LAS obras del hombre caen siempre en brazos de la casualidad, y los libros no se evaden a la ley de una suerte arbitraria e imprevista. Tal libro nace con pretensiones de inmortalidad, y no obstante se sume pronto en el olvido; otras obras, en cambio, salen humildes a la luz, huérfanas de reclamo y de pretensiones, y desde el silencio se remontan a la fama eterna. Algunos libros, como el Quijote y el Hamlet, nacieron entre las risotadas de los lacayos y de los marineros, y después el asentimiento nacional los estima como nobles conceptos de la imaginación humana.

Este fenómeno se ha repetido con el poema del Martín Fierro. Nació para ser deletreado por gentes rudas; hablaba el lenguaje de la plebe; iban sus máximas y sus episodios dirigidos a la imaginación del pueblo, y si las inteligencias cultivadas lo leían, era nada más que a título de curiosidad. Hasta que un día el gaucho Martín Fierro vuelve de la vastedad pampeana y logra que se fragüen sobre su asunto complicadas discusiones en las academias, los liceos y las revistas.

Se ha formado, en efecto, lo que llamaríamos “partido literario nacionalista argentino”, y los más vehementes de este partido llegan a considerar el Martín Fierro como la epopeya de la Pampa, semejante, por tanto, a la Chanson de Roland y al Mío Cid. El docto poeta y publicista D. Leopoldo Lugones pronunció en Buenos Aires, recientemente, algunas conferencias a propósito del Martín Fierro, y con su verbo frondoso y acaso desproporcionado sugirió al público argentino la idea de que se estaba frente a una obra genial, extraordinaria, profunda. Los exégetas y comentaristas han pronunciado su fervor sobre aquella obra, antes humilde y populachera, y no hay duda que en el alma argentina se ha producido un vivo movimiento de interés por un libro que verdaderamente da el tono y la medida del carácter criollo, antes de que este fuera amenazado por el aluvión cosmopolita.

No es nuevo el fenómeno, como ya dijimos. Y al igual que en todos los casos, esta vez también se repite en la Argentina la misma honda guerra de sentimientos y de ideas alrededor de la obra renacida. Clásicos y románticos peleaban un tiempo sobre los dramas de Shakespeare. No se trataba entonces de una mera controversia retórica, sino que palpitaba allí la lucha entre dos mundos mentales, entre dos fuerzas ideológicas y entre dos maneras de sentimientos. Dos civilizaciones, con todo su bagaje político, sociológico y sentimental, disputaban enconadamente sobre el tema en apariencia ridículo de las tres dimensiones teatrales o de la forma lírica.

Apresurémonos a decir que el Martín Fierro no ha promovido solamente una guerra literaria. Siendo muy interesante la discusión de carácter retórico, que dura aún y que promete prolongarse mucho, es más importante la parte social, sentimental y política que hay en el asunto. Por de pronto, débese anotar la rehabilitación romántica del gaucho, personaje de ayer mismo y ya casi mitológico, a quien el consenso público declaró nefasto y perjudicial para el progreso de la patria, y que últimamente pasa a convertirse en una figura ideal, hermana de las otras figuras que vagan por los versos de Homero.

El problema sentimental de la Argentina es único, y tal vez más grave que el de otros pueblos. Existe, es verdad, el conflicto íntimo de Francia, que por naturaleza se ofrece como un pueblo monárquico, con una historia realenga empapada de glorias y triunfos, y que, sin embargo, la necesidad del momento, acaso la misma propensión lógica de la raza, obliga a ese noble país a aceptar el régimen democrático y radical. El sentimiento más íntimo le tira a Francia hacia la continuación monárquica, cuyo tipo glorioso puede residir en Francisco I, en Enrique IV o en Luis XIV; mientras tanto, la razón le empuja por el camino radicalmente democrático.

El conflicto argentino es más íntimo todavía, y también más irreconciliable. Aquí se trata de una oposición entre el ser tradicional y el ser futuro. Por una parte está la raza que hizo la nacionalidad y la independencia; por otro lado se levanta la gran responsabilidad del porvenir y el compromiso de formar un pueblo grande, activo y emulador. La raza original supo levantarse prodigiosamente, darse una constitución, guerrear por grandes ideales. Ella trazó las líneas de las primeras poblaciones, de los primeros caminos y canales, de las leyendas y tradiciones, de las costumbres y creencias, de los balbuceos literarios, que forman el cuerpo de la nacionalidad. Supo levantar un modesto edificio, pero substancial y completo, sobre las bases de la aportación colonial y con la experiencia de la propia naturaleza. No faltaba ni la disciplina de la religión, ni el rigor universitario, ni el cuerpo de leyes municipales que ofrecían una perfección relativa de civismo.

Pero todos estos elementos parecían precarios si se quería empujar al país a enormes saltos y a alturas increíbles.

Llegó la ráfaga ambiciosa, el vértigo de las grandezas. Con los antiguos elementos se tendría una nacionalidad, un carácter, una fisonomía enérgica, pero había el peligro del estancamiento. Era necesario sacrificar una gran parte del tesoro heredado, en aras de aquel magnífico porvenir.

Con una inflexible dureza, raro ejemplo en la historia de las nacionalidades, las personas directivas han insistido en recomendar el cambio del carácter y de los más esenciales componentes de la raza. Frente al hombre de la llanura, encastillado en su altanera independencia, sobrio, indolente y despreciador hidalgo del ahorro, se ensalzaban las virtudes del colonizador europeo, asiduo, codicioso, hábil en el uso de los oficios y de la agricultura. “Gobernar es poblar”, se dijo en diferente tono y en numerosas ocasiones. Y el poblar, en este caso, equivalía a substituir al hombre nacional de la llanura, reacio y altanero, por el hombre europeo, tan flexible y acumulador.