Esas obras que nos conmueven o ilustran, obras que admiramos y que representan para nuestra existencia moral el alimento amado, son obras de profesionales. Los libros no surgen caprichosamente, efectos de una súbita inspiración; han sido pensados, rumiados, escritos, después de duras tentativas.
Los libros de los aficionados suelen ser siempre inferiores, mal escritos, confusos, vulgares o ñoños; el diletantismo produce pésimas frutos.
En la Argentina abunda el diletantismo, y él es una grave plaga. Le urge a aquel país crear profesionales. Profesionales de la educación, de la ciencia, de la literatura. Es el recurso inmediato para conseguir una cultura densa, fuerte y nacional. Personas que no hagan más que experiencias de laboratorio; personas que no se preocupen más que de su cátedra; personas que únicamente pinten cuadros, y personas que solamente escriban libros, versos y artículos. Pero, ¡esa grandeza argentina, esa valorización de terrenos!... Y después la petulancia ostentosa que adopta allí la riqueza, y la gran desgracia humillante que supone allí la pobreza...
ATORRANTISMO
ESTOS renglones están escritos bajo la sugestión de un organillo; un viejo y cascado organillo que un mozo italiano hacía sonar en la extremidad del puerto de Buenos Aires, en aquel suburbio atestado de gentes extrañas, cosmopolitas, venidas de los cuatro extremos del mundo.
Sonaba el organillo con la melancolía indescifrable de esos instrumentos mohosos, que suelen remover en nuestras almas civilizadas el poso dormido de las ideas, de las nostalgias, con mucha más eficacia que las mismas notas selectas de una orquesta magistral. Aquel organillo tocaba un vals. Los transeuntes lo oían y pasaban. Pero en un banco, bajo unos árboles protectores, había un hombre, y el hombre, que antes dormitaba placenteramente, se despertó y puso el oído bien atento a la música del organillo. Seguramente que ese hombre, al desperezarse, se figuraba seguir durmiendo, por mejor decir, soñando: la música le hablaba de su juventud, de su pueblo natal, de la historia romántica de sus primeros amores y de sus bailes bajo los tilos. Su gesto, en un principio, fué de placer; es porque se abandonaba a la dulzura de los recuerdos, ágiles y blancos como una banda de palomas que levantan el vuelo; después el gesto fué de tristeza. Cuando el organillo calló, el hombre del banco se quedó meditabundo. En seguida rectificó, y cerrando los ojos, volvió a dormirse.
Aquel hombre era un vencido. A esa especie de hombres les llaman en la Argentina atorrantes. Pero hombres vencidos los hay en todas las partes del mundo. En los pueblos ricos y laboriosos el vencido sufre los rigores de la moral dura y terminante. Bajo el sol andaluz, ser mendigo es ser casi un regalo; pero bajo el cielo de Londres, el vagabundo sufre la destilación de todas las torturas. Tampoco es más feliz en Francia el vencido. Ese egoísmo acabado, científico, meticuloso, metódico, de los franceses, empuja a los vencidos hacia la muerte o hacia el crimen.
Mientras que el atorrante argentino, ni es el mendigo español, ni el vagabundo francés, ni el vencido de Londres. Su filiación está más lejos, mucho más atrás que el tiempo y el espacio actuales: Diógenes, en fin, lo tendría por su digno compañero. Buenos Aires no lo cuida y mima católicamente, como hace el español con su mendigo; tampoco lo lanza al dolor, como Londres, ni al crimen, como Francia; Buenos Aires, negligente y distraído, no hace caso de su atorrante; lo alimenta, le deja vivir, y pasa. De manera que el atorrante, entre los vencidos de la Tierra, es el más feliz. Come, sin saber de dónde, no le injurian, le dejan ir, le ceden los bancos en sombra, y el clima, también generoso, no le hostiga con rigores. Es un cínico a lo Diógenes, puede vivir libremente, y filosofar cuanto quiera. ¡Sería feliz, en efecto, si no existiera la parte moral! ¡Si no hubiese una tragedia en cada atorrante, el atorrante sería definitivamente feliz! Pero el alma, el alma, ¡eso es lo que duele!
En todo vagabundo hay un fracasado. Pero el vagabundo europeo puede fracasar epidémicamente; puede su vagancia haber nacido de la pereza, de la inhabilidad manual, de la torpeza mental, o simplemente de un morbosismo psicológico; con frecuencia es un pillo, que renuncia a luchar de frente, para atacar de soslayo a la sociedad, como hacen el mendigo español y el vagabundo francés; o ser un impotente y un perezoso, como el vago inglés. Mientras que en el atorrante, el fracaso arranca de las entrañas del ser. Lo que fracasa en el atorrante es todo el caudal de ensueños, de ambiciones, de conjeturas sobre el porvenir, de proyectos grandiosos y felices para mañana. El atorrante es un hombre a quien la ilusión ha desprendido de su raíz europea; ha venido a Buenos Aires con un bagaje sólido de ilusiones; y en Buenos Aires, rápidamente, su caudal ilusorio se ha gastado, se le ha ido, y el hombre se queda pobre, pero con la penuria de la ilusión, con la inopia ilusoria, la más profunda y trágica de las inopias.
Considérese que un hombre no se decide a traspasar el ancho piélago oceánico sino a requerimientos de una índole trascendental. El acto de desarraigarse, de abandonar las formas y los colores y los afectos natales es un acto único en la vida de un hombre; para que ese acto se realice, ha sido necesario que todos los motores internos se pusieran en actividad, y que una ilusión suprema viniese a henchir el alma del emigrante. Esta ilusión se compone de un deseo: la riqueza. A la mirada del emigrante, la visión de América se sintetiza en una especie de locura dorada. La fortuna se le representa vivamente, y se embarca con la firme seguridad de que ha de volver a su pueblo oyendo el tintineo jubiloso de las monedas en sus bolsillos. Y que ha de realizar después todo cuanto sueña: la buena comida, los buenos vinos, el buen amor de una bella muchacha y la serenidad de una vejez abastecida.