Y aquí empiezan los infortunios del gaucho Martín Fierro. Lo hacen soldado; pasa hambre; no cobra nunca la paga entera, y encima de esto tiene que soportar los ataques en masa de la indiada, que acomete más de una vez al fortín[11] de los cristianos.

Y pa mejor de la fiesta,
en esa aflicción tan suma,
vino un indio echando espuma
y con la lanza en la mano,
gritando: “Acabau, cristiano;
metau el lanza hasta el pluma...”

Dios le perdone al salvaje,
las ganas que me tenía;
desaté las tres Marías[12]
y lo engatusé a cabriolas.
¡Pucha![13]. Si no traigo bolas
me achura el indio ese día.

Era el hijo de un cacique,
según yo lo averigüé.
La verdá del caso jué
que me tuvo apuradazo.
Hasta que al fin de un bolazo
del caballo lo bajé.

Ahí no más me tiré al suelo
y lo pisé en las paletas.
Empezó a hacer morisquetas
y a mezquinar la garganta...
Pero hice la obra santa
de hacerle estirar la jeta.

La mala vida de la frontera se le hace tan odiosa a Martín Fierro, que decide marcharse; y como simple desertor vuelve a los poblados. Y estando de fiesta en una pulpería[14], el aguardiente le trastorna el seso, de modo que arma pendencia a un valentón, riñen, y lo deja muerto. Otro día se encara con un negro, mientras rasguea la guitarra, y también riñen, e igualmente lo mata.

Huye, pues, a la ventura, y al escapar se le llena el alma de una desgarradora melancolía.

Vamos, suerte, vamos juntos,
dende que juntos nacimos.
Y ya que juntos vivimos
sin podernos dividir...
yo abriré con mi cuchillo
el camino pa seguir.

Un día le sorprende el piquete de soldados que andaba tras él. Martín Fierro desenvaina su largo cuchillo y vende cara su libertad. Tumba a dos o tres de la policía. Y cuando el peligro es mayor, uno de los soldados, el amigo Cruz, exclama:

... ¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar así un valiente!