He aquí una exposición, toscamente referida, de esa edad de oro o vivir idílico que los pueblos construyen con sus materiales legendarios. He aquí también una refutación apasionada de las teorías de Sarmiento. El fogoso Sarmiento condenaba el recado criollo, la superstición española y la barbarie del gaucho; sus contemporáneos y sus descendientes le dieron la razón. Pero la queja de Fierro, la protesta criolla del gaucho que se siente suplantado y vencido, ha de sonar hoy, y mejor mañana, en la conciencia argentina como un grito de justa reivindicación.

¡Recuerdo! ¡Qué maravilla!
¡Cómo andaba la gauchada,
siempre alegre y bien montada
y dispuesta pa el trabajo!
Pero al presente... ¡barajo,
no se la ve de aporriada!

El gaucho más infeliz
tenía tropilla de un pelo,
no le faltaba un consuelo,
y andaba la gente lista...
Tendiendo al campo la vista
sólo vía hacienda y cielo.

Por mucho que nosotros, hombres de harta cultura, tengamos bastante sospecha de la veracidad de esta edad de oro que los pueblos imaginan en una época anterior, no podemos dudar completamente de que Martín Fierro decía la verdad.

Es imposible negar que el galopante gaucho

Tendiendo al campo la vista
sólo vía hacienda y cielo...

Un cielo libre, que era el suyo, y que le servía de tácito confidente en sus amores y en sus cantos.

Cuando llegaban las hierras
¡cosa que daba calor!
tanto gaucho pialador
y tironiador sin hiel.
¡Ah tiempos!... pero si en él
se ha visto tanto primor!

Aquello no era trabajo,
más bien era una junción,
y después de güen tirón,
en que uno se daba maña,
pa darle un trago de caña
solía llamarle el patrón...

He ahí ahora, como se ve, pintada la edad patriarcal, la edad familiar, la época en que, al modo de las relaciones bíblicas, el trabajo no es una pena, sino una junción; en que el amo y el sirviente no son dos enemigos, sino dos fuerzas compenetradas, amigas, solidarias, que se ayudan y se quieren. La teoría de Sarmiento tenía prisa por romper esta unión amigable; aspiraba al industrialismo europeo, a la civilización arrivista y sin alma, a la desunión del amo y del criado. La silla inglesa aportaría rieles, rascacielos, quintas canalizadas... Pero ya no llamaría el patrón al gaucho afanoso, y le alargaría, sonriendo paternalmente, el frasco de caña.