Se ha extraído del Martín Fierro, por los publicistas argentinos, principalmente la parte que contiene de protesta social. Pero el socialismo del gaucho, en el libro de Martín Fierro, no tiene verdadero valor de lucha de clases, ni de protesta contra una abusiva repartición de tierras y poderes. Lo que realmente alienta en este libro, es un problema político, étnico, nacional. Es la protesta del tradicionalismo frente a la civilización arrivista; es la enemistad entre el gaucho y el gringo; es la rivalidad entre la urbe ribereña, fastuosa, absorbente—Buenos Aires,—y el país histórico; es el conflicto que enunciara Sarmiento en su “Civilización y Barbarie”.

El gaucho habla por conducto de Martín Fierro, el cual recuerda la vida dorada de abundancia patriarcal. La vida dorada desaparece, y los gauchos son arreados hacia la frontera, donde se dará a los indios la última embestida. Cuando los indios desaparezcan también, el país se llenará de especuladores, de extranjeros, de codicias desenfrenadas. La ciudad, Buenos Aires, se hará inmensa como un coloso, como un monstruo. Y al decretar el censo de la República, resultará que el país alberga millones de extranjeros, en una cifra total de ocho millones de habitantes. Habrá pueblos argentinos en donde no se habla el castellano usualmente; habrá argentinos hijos de extranjeros, que hablan un castellano pestilente, corrompido, una jerga impura y presidiaria; habrá pueblos en que la sangre argentina está en una proporción insignificante...

Esto significa, seguramente, el triunfo de la doctrina de Sarmiento. Pero es una victoria semejante a la de Pirro; el ejército argentino se ha deshecho. Tradiciones, modalidades, características, fuerza racial, energía del tono primitivo, todo queda deshecho o expulsado ante el imperio triunfador de Buenos Aires, por cuyo puerto viene continuamente la avalancha.

El gran propagandista combatió el ruralismo gauchesco, el tradicionalismo español, la superstición española, todo lo que hay de español, y por tanto funesto, en el ser argentino. Después de algunos lustros, la sociedad argentina se ha enriquecido con preciosos valores económicos, agrícolas y políticos. El ideal de Sarmiento camina triunfante. Pero a cambio de la riqueza material y política, ¿el país no ha debido sacrificar su substancia tradicional, espiritual y étnica?...

El odio de Sarmiento a España es un monstruo que se vuelve contra sí mismo, y en realidad es la patria argentina la que sufre la mordedura. Combatir lo español en la Argentina, sobre todo a principios del siglo XX, es combatir el propio criollismo. Sarmiento condena y repudia las costumbres, los usos, las ideas, los resabios, hasta la gente gauchesca; ¿qué le queda para estimar? El suelo, la tierra... Es muy poco, seguramente. Y es mucho más poco si consideramos aquel suelo pampeano, liso e inexpresivo, monótona tierra de mieses y pastos, que sin la ayuda de la gente gauchesca y de la poesía tradicional pierde todo lo que avalora y explica una patria: el alma.

No; España no tenía la culpa de los defectos que Sarmiento analiza y combate en sus apasionadas obras. Tan pronto como el grande hombre argentino llega a la madurez mental, mira el espectáculo de su patria y la ve sometida a la guerra civil, a la tiranía y a la barbarie. Pero no quiere comprender que sobre la Argentina, como sobre toda la América, ha pasado la revolución y está triunfante la independencia. De todo lo que examina Sarmiento es culpable la misma independencia, puesto que ésta ha destruído en seis u ocho lustros cuanto pudo construir España en tres siglos.

Los virreynatos españoles habían absorbido las esencias de la civilización europea, que en este caso era civilización española; y España no envió a América las sobras y lo secundario, sino que muchas veces había en Perú y Méjico mayor vigor que en la misma Península, como ocurrió en la época de los últimos Austrias. En el siglo XVI dió España a las Indias su fervor evangélico y su espíritu valeroso, heroico, expansivo; en el siglo XVII envió España a América el sentido complementario de la organización política, municipal, eclesiástica y universitaria; el siglo XVIII vió aparecer en los virreynatos las compañías económicas y una sociabilidad culta, muy del tiempo, que llamaríamos de casaca y peluca.

Esta sociabilidad de casaca y peluquín era la que imperaba en los virreynatos cuando los desafueros de Napoleón a lo largo de la Península inspiraron a los criollos la idea de emanciparse. Sería estúpido alegar que la América de entonces, la América de los virreyes cultos y humanos, la América de casaca y peluquín, de las academias y la buena sociabilidad, era una América torva, hormiguero de gauchos cerriles y gentes bárbaras.

De esa América de los virreynatos desciende la civilización criolla, y de ella provienen las costumbres, el carácter, lo peculiar y nacional del criollismo. Esa sociabilidad hispano-criolla hizo posible que en el fondo de los Andes, en el remoto interior continental, naciera y se agrandara la ciudad de San Juan, patria nativa de Sarmiento. Y Sarmiento, que nació en la época del virreynato, o sólo un año después de la revolución, no vino al mundo de unos padres soeces, bárbaros y rústicos; su familia era prócer, honrada, hidalga, y en ella aprendió los principios de una alta sociabilidad española.

Pues si España, a través del Atlántico, era capaz de crear una extensa e intensa civilización; si España dió el ser íntimo y fundamental a hombres como Sarmiento, y si Sarmiento no se explica sin España, ¿cómo es posible que se disculpen las arbitrariedades pseudocríticas de aquel voluntario antiespañolista?