Pero este hombre llega, y a los pocos meses se retira de la lucha. Es joven aún, es fuerte, es inteligente. Sin embargo, no quiere luchar. Se retira a un lado, deja pasar a los victoriosos, y él no pide nada, sino vivir. Ha perdido su bagaje ilusorio. Le falta la voluntad. Le falta algún acicate interior y misterioso. ¿Qué tragedia moral ha sucedido en el alma del atorrante?... Lo extraño de este fenómeno psicológico, es que la mayoría de los atorrantes que huelgan por la ciudad, son de procedencia hiperbórea. Para los pueblos latinos y cálidos, el fenómeno se presenta lleno de curiosidad. Porque nosotros, hombres a quienes llaman ahora decadentes, tenemos de los otros hombres septentrionales una idea respetuosa; consideramos, no sin justicia, que los hombres de raza rubia asumen el imperio de la fuerza, del trabajo y de la victoria: no podemos concebir que un inglés, un germano o un escandinavo rueden por las calles en estado de miseria o de vencimiento. Por eso, cuando un hombre de barbas rubias y de hablar tartajoso nos asalta con la mano tendida, sufrimos una decepción y una gran perplejidad, la misma que nos invade cuando alguno nos derriba alguna verdad que teníamos por inconcusa. Que un inglés me pida un peso para comer, produce en mi mente el mismo asombro que la negación de que la tierra es redonda.

Permitidme que hable con tanta unción de un personaje roto y desventurado. La gente mira pasar a los atorrantes, y apenas si se fija en ellos. Yo estimo que en esos seres hay océanos de problemas psicológicos, y que la pluma de los escritores debiera atacar ese motivo interesante, maduro, tentador. Caminando al azar por calles y plazas, siempre que tropiezo con un atorrante me paro a observarlo. Tienen para mí esos seres el interés agudo de los supremos conflictos. A fuerza de observarlos, he llegado a entender el contraste de sus almas turbias y extrañas, en frente de la vida brillante y laboriosa de Buenos Aires. Mirándolos bien, acaso he llegado a considerar que en la profundidad de sus almas existe una mayor sabiduría que en las almas de los triunfadores, de los que llamamos, muy de ligero, felices y sabios. Y he llegado también a rectificar mi primera impresión; he sospechado que en el alma del atorrante ha habido, en efecto, una previa tragedia, un supremo dolor; pero eso ocurre al principio, en el instante de la caída, cuando todo el bagaje ilusorio y mental se desploma, cuando viene la hora del gran desengaño; después, al cicatrizarse la herida, he sospechado que en el alma del atorrante sobreviene una suave serenidad. Su ser entero se convierte en filosofía. Piensa, como su abuelo Diógenes, que la grandeza y la fortuna de Alejandro es pura vanidad; que en la vida sólo hay una cosa efectiva, el dolor; y como el origen certero del dolor es la actividad, renunciando a ésta se libra de aquél. De esta manera consigue el atorrante evadirse del sufrimiento. No actúa, no lucha, no pide la felicidad por conducto del trabajo y de la pasión sobreexcitada; deja que la felicidad se produzca espontáneamente, por el mero hecho de no buscarla... El atorrante sabe instintivamente que la felicidad es como la mujer; si se la busca y suplica, se muestra esquiva, pero si se la desprecia, ella acude sin condiciones.

En otro clima y en otra sociedad menos amables, el atorrante sería un ser desgraciado; en Buenos Aires vive fácilmente, casi con la facilidad de los gorriones. El clima es benigno con él; hay más días de sol que de lluvia, y el frío no aprieta demasiado. La gente no le mima, bien es verdad; la gente, ocupada con exceso, tiene la religión del trabajo, y el holgazán le merece desprecio. Pero la gente, al mismo tiempo, carece de aquella crueldad moralizante de otros pueblos, y le deja vivir. Le dejan ir por las plazas y los paseos, tomar el sol, acostarse a dormir la siesta en los bancos de los jardines, a la misma hora en que todas las gentes sudan febriles. Sólo le limitan la entrada en ciertas calles; cuando al caer de la tarde, por ejemplo, un atorrante se atreve a entrar en la calle Florida, los vigilantes lo expulsan, para que sus andrajos no desentonen entre el lujo de los atildados transeuntes. Pero esta limitación no le ofende ni lastima mucho: él ha renunciado al orgullo, no siente herida su dignidad al ser expulsado como un perro; en cuanto a la contemplación de los atildados y lujosos transeuntes, a él producen irónico desprecio. Conoce la cantidad de dolor que ha sido preciso desarrollar para adquirir un lindo sombrero con plumas ondulantes, o una cadena gruesa de oro.

El prefiere otras venturas más reales y sólidas. Sabe dónde corre una brisa dulcísima, o dónde cantan más deliciosamente los pájaros. Conoce todos los secretos de la ciudad, como si la ciudad hubiera sido hecha para su goce exclusivo. Obsérvese atentamente y se verá que las gentes llamadas poderosas y felices se reservan los puntos más desagradables de la ciudad, tales como las calles estrechas y llenas de carros, estrepitosas, sucias, irrespirables; en cambio el atorrante se reserva los puntos más deliciosos. A cualquier hora del día, pero singularmente en las horas de más frío o calor, los jardines están solitarios; si el tiempo es de bochorno y de sudor, los árboles no tienen a quien albergar, y si hace frío, en las explanadas de los paseos el sol no tiene a quien acariciar con su tibieza. Las gentes sabias y felices están ocupadas en trabajar, en reunir elementos de dicha... y la dicha real está en otra parte. Entonces el atorrante bendice la providencia de los hombres, que han construído unos jardines tan hermosos, y se recrea en ellos. Se tumba tranquilamente, y deja que el ave rara de la felicidad le roce con su ala misteriosa.

¿Y de qué se alimenta el atorrante? Preguntad a los gorriones de qué viven: de lo fortuito, de lo desconocido, de las migajas caídas. Aquí abre la portezuela de un ricacho, allí recoge el pañuelo que se le cayó a una dama, más allá aguarda el paso de los padrinos de un bautizo, en otra parte busca un coche de alquiler para un señor que lleva prisa; o come las sobras de los cuarteles, o pide una limosna a los transeuntes, o llega en el momento de la comida de los obreros, y con sublime cinismo, él come pan ganado con el sudor de la frente ajena. Vive de milagro, según dice la gente; pero él no cree en el milagro, y sabe que la vida es cosa natural, simple, lógica, y que el acto de comer no merece la transcendencia que se le da. Toda la humanidad preocupada con la conquista del pan, ¡cuando el pan llega a la boca del individuo sin ningún esfuerzo! Esta verdad la conocen muy bien los gorriones, los atorrantes, y la conocía también Jesús Nazareno, cuando predicaba a los obcecados judíos diciéndoles: “¿Atesoran las aves del campo? Sin embargo, ellas están bien gordas y adornadas...”

Es extraño que los sociólogos argentinos no se hayan apoderado de este problema del atorrantismo, tratándolo en sus fases curiosas, originales, características. Ya que se trata de un ejemplar diferente del vagabundo, y que adopta aspectos que pudieran llamarse nacionales, bien se merece largos y detenidos estudios. Yo he preferido hablar de él como de pasada, mirándolo desde el lado sentimental.

Vayan estas líneas dedicadas a ese tipo singular, el cual, quizá por un fenómeno de paradoja, merece toda mi ferviente simpatía...

LOS “PAYADORES”

HE aquí unos personajes anacrónicos que en plena Pampa tienen la extraña virtud de reproducir las costumbres trovadorescas de la Edad Media.

El payador es un rústico y rudimentario trovero, que si no mantiene la finura y la delicadeza de sus antepasados europeos, conserva los hábitos de bohemia y de parasitismo que distinguían a trovadores y juglares. Es algo más que un juglar, porque no se limita a repetir las coplas que otros inventaran, y un poco menos que un trovador, a causa de su incultura y rusticidad.