La independencia rompió todos los frenos, desbarató la red de disciplinas que cubría a América y destruyó lo que había, de continuidad, de densidad, de correlación, de armonía y de gobierno en los virreynatos; la familia, la autoridad, la trabazón civilizada, todo vino a tierra. No fué el desbande de las ignorancias oprimidas lo que realizó la independencia; fué la supresión de la armonía civilizada, que trajo por consecuencia la barbarie. Este fenómeno lo conocen los labriegos en las tierras que se dejan de labrar y caen en poder de los matorrales. Fué injusto y cruel Sarmiento cuando, ante el cuadro que presentaba la Argentina en sus primeros años de independencia, se revolvía contra España. Aquella barbarie que él lamentaba no era española; era criolla nada más. La civilización española se había derrumbado, y lo que veía Sarmiento eran las ruinas y los matorrales del barbecho.
En vez de condenar absolutamente la barbarie, y sobre todo la tradición hispano-criolla, ¿por qué no se dedicó su talento a recuperar, a recomponer, a rehabilitar el viejo campo de la civilización española, adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas normas políticas? Esto le hubiera diputado como hombre verdaderamente genial. Pero Sarmiento estaba corrompido por la admiración rastacuera hacia el extranjero. Y en lugar de levantarse como el gran reformador americano (el reformador que todavía aguarda América), se detuvo en la categoría de un vulgar político transeunte, de cualquier político del momento y vista corta que en frente de una tierra ancha sólo se le ocurre trazar parcelas y darlas a labrar al que desee. Está bien; esto es lógico y práctico. Pero hay algún otro margen para la genialidad.
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Mientras la Argentina avanza en su camino de riqueza, la mente observadora, sin embargo asiste a una tragedia íntima, la de un pueblo que estaba lleno de vigor y carácter, y que rápidamente se transforma en una cosa diferente, amorfa, un poco caótica dentro de su opulencia nacional.
Caótica, porque al destruir sin piedad los cimientos de la tradición, no se han cuidado de conservar prudentemente los elementos substanciales de la raza. Han abierto demasiada franca la puerta a las aportaciones externas, y lo substancial propio se ve inundado, desorientado o invalidado.
En un país de nutrida población indígena, la inmigración puede admitirse sin reparo; los Estados Unidos tenían ya una base populosa bastante capaz cuando llegó la ola europea. La Argentina tenía una población insignificante, y el extranjero la ha invadido. Por eso puede dudarse de que el sistema antitradicional de Sarmiento fuese completamente sabio y oportuno.
Y es que la convulsión de la guerra de independencia dejó en América muchos odios, rencores, suspicacias. Todo el siglo XIX ha durado el período del antiespañolismo. Suele sorprendernos, viviendo en la Argentina, que la Historia nacional la componen los argentinos en una forma un poco caprichosa, desde luego original; dividen su Historia en dos épocas: la Moderna y la Antigua. La Historia Antigua, comprende el período colonial, o sea el tiempo de la dominación española. Más bien puede llamársele prehistoria a ese período. Los argentinos lo tratan someramente, vagamente, como si lo ignoraran; en realidad no quieren recordarlo, o quieren extirparlo...
Pero alguna vez los verdaderos argentinos sentirán el pánico de la descomposición tradicional. Hartos de hablar en francés, desearán por fin hablar en español. Querrán ser argentinos, para no caer en la desgracia de ser una cosa híbrida e indeterminada. Entonces, ladeando a Sarmiento, buscarán las fuentes primitivas, y en lugar del chacarero internacional ponderarán el gaucho, y más lejos todavía hallarán que el verdadero fundamento de la nacionalidad argentina se halla en los tres siglos de la colonización española a todo lo largo de América.