En el afán impaciente de renovación, los primeros cerebros del país no desdeñaban el ultraje o la injuria. El vehemente Sarmiento, después de pintar al gaucho en aquel célebre y no igualado capítulo de Facundo, pasa a condenarlo en mil formas, con mil razones y dicterios, en nombre de la civilización. La barbarie, para aquella mente obsesa, está en el campesino pampeano o andino, que vive sobre una tierra fértil y no quiere labrarla; que vaga a la orilla de un río como el Paraná y en lugar de utilizarlo como sendero comercial y llenarlo de naves, prefiere vadearlo rudimentariamente, asido a la cola del caballo nadador.
Sarmiento contempla sus lagunas provinciales de Huanacache, y las ve estériles, inútiles, como cuando el indio precolombiano pescaba en sus aguas. Contempla las ciudades provincianas, llenas de indolencia y fanatismo; recorre el caudal de costumbres coloniales, saturadas de herencias españolas, católicas, heráldicas; y proclama con ardor la guerra al tradicionalismo, al indianismo, al hispanismo. Amonesta a sus paisanos los hábitos gauchescos. Y exclama en sus Recuerdos de provincia con inflamado acento:
“¡Los blancos se vuelven indios huarpes, y es ya grande título para la consideración pública saber tirar las bolas, llevar chiripá o rastrear una mula!...”
Hoy no podría decir lo mismo. Ya no se tiran las bolas apenas, ni lleva nadie chiripá. Por los caminos del campo van los colonos en tilburí. El gaucho ha pasado a la historia o se refugia en el último baluarte de ciertas provincias, aguardando allí la hora del desalojo. Y ahora que el gaucho no existe, ¿no le veis alzarse en lo recóndito de las imaginaciones, con la apostura ideal que prestan el recuerdo y la poesía a las figuras fenecidas?
Está volviendo Martín Fierro, del fondo de su pampa grave, al paso del peludo corcel amigo. Si antes disputaba en las pulperías o payaba rudas canciones junto al fogón invernizo, hoy se codea con los héroes helenos, con los caballeros de Rolando y con los infanzones del de Vivar, mío Cid Campeador...
Su vuelta ha levantado choque de pendencia. Ya no es, como antes, la justicia aldeana quien acude a acosarlo, con golpe de soldados y jueces rurales; son los malcontentos de la tradición, los razonadores y los progresistas, quienes se levantan airados contra él, invitándole a volver a su obscuro sepulcro de la llanura. Pero a la vez le reciben otros muchos con ardientes salutaciones. Miran en él a un personaje remoto, fundido en las lejanías de la Historia, con lo esencial de la raza. Acaso no se atreva nadie todavía a proclamarlo como ejemplar auténtico y necesario del desdoblamiento nacional; los montones de trigo y la multiplicidad de los Bancos obligan a contener los impulsos del sentimiento. Bello como la cosa más íntima, sigue apareciendo como funesto al progreso, a la “valorización”...
Y ahí está el gran conflicto, que ahora puede decirse que empieza en su forma ostensible; conflicto que irá agrandándose más, a medida que el país se vaya transformando. Y los conflictos sentimentales suelen ser los más inquietadores, por lo mismo que son irresolubles. ¡Un país que ha tenido que retorcer el pescuezo al antecesor, en una manera de suicidio fenomenal, y que, sin embargo, no puede ahogar igualmente a los ancestrales y escurridizos sentimientos!
CAPÍTULO XIII
Martín Fierro y Sarmiento
HA sido Domingo F. Sarmiento una de las personalidades más vigorosas de la Argentina, y el ruido de sus hazañas políticas y literarias llenó medio siglo. Pero Sarmiento, que era tan español por la raza y el carácter, no le concedió a España muchas frases cariñosas. Al contrario, el fondo de su predicación puede resumirse de este modo: El argentino debe extirpar de su seno todo lo que tiene de español, por incompatible con el progreso; la Argentina debe poblarse de europeos agricultores o comerciantes, expulsando a los indígenas retardatarios y perezosos; Buenos Aires, o sea la ciudad, necesita invadir y dominar el campo, someter las provincias originales y transformarlas... Todo esto, expuesto en diferentes páginas de sus libros, ya se comprende que es la teoría de un hombre de la época romántica, lleno de ideas enciclopedistas y progresistas, atestado de lecturas oratorias, con el idealismo retórico de la primera parte del siglo XIX. Además, se nota en Sarmiento al americano recién manumitido, que conserva aún el odio al amo colonial.
En el poema Martín Fierro, por el contrario, está expresado a mi parecer el sentimiento de nostalgia por la vida criolla antigua, pero en una forma espontánea y sincera como nunca se atreverían a exponer los publicistas cultos. Así, en cierto modo, “Martín Fierro” viene a ser una réplica de Sarmiento, una contradicción sentimental de la pedagógica y libresca teoría de Sarmiento.