Carácter original y combativo, tenía las características de su verdadera raza, la española. Sin embargo, o tal vez por lo mismo, España le debe bastantes juicios agrios y una enemistad que, por lo apasionada e injusta, demuestra igualmente su procedencia española...
Asumió desde la juventud la tarea de organizar un país que carecía de todo, empleando la espada o la pluma, afrontando el destierro, no tomándose un instante de reposo, puesto que a todas horas disputaba, contradecía, enseñaba, siempre con una candente violencia. Un día se presentó en el Congreso y comenzó su discurso: “¡Traigo los puños llenos de verdades!...”
Su violencia le ganó el sobrenombre de loco. Los más corteses se reducían a titularle energúmeno. Era un hombre, en efecto, que no estaba nunca satisfecho, y que pelearía con su sombra si le faltasen objetos de combate. No le faltaban, sin duda. Salió a la palestra cuando la Argentina cruzaba la zona más difícil de su existencia; cuando la tiranía de Rozas empujaba al país hacia un ignominioso retroceso político; cuando las mejores flores de la cultura colonial, después de algunos lustros de independencia, se malograban miserablemente; cuando las ciudades se empobrecían y se embrutecían, y el gauchaje, como reflujo bárbaro o indio, dominaba en esas ciudades.
Los tiempos y la ocasión no exigían, de seguro, procedimientos blandos. Sarmiento, argentino también en esto, hizo de “compadre” intelectual frente al cerril empecinamiento de la incultura. Fué audaz, violento, agresivo, desafiador, sarcástico, brutal, en un país donde el valor y la violencia individuales conservan tan profundo prestigio.
Estuvo reñido con todos; vivió formándose enemigos. Es cierto que se movió en los lugares más favorecidos por la saña y la tempestad: el periodismo y la política.
No le exijamos, pues, una cualidad de escritor consumado; no queramos ver en él un estilista, un gran creador de figuras novelescas, ni un erudito. No tuvo tiempo para formarse una personalidad literaria. Sólo tuvo tiempo para reñir y aguantar polémicas.
Sin embargo, resulta el escritor más personal de la Argentina, tal vez el más completo hombre de letras de su país. Y a la distancia, después que el ruido eventual se ha despejado, queda de Sarmiento únicamente su figura literaria. El mismo Mitre, hermano suyo en genialidad, nos aporta una figura más compleja, y no pueden separarse de él las cualidades de militar y de gobernante, asociadas para siempre a la historia argentina.
Escribiendo fragmentariamente, nutriéndose de cultura al pasar, viviendo en continua zozobra, Sarmiento ha logrado dibujarse como una vigorosa personalidad literaria. Posee un sabor intenso, imborrable, original. Sin que su estilo se distinga por ninguna condición expresa, escribiendo con frecuencia deshilachadamente, logra, no obstante, componerse una vigorosa personalidad literaria.
Es personal siempre, pero a la manera más estimable y profunda, no por un amaneramiento estilista. Su naturaleza portentosa vibra y rebosa en sus inmensos trabajos. Nada se escapa a su interés. Escribe de costumbres, de crítica literaria, de política, de sociología, de pedagogía. Cuando su espíritu reposa, sabe componer páginas tan sentidas y poéticas como las de “Facundo” o de “Recuerdos de Provincia”.
Creemos interesante reproducir algunos trozos literarios de Sarmiento, como muestra de su estilo y de su opinión a propósito de las cosas de España. Entresacamos unas páginas de un viaje por la Península, realizado en la primera mitad del siglo XIX. Siempre es curioso oir las impresiones que nuestro país le merece a un intelectual americano, especialmente en una época tan agitada. Lástima que la “moda romántica” y el recuerdo reciente del viaje de Alejandro Dumas le hagan incurrir en defectos de tono, en amaneramientos de escuela literaria y en esas exageraciones habituales al ritual romántico-progresista del siglo pasado.