No faltaban, ya se entiende,
en aquel gauchaje inmenso
muchos que ya conocían
la historia de Martín Fierro...
Ese gaucho de barba corrida y pelo amelenado, representa en la remota Pampa el último vástago del árbol español. Conserva de España todo su heroísmo y todo su renunciamiento transcendental. Por lejos que viva del corazón de la raza, por mucho que le separen la distancia, el clima, el tiempo y los prejuicios nacionales, el gaucho contiene, en potencia, todas las cualidades españolas, buenas y malas. Ríe y llora, canta y mata como un español. Reza también a la española, tan supersticiosamente, ingenuamente, como un español. Después que la suerte de las armas, por ejemplo, le empuja a matar en noble duelo a su adversario, Martín Fierro recapacita, al trote de su caballo, que no está bien, ni es de buen cristiano, mezquinarle al enemigo un piadoso tributo.
Después supe que al finao
ni siquiera lo velaron,
y retobao en un cuero
sin rezarle lo enterraron.
Y dicen que dende entonces,
cuando es la noche serena,
suele verse una luz mala
como de alma que anda en pena.
Yo tengo intención a veces,
para que no pene tanto,
de sacar de allí los güesos
y echarlos al camposanto...
Hasta la propensión conceptista y culterana, tan del gusto español, halla cabida en este poema. Y al final del libro, efectivamente, vemos que en la taberna, armados de sendas guitarras, se traban a cantar Martín Fierro y un negro payador, y riñen un duelo de estrofas improvisadas en que los discreteos, que se cruzan ante el regocijado auditorio, forman uno de los pasajes más curiosos del poema. Es una pintoresca, vulgar cosmología que abarca las principales nociones del conocimiento del pueblo. Por boca de los dos payadores, el pueblo rural de la Pampa emite sus balbuceos acerca de lo divino y de lo humano, en un estilo de castiza traza, espontáneamente barroco y culteranista. Entre los muchos conceptos sin valor o excesivamente vulgares, salta a veces una imagen que nos seduce. Dice el negro, cuando su adversario le alude la fealdad:
Bajo la frente más negra
hay pensamiento y hay vida.
La gente escuche tranquila,
no me haga ningún reproche;
también es negra la noche
y tiene estrellas que brillan...
En suma, el poema de Martín Fierro es una constante lección para la intelectualidad americana, y principalmente argentina. Los escritores criollos necesitarán comprender que es muy difícil, y acaso imposible, llegar a la consecución de la obra genial mientras la moda o la frivolidad les aleje de las fuentes originales. La obra verdadera no puede existir sin carácter, y por desgracia la actual inclinación argentina va derecha hacia las formas y los tópicos extraños.
Por un sentimiento de exagerada pasión cultural, el argentino busca en París la clave de su arte, y presume que en su país existe poco aprovechable. Hasta en los momentos en que trata de extraer lo característico de su raza y de su clima, adopta procedimientos y fórmulas aprendidos en Francia. El humilde José Hernández procedía de otro modo, y su pobre bagaje libresco le salvó; él se redujo a interpretar el sentido criollo y español de cuanto le rodeaba, y esto solamente le dió el premio.
Siempre he pensado que ese pequeño poema popular, con todas sus incorrecciones y con su factura rudimentaria, es una de las pocas obras geniales que en su corta vida ha producido la literatura ríoplatense. El genio argentino estuvo demasiado entretenido por sus luchas civiles y la constitución de su nacionalidad; no le sobró tiempo ni ocio para preocuparse bastantemente de la pura y amena literatura, y toda su fuerza la destinó a crear materia política. Los hombres políticos de la Argentina muestran un carácter y una altura que indudablemente no poseen sus hombres de letras. A veces asistimos a un triple desdoblamiento de la personalidad, como en Bartolomé Mitre, coincidente de militar, político y escritor. Otras veces todavía vemos el caso milagroso de Sarmiento, cuyo cuádruple desdoblamiento de militar, escritor, político y pedagogo nos produce estupefacción.