En fin, es un pícaro con donaire y con imaginación que acierta a vivir lindamente de las sobras y los regalos, y que, igual que los juglares, solicita un “vaso de buen vino”, que para él se convierte en un frasco de ginebra.

Su especialidad, dentro de la retórica trovadoresca, suelen ser las tensiones. Le gusta a él, y todavía le gusta más a su público, que otro payador acepte el reto. Entonces, en las veladas que siguen a los bautizos, bodas, esquileo de ovejas y hierra de ganados, los dos payadores se sitúan frente a frente, disponen sus guitarras, y con una tonada monótona que recuerda bastante a cierta música andaluza, se traban en una lucha de discreteos, de mordacidades y también de insultos. A la copla de uno contesta el contrincante como puede, y es más estimado el payador que acierta a sugerir burlas y alusiones más ingeniosas. Si además sabe embellecer su canto con algunas imágenes poéticas e ingenuamente rimbombantes, el público le concede grandes agasajos y larga estima.

La gente del campo en la Argentina conserva el recuerdo de algunos famosos payadores, y hasta se ha formado la leyenda del máximo payador, el más glorioso de todos y el más inexistente.

En efecto, la literatura argentina ha podido utilizar, no siempre con fortuna, la leyenda de Santos Vega, especie de héroe gauchesco que recorría las estancias y las pulperías a lomo de su buen caballo, y armado de su guitarra sonora. Nadie sabía cantar como él; nadie más ingenioso, inventivo y conmovedor; inutilmente osaban contra él todos los adversarios. Pero un día, estando a la sombra de un ombú rodeado de admiradores, bruscamente llega un desconocido y pide licencia para luchar con el héroe. Cantan los dos, y pronto conoce Santos Vega que su gloria ha terminado para siempre. ¡Su contrincante sabe cantar mejor que él, y el auditorio, mudo de terror, tiene que reconocerlo así!... ¿Quién era aquel payador misterioso, que tanto sabía cantar, y que al punto de su victoria huye sin dejar rastro? No podía ser otro que el diablo... Vencido, pues, por el mismo demonio, Santos Vega cae en una profunda melancolía y muere.

EL EXITO DEL “MARTIN FIERRO”

EL poema de José Hernández tuvo desde el principio una aceptación ruidosa; el pueblo inculto lo acogió como la expresión más sincera y veraz del alma, de las costumbres y de los modismos populares, y pronto las mismas personas ilustradas reconocieron al “Martín Fierro” un valor de cosa oportuna y providencialmente acertada. Sin embargo, como a otras muchas obras de imaginación, las gentes doctas tardaron bastante tiempo en atribuir a este poema popular el mérito de originalidad y de excepción que hoy se le concede en los países del Plata.

En el prefacio a la edición décimocuarta, que utilizo en este momento, los impresores se congratulan de haber llegado a la cifra de 62.000 ejemplares, “hecho sin precedente en estos países americanos”, como los mismos editores confiesan con admiración. “Aquí, en Buenos Aires, la ciudad de más movimiento intelectual del Nuevo Mundo (sic), no conocemos resultado semejante, ni aun tratándose de aquellas obras políticas, literarias o económicas, que lograron alcanzar gran boga. Millares tras millares ha colocado sin dificultad el editor de cada edición, en medio de la sorpresa que experimentaba al recibir, hasta por telégrafo, pedidos que le hacían de diversos puntos de la campaña...”

Primeramente apareció “El Gaucho Martín Fierro”, y en vista de su boga el autor se apresuró a dar la segunda parte, con el título de “La Vuelta de Martín Fierro”.

SARMIENTO

DOMINGO F. Sarmiento es una de las figuras más culminantes de la República Argentina. Su vida, que por gracia de los dioses fué muy larga, la dedicó enteramente al progreso y la cultura de su país.