.................................................

Madrid, Noviembre, 15 de 1846.

Esta España, que tantos malos ratos me ha dado, téngola por fin en el anfiteatro, bajo la mano; la palpo ahora, le estiro las arrugas, y si por fortuna me toca andarle con los dedos sobre una llaga, a fuer de médico, aprieto maliciosamente la mano para que le duela, como aquellos escribanos de los Tribunales revolucionarios, o de la inquisición de antaño, que de las inocentes palabras del declarante sacaban por una inflexión de la frase el medio de mandarlo a la guillotina o a las llamas. Preguntado cuál es su nombre, etc., y no respondiendo, el escribano pone: “se obstina en ocultar su nombre”. Interrogado de nuevo, dice que es sordo; entonces escribe, “el acusado confiesa que conspira sordamente”. Y luego aquellos benditos padres, con su hábito chorreado de polvito sevillano, con su voz gangosa, condolida y melíflua: “¡hermano! ¡abandonaos a la misericordia infinita del Santo Tribunal!...” “¡Infeliz! si os callais, sois condenado como hereje contumaz, endurecido; si hablais una palabra, seréis sospechado de leve, de grave, de gravísimo, de relapso, de todo, menos de que sois hombre, de que tenéis razón, de que sois inocente”, porque esa sospecha no pasó nunca por aquellas almas devotas.

Poned, pues, entera fe en la severidad e imparcialidad de mis juicios, que nada tienen de prevenidos. He venido a España con el santo propósito de levantarla el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el Tribunal de la opinión en América; a bien que no son jueces tachables por parentesco ni complicidad los que han de oir mi alegato. Traíame, además, el objeto de estudiar los métodos de lectura, la ortografía, pronunciación y cuanto a la lengua tiene relación. De lo primero he hecho una pobre cosecha, y del resto encontrado secretos que a su tiempo verán la luz. Imaginaos a estos buenos godos hablando conmigo de cosas varias y yo anotando:—no existe la pronunciación áspera de la v; la h fué aspirada, fué j, cuando no fué f; el francés los invade; no sabe lo que se dice este académico; ignoran el griego; traducen y traducen mal lo malo. A propósito, una noche hablábamos de ortografía con Ventura de la Vega y otros, y la sonrisa del desdén andaba de boca en boca rizando las extremidades de los labios. ¡Pobres diablos de criollos, parecían disimular, quién los mete a ellos en cosas tan académicas! Y como yo pusiese en juego baterías de grueso calibre para defender nuestras posiciones universitarias, alguien me hizo observar que, dado caso que tuviésemos razón, aquella desviación de la ortografía usual establecía una separación embarazosa entre la España y sus colonias. Este no es un grave inconveniente, repuse yo con la mayor compostura y suavidad; como allá no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo traducido y nosotros de otro. No hemos visto allá más libro español que uno que no es libro, los artículos de periódicos de Larra; o no sé si ustedes pretenden que los escritos de Martínez de la Rosa son también libros! Allá pasan sólo por copilaciones, por extractos, pudiendo citarse la página de Blair, Boileau, Guisot, y veinte más, de donde ha sacado tal concepto, o la idea madre que le ha sugerido otro desenvolvimiento. Lo que daba más realce a esta preparación era que, a cada nueva indicación, yo afectaba apoyarme en el asentimiento unánime de mis oyentes. Como ustedes saben... decía yo, como ustedes no lo ignoran... ¡Oh! estuve admirable, y no había concluído cuando todos me habían dado las buenas noches...

Mas es preciso que os introduzca a España por dos caminos. Hay dos en España para diligencia. Hay diligencias. ¿No lo creeis? Verdad de Dios, y en prueba de ello que se mandaron a hacer a Francia las que viajan por la carrera de Bayona a Madrid, que son las únicas que tienen forma y comodidades humanas. Hay en ideas, como en cosas usuales en los pueblos, ciertos puntos que han pasado ya a la conciencia, al sentido común, y que no pueden alterarse sin causar escándalo, subversión en los ánimos. Por ejemplo, el arnés de las bestias de tiro en Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos, es una de esas cosas invariables; compónese de correas negras, lustradas, con hebillas amarillas, afectando cuando más en cada país diferencias insignificantes. Se entiende, pues, que la diligencia ha de ser tirada por dos, cuatro, cinco caballos manejados del pescante; que el conductor ha de llevar bota granadera, sombrero de hule y largo chicote para animar sus caballos. Salís de Bayona hacia Irún y Vitoria, y el francés, o el europeo caen, al pasar una colina, en un mundo nuevo. La diligencia es tirada por ocho pares de mulas puestas el tiro de dos en dos, a veces por diez pares en donde el devoto repasándolas con la vista podría rezar su rosario; negras todas, lustrosas, fusadas, rapadas, taraceadas, con grandes plumeros carmesí sobre los moños, y testeras coloradas, y rapacejos y redes y borlas que se sacuden al son de cien campanillas y cascabeles; animado este extraño drama por el cochero, que en traje andaluz y con chamarra árabe, las alienta con una retahila de blasfemias a hacer reventar en sangre otros oídos que los españoles; con aquello de arre p.... marche la Zumalacarregui, anda... de la Virgen, ahí está el carlista... p... Cristina janda, jandaaa! y Dios, los santos del cielo y las potestades del infierno entran pèle mèle en aquella tormenta de zurriagazos, pedradas, gritos y obscenidades horribles. Triste cosa por cierto, que en los dos países exclusivamente católicos de Europa, en Italia y España, el pueblo veje, injurie, escupa a cada momento todos los objetos de su adoración, de manera de hacer temblar un ateo. Leed aquellas reyertas de los gondoleros de Venecia, descritas por Jorge Sand, en que el uno echa en cara al otro para injuriarlo las sodomías, bestialidades y torpezas de su madona.

El extranjero que no entiende aquella granizada de palabras incoherentes, se cree en un país encantado, abobado con tanta borlita y zarandaja, tanta bulla y tanto campanilleo, y declara a la España el país más romancesco, más sideral, más poético, más extra-mundanal que pudo soñarse jamás. Entonces pregunta dónde está Don Quijote y se desespera por no ver aparecer los bandidos que han de detener la diligencia y aligerarlo del peso de los francos, fruición que codicia cada uno, para ponerla en lugar muy prominente en sus recuerdos de viajes. M. Girardet, pintor delegado por la Ilustración de París para tomar bosquejos de las fiestas reales del próximo enlace de Montpensier, y que había viajado por Egipto, Siria, Nubia y Abisinia, me decía encantado: esto es más bello que los asnos del Cairo; ¿qué es lo que dice el cochero... p... c...? Afortunadamente Mr. Blanchard, enviado por Luis Felipe para bosquejar los grandes actos del drama de Madrid para las galerías de Versalles, conocía mejor que yo, y gustaba más que yo de aquella lengua, de la que daba detalles y muestras encantadoras. M. Blanchard, grande admirador de la España, había residido muchos años, agente secreto para la compra de cuadros de la escuela española, viajado con muleteros seis meses en los puntos más salvajes de la España, sido desnudado, aporreado y saqueado cinco veces; grande taurómaco, podía darnos mil detalles picantes de las costumbres españolas que no están escritas en libro alguno. Viajábamos los tres en la imperial, aunque en lo más crudo del invierno, y no cupieran en un grueso volumen las pláticas que sobre artes, viajes, historia, anécdotas tuvimos en cinco días con sus noches, salvo alguna cabeceada para reparar las fuerzas.

Alejandro Dumas nos decía ayer, hablando de la España. “Poco me importa la civilización de un país; lo que yo busco es la poesía, la naturaleza, las costumbres”. El creador de las Impresiones de viaje, que han hecho imposible escribir verdaderos viajes que interesen al lector, y el autor de los cuentos inimitables que entretienen los ocios de todos los pueblos civilizados, reconocía sin duda que el brillo de esta atmósfera meridional, cuyos violados tintes se agrupan en el horizonte y en las ondulaciones de este cielo desnudo, algunos paisajes que ha descrito admirablemente, sin haberlos visto, en sus Quince días en el monte Sinaí.

El aspecto físico de la España trae, en efecto, a la fantasía la idea del Africa o de las planicies asiáticas. La Castilla Vieja es todavía una pradera inmensa en la que pacen numerosos rebaños, de ovejas sobre todo. La aldea miserable que el ojo del viajero encuentra, se muestra a lo lejos terrosa y triste; árbol alguno abriga bajo su sombra aquellas murallas medio destruídas, y en torno de las habitaciones, la flor más indiferente no alza su tallo, para amenizar con sus colores escogidos la vista desapacible que ofrecen llanuras descoloridas, arbustillos espinosos, encinas enanas y en lontananza montañas descarnadas y perfiles adustos. En cuanto a pintoresco y poesía, la España posee sin embargo grandes riquezas, aunque por desgracia cada día va perdiendo algo de su originalidad primitiva. Ya hace, por ejemplo, cuatro años que la diligencia no es detenida por los bandidos con aquellas largas carabinas que aún llevan consigo hasta hoy los muleteros, rasgo que caracteriza a todas las sociedades primitivas, como los árabes, los esclavones, los españoles. Dos artistas franceses acaban en estos días de recorrer las montañas de la Ronda, atravesando en mula el reino de Murcia, y continuando a pie su excursión, desde Sevilla a Madrid, sin haber tenido la felicidad de ser atacados por los bandidos como se lo habían prometido, a fin de descargar las carabinas de que se habían provisto, o tomar las de Villadiego, según lo aconsejase la gravedad del caso. En cambio la pobre España ha adquirido el municipal, bicho raro importado de extrangis, y cuyo bulto eminentemente prosaico y civilizador, recorre los caminos en traje de parada, disipando con su presencia toda cavilación un poco poética. ¿Cómo pensar, en efecto, en el Cid, los godos, o los moros, cuyas tiendas cubrían en otro tiempo estas llanuras, cuando ve uno al gendarme o al guardia municipal con su banderola amarilla, y su sombrero galoneado?...

.................................................