una obra suelta, libre, un tanto desordenada. Tiene todo el aire de la antigua novela española, y por tanto se reduce a tomar al héroe, situarlo en medio de la vida y hacerle andar. El héroe, en efecto, realiza sus actos como en la misma vida, sin someterse a un plan, un acto tras otro; y cuando el narrador se fatiga, corta el hilo de las aventuras, y el libro ha terminado.

Este libro, en suma, describe la vida azarosa y amarga de un gaucho ríoplatense. El mismo héroe nos cuenta sus antecedentes, su alegre juventud en el pago[4] donde naciera:

Entonces, cuando el lucero
brillaba en el cielo santo,
y los gallos con su canto
décian[5] que el día clareaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho que era un encanto.

Y sentao junto al fogón
a esperar que venga el día,
al cimarrón[6] se prendía
hasta ponerse rechoncho,
mientras su china[7] dormía
tapadita con su poncho.

Y apenas el horizonte
empezaba a coloriar,
los pájaros a cantar
y las gallinas a apiarse[8],
era cosa de largarse
cada cual a trabajar.

Este se ata las espuelas,
se sale el otro cantando;
uno busca un pellón blando,
éste un lazo, otro un rebenque,
y los pingos[9] relichando
los llaman desde el palenque...

Tiene una china que le quiere, o sea una mujer adjunta; tiene dos hijos, y no le falta un buen caballo, el pingo cariñoso y trotador, y algunos útiles de caballería, como son las espuelas grandes de plata, el ceñidor adornado, el lindo poncho y la daga[10] inseparable. Toda esta felicidad se acaba el día en que llega un juez avinagrado, el cual recoge a todo el gauchaje como en una redada y envía a los pobres hombres a la frontera de los indios, para que sirvan de soldados.