Andando más adelante y saliendo de la Vizcaya, la vista se reposa sobre el cuadro pintoresco que presenta Burgos, capital de Castilla la Vieja. Por un acaso, feliz sin duda, la diligencia no llega a la ciudad, sino a una hora avanzada de la noche que oculta al viajero el desaseo de la población. Burgos con su catedral gótica, se levanta cual sombra de los tiempos heróicos, como el alma en pena de la caballería española. M. Girardet y un joven Manzano, de Concepción, me acompañaron para visitar la ciudad silenciosa. Era ya media noche, y los pálidos rayos de la luna, que de tiempo en tiempo atravesaban las nubes, se colaban por entre la blonda transparente de las flechas de la catedral. El color pardusco de aquella piedra, que ha recibido el baño galvánico de los siglos, y la luz incierta del fondo sobre el cual se diseñaban las numerosas agujas, torres y pináculos que decoran la masa del edificio, daban al conjunto un aspecto fantástico que me traían a la memoria aquellos efectos fantásticos de luna representados en las decoraciones de ópera. Mis miradas se aguzaban en vano por distinguir en la masa opaca los adornos de detalle que cubren de un bordado imperecedero la superficie de la construcción, y cuya invención, variada al infinito, con minuciosa prolijidad de ejecución, hacía la gloria del arquitecto de la Edad Media. Girardet y yo nos acercábamos a tientas a los pórticos que la luna nos alumbraba, para palpar las estatuas de apóstoles y santos que guardan la entrada como mudos fantasmas.
Los serenos que guardan el reposo de los vecinos, debieron alarmarse al ver dos bultos negros y silenciosos detenerse de distancia en distancia como si temieran avanzar y rodando en torno de la iglesia a hora tan excusada. Uno de ellos se dirigió hacia nosotros, bañándonos el rostro, para reconocernos, con los rayos reconcentrados de su linterna de reverbero; después habiéndose apercibido por algunas exclamaciones de entusiasmo que se nos escapaban, de que éramos simples viajeros, se ofreció comedidamente a servirnos de guía para hacernos ver los otros monumentos de la ciudad.
A la luz de su linterna ascendimos una altura en donde se encuentra un arco de triunfo erigido a la memoria de Fernando González, aquel valiente caudillo, que sin hacerse rey fundó la independencia de la Castilla. Un poco más lejos aparece un trofeo levantado, según es fama, sobre el lugar mismo en que estaba situado el salón feudal, en el cual el Cid solía recibir a los príncipes y reyes que solicitaban el potente auxilio de su brazo. El sereno elevando la linterna a la punta de su lanza, nos alumbraba las armas del Cid esculpidas en la piedra, y la inscripción casi borrada que recuerda sus hazañas. El monumento está rodeado de postes o linderos de piedra, los cuales, vistos a la luz indecisa de la luna, semejan piedras druídicas; y al lado de la derruída muralla, que en otro tiempo guardaba la ciudad, se enseñan las ruinas de la habitación particular del Cid. Existe un fragmento de la cadena que los nobles castellanos colgaban sobre sus puertas en señal de vasallaje, y una barra de fierro incrustada horizontalmente en el muro indicaba la brazada del Cid. Girardet y yo la medimos con nuestros brazos sin alcanzar a sus extremidades. Otro francés de talla ordinaria, pero ancho de espaldas, ensayó sus brazos igualmente y se aproximó un tanto a la medida, lo que nos hizo concluir que el Cid Campeador debió ser uno de esos hombres robustos y cuadrados, como Bayardo, que parecen haber sido creados expresamente para mangos de una temible espada toledana.
En seguida nos asomamos a las almenas de la muralla, en la parte que el tiempo no ha destruído, y desde allí dejábamos vagar nuestras miradas por entre los intersticios, sobre la silenciosa e indefinible campaña, amedrentándonos maquinalmente con el silencio de la noche, como si temiéramos ver aparecer a lo lejos los grupos de enemigos, las tiendas de la morisma, o los reales de los caballeros feudales. Continuando nuestra peregrinación nocturna, que turbaban solamente los ladridos plañideros y prolongados de los perros, llegamos a una capilla de construcción romana, y cuya arquitectura sin carácter deja ver su extrema antigüedad; al lado de la puerta se muestra una cruz que la tradición ha llamado la cruz del juramento de vasallaje y fidelidad del Cid, el cual no sabiendo firmar, hubo de trazar con la punta de su terrible espada aquella extraña marca. Yo no recuerdo excursión alguna que me haya llenado, como la de aquella noche, de tan vivas emociones. Es verdad que la oscuridad de la noche, envolviendo en su sombra los edificios particulares, presta a los antiguos monumentos algo de vago y misterioso que añade un nuevo encanto a las epopeyas cuyos recuerdos consagran. Burgos de noche es la vieja Burgos de las tradiciones castellanas, la morada del Cid, la catedral gótica más bella que se conoce. De día es un pobre montón de ruinas vivas y habitadas por un pueblo cuyo aspecto es todo lo que se quiera, menos poético, ni culto, dos modos de ser que se suplen uno a otro.
Pero al paso que van las cosas en España, toda poesía y todo pintoresco habrá desaparecido bien pronto. Ya no se ven aquellos monjes blancos, pardos, chocolates, negros, overos, calzados y descalzos, que hicieron la gloria del paisaje español hasta 1830, cuando una Saint Bartelemy imprevista vino a pedirles cuenta de los autos de fe de la Inquisición. Apenas se encuentran al día en los caminos seis u ocho clérigos, hechizos del fraile que está suprimido, y envueltos en sus anchos manteos, resguardándose de los rayos del sol y de la lluvia, ellos y el manteo, bajo la sombra del sombrero de teja que caracteriza al clero español y a los jesuítas de Roma..........................................
FIN