Entretenidos, pues, por tantas e inaplazables solicitaciones, no debemos exigir a los talentos argentinos una excesiva corrección. Es lo incorrecto, más bien, y lo malogrado, la característica del genio literario argentino. El mismo Sarmiento, con ser el más alto hombre literario de la Argentina, resulta un gran escritor malogrado, una obra literaria sin terminar; un Facundo escrito a vuela pluma y un millar de artículos circunstanciales, periodísticos, como inconclusos. En Sarmiento estaba acaso el más grande escritor de Hispano-América; la vida agitada de su país, los múltiples e inminentes deberes que exigía la suerte de su patria, hicieron malograr el perfecto y definitivo escritor que se anunciaba.

Es curioso observar cómo se repite en la Argentina la ley histórica que ordena a los pueblos un desenvolvimiento ordenado e inflexiblemente lógico; es así que la mayor parte del siglo XIX, primero de su existencia independiente, lo ha empleado la Argentina en la dura labor de crear política, de crear civilidad. Mientras el país trabaja por consolidarse, las mejores producciones literarias que produce son las de carácter popular. Los cuentos, las leyendas y las narraciones que salen del mismo pueblo, tienen en la Argentina un sabor espontáneo, un alma honda que no alcanzan, seguramente, las prosas y los versos escritos por los autores ilustrados de la misma época.

Muchas de esas obras populares no lo son en absoluto, según el rigor de las clasificaciones académicas. No son anónimas siempre, puesto que se sabe quién las escribió. Pero el mismo poema de José Hernández parece que se haya desprendido, bien maduro, de la boca desconocida y cósmica del pueblo criollo. Nada tan popular, anónimo, colectivo, como esa historia de Fierro, verdadera expresión gauchesca arrancada del seno pampeano.

De tal modo sucede esto, que suele costarnos bastante dificultad el retener la ficha nominal del autor. El nombre del autor del poema se nos desvanace como una sombra sin sentido... Vemos el “Martín Fierro” como una cosa desgajada de la selva popular argentina. Se nos figura que no es un libro meditado, compuesto ante una mesa por un señor particular que tenía instrucción, que conocía los clásicos y que fraguaba composiciones tan endebles y ridículas como “Los dos besos” y “El carpintero”. Queremos imaginar que fué la muchedumbre entera quien aportó los versos de ese libro. El mismo nombre, José, y el apellido, Hernández, ayudan con su vulgaridad, con su popularidad, a que la cifra nominal de autor se diluya como una sombra en el cuerpo amorfo del pueblo argentino.

A pesar de su factura rudimentaria, el Martín Fierro no carece de una pretensión moralizante, y en sus páginas, en efecto, hay apuntadas diversas tesis. Están iniciados algunos conflictos locales, puramente criollos, y la misma simplicidad de estos conflictos confirma el carácter netamente popular del libro.

Su autor, José Hernández, no poseía mucho mayor vuelo ideológico que los pobres paisanos de la Pampa; y así es bueno que sea para el efecto positivo del poema.

Las tesis y los conflictos están expuestos con una candorosa elementalidad y con un simplismo encantador. La xenofobia de “Martín Fierro” es la misma que siente el paisano ante el gringo codicioso, ridículo, sedentario, afeminado y tortuoso, que bonitamente, y sin descanso se va haciendo dueño de las tierras republicanas. El problema de la justicia rural está expuesto también con el sentimiento de la plebe gauchesca; para el pobre paisanaje, que pierde demasiado tiempo en beber, cantar, bailotear y darle gusto al cuchillo, el Juez de la campaña casi siempre es el personaje arbitrario y venal que pega, castiga, oprime y hace levas de conscritos. La vida del soldado no tiene tampoco un sentido noble y culto; el paisano que marcha a la frontera, arreado con otros pillos o infelices, no alcanza a comprender el idealismo de las armas nacionales que luchan por la civilización y el progreso; sólo ve un fortín desmantelado, unos oficiales avarientos, unos indios que invaden como fieras, unas pagas que no llegan nunca, hambre, tedio, miseria, y a sus espaldas el especulador de la ciudad, que prepara sus buenos negocios de tierras.

“Martín Fierro” es el poema tardío, desde luego impotente, que clama en favor del gaucho. Pide justicia contra la invasión de las fuerzas exóticas que invaden e inundan el país; pide justicia para el paisano, que hiciera otrora la campaña de independencia, que defendió las instituciones republicanas, que pobló el desierto y que al final es despreciado, vejado, expulsado de su misma tierra.

Lo cierto es que en todo el “Martín Fierro” no se escuchan más que lamentaciones y gritos airados. Se asiste en sus páginas al vagar de los pobres gauchos, a las tristezas y expoliaciones del paisanaje indefenso. Todo son desventuras y miserias para el gaucho. Y van los gauchos, efectivamente, a través del libro como sombras malditas, que recuerdan a las razas abyectas del Viejo Mundo, gitanos y judíos, siempre sujetos a ultrajes y persecuciones. Es el final de una lucha a muerte. Es la expulsión del gaucho, que será suplantado por el colono europeo. Es la liquidación de la primera fase de la vida nacional argentina. Es el cambio del carácter nacional y la anulación del criollismo histórico, verdaderamente americano, por el predominio de la ciudad arrivista, exótica, que es Buenos Aires... He ahí un conflicto sentimental y bien profundo, que todavía no ha sido atacado por la crítica argentina, tal vez porque sea tan delicado y doloroso de tratar desde el lado criollo.

CAPÍTULO XII
Un Conflicto de Sentimientos