El hombre modesto y obscuro que era José Hernández, no trató de velar sus ideas y sus instintos, ni tuvo en cuenta las altas conveniencias políticas y económicas que obligan a los criollos de Buenos Aires al uso del eufemismo.

José Hernández, a la manera de un gaucho del interior, consideraba que la corriente civilizadora e inmigratoria iba arrasando lo substancial y característico de la Argentina, y se rebela contra ello, con la misma franqueza que podría usar un hombre del pueblo anónimo. Y en su mente se dibujaba ya el conflicto trágico y sentimental que alguna vez debería preocupar a todos los argentinos ilustrados y sensibles.

Yo recordaré siempre la pintoresca y graciosa definición que me hiciera un argentino entrerriano, a propósito de la teoría del progreso desenfrenado y vertiginoso. “A nosotros nos ha sucedido, decía, como al caballo que marcha tranquilo por un sendero, que no tiene prisa para llegar y que lleva un paso seguro y cómodo; de repente cruza en la misma dirección un pingo desbocado, frenético, galopante, y nuestro buen caballo, dejándose arrastrar por el ejemplo y la emulación, aprieta a galopar también... ¡y de veras nos han fastidiado, porque nosotros no precisábamos correr tanto ni sentíamos ninguna imperiosa necesidad de ir tan aprisa!”

Este disgusto por la carrera vertiginosa se halla expresado en el “Martín Fierro” constantemente, y se apunta de continuo la idea máxima de que no vale el resultado lo mucho que cuesta. Porque un país que quiere variar fundamentalmente y busca el fin sin reparar los medios, necesita entregar mucha parte de sus bienes más caros, los que corresponden a la personalidad, a la tradición, a la raza.

“Gobernar es poblar”, se ha repetido en la Argentina de distintos modos; y han ingresado, en efecto, verdaderas avalanchas extranjeras. Por su parte, Sarmiento proclamaba su famoso dilema entre la silla de montar inglesa y el “recado” criollo; Sarmiento ha ganado la partida, y el país le dió la razón, optando por la silla inglesa que lleva en sí, con su triunfo, la adopción plena y apresurada de todas las normas y los caracteres extranjeros. En el dilema de Sarmiento se incluía la parte étnica, la población humana que había de ocupar el país; Sarmiento entendía que el paisano aborigen, preñado de defectos y caracteres españoles, era nefasto y correspondía al “recado” criollo; el criollismo, signo de barbarie, debía ceder el puesto a la civilización y al gringo... Efectivamente, el gaucho ha ido cediendo el puesto a los colonos extranjeros, que ocupan las mejores porciones del país y se instalan en los órganos dirigentes o matrices de Buenos Aires.

Todo lleno de nostalgia criolla y de un nacionalismo íntimamente xenófobo, José Hernández prorrumpe, por boca de su héroe Martín Fierro:

¡Ah tiempos... si era un orgullo
ver jinetiar un paisano
cuando era gaucho baquiano;
aunque el potro se voliase,
no había uno que no parase
con el cabestro en la mano.

Y mientras domaban unos,
otros al campo salían,
y la hacienda recogían,
las manadas repuntaban,
y ansí sin sentir pasaban
entretenidos el día.

Y verlos al cair la tarde
en la cocina reunidos,
con el juego bien prendido
y mil cosas que contar,
platicar muy divertidos
hasta después de cenar.

Y con el buche bien lleno
era cosa superior,
irse en brazos del amor
a dormir como la gente,
pa empezar al día siguiente
la faena del día anterior...