¿Para qué escribir? A los oídos de los seres más puros y platónicos llega continuamente el rumor de esa marea asombrosa de los negocios argentinos. Llama frenéticamente a todas las puertas el demonio de la especulación. Se hace imposible huir de la marea y del rumor satánico. Se oyen noticias de operaciones fáciles, fabulosas. El hombre más abstraído en sus problemas ideales tiene, por tanto, que escuchar esas palabras de tentación. Los terrenos valorizados enormemente, las Sociedades que se fundan en un día, el tanto por ciento crecido del capital, las sorpresas, las gangas, los hallazgos: todo esto, que anda por el aire, se infiltra en los gabinetes de estudio y ha malogrado tantas fecundas vidas.
Los extranjeros no se libran del contagio; muchos doctores y sabios europeos, llegados a la Argentina con fines pedagógicos e investigativos, a los pocos años entraron en la vorágine económica y dieron de lado a la ciencia. Conozco abogados distinguidos que abandonan su bufete por atender a su heredad; y médicos que visitan a un enfermo de prisa, porque tienen que marcharse a su estancia para vender tropas de novillos. Por eso es cinco veces rara y heroica la vida de Ameghino, que sólo quiso ser sabio, allí donde todos aspiran a ser ricos.
En los países densos de Europa, el profesor no es más que profesor, el médico es sólo médico, y el literato, literato. Aquí no es fácil distraer la atención en varias actividades, porque la concurrencia resulta muy reñida. El médico que quiera asaltar un puesto eminente y reunir nutrida clientela, deberá consagrar todos los momentos de su vida al trabajo profesional, porque de otro modo bien pronto será suplantado. El hombre de ciencia se encierra en su gabinete y trabaja con una ruda intensidad. No sólo es reñida la lucha por el renombre, sino la lucha simple por la despensa. Y ahí está la fórmula, en fin, para la creación de una cultura propia y consistente.
De la conjunción de tantas actividades intelectuales brota en el seno de un país un cuerpo de doctrina nacional: así vemos que la doctrina y los métodos educativos de Alemania son diferentes a los de Francia, y los de Inglaterra distintos a los norteamericanos. Ese cuerpo de doctrina alemán no es producto de un decreto del emperador; para llegar al resultado de una cultura alemana ha sido necesario que sus hombres de estudio concentrasen apasionadamente sus vidas en el trabajo. Pero si a esos resultados no se llega por decretos imperiales, ¿habrá recursos conocidos y asimilables, excepción hecha de las condiciones de raza, medio y tradición? Sin duda que existen varios de esos recursos. Uno, el principal, es el estímulo.
La sociedad, con su estimación, resulta el más grande estímulo para los hombres que emplean sus días en faenas intelectuales. De este modo un Pasteur o un Berthelot hallan que sus trabajos han sido pagados espléndidamente por la sociedad francesa, con aquella veneración, aquellos agasajos de que eran rodeados en todo momento; cada francés se consideraba afortunado por coexistir con los sabios que daban honor a la Francia, y cada francés, asimismo, se consideraba glorioso nada más que por ser compatriota de Rostand o France. En sus últimos años, Víctor Hugo, gran vanidoso, viajaba en los imperiales de tranvía para ver cómo las gentes se paraban en la calle, y señalándole y descubriéndose, decían: Allí va Víctor Hugo.
En semejantes pueblos, la labor intelectual, siempre dolorosa, está soberbiamente compensada con goces morales, que siendo tan vagos, son los más poderosos incentivos del genio, y los únicos goces que conmueven de veras al genio.
Otro medio popular de la cultura consiste en formar centros universitarios tradicionales. Se observa con frecuencia que toda la civilización de un pueblo está reconcentrada en una Universidad, como si hubiese sido el vientre generador del pensamiento nacional. Y a menudo suele ser cierto. Tomemos como ejemplo lejano la Universidad de Salamanca, de cuyas aulas salieron para las contiendas del mundo aquellos embajadores, capitanes, obispos y literatos que adornaron la historia española de los siglos XVI y XVII. Como ejemplo actual tenemos la Sorbona de París, de tan ilustre abolengo, y Oxford, y tantas otras.
Se forma, pues, alrededor de una Universidad cierta atmósfera extraña, característica, mezcla de pedantería magistral, si queréis, pero también de alegría estudiantil y de entusiasmo pedagógico. A veces la Universidad se traga al pueblo donde está situada, y el pueblo entero se convierte en un criado de la Universidad. Tal debía ocurrir en Salamanca, donde la ciudad se supeditó al servicio de su famoso colegio, y cada estudiante y cada profesor gozaban de fueros, distinciones y preeminencias especiales. Cuando la Universidad radica en una población demasiado grande para ser absorbida, fórmase entonces en torno al colegio un barrio “sui géneris”, distinto, caprichoso, pintoresco, que goza también de fueros y libertades: verbigracia, el barrio Latino en París. Y en esos núcleos de población, en esos barrios, a la sombra de jardines escolares, bajo las arcadas de la Universidad, en los sombríos claustros, en los hoteles estudiantiles, en los cafés exclusivos, en las librerías, en los puestos de libros viejos, en los comercios de antigüedades, en los clubs algo exagerados, en los periodiquitos batalladores, en las reuniones nocturnas, en las bibliotecas bien nutridas... En todo eso reside, en fin, el ambiente universitario. Constituído tal ambiente, la nación entera se siente contagiada de él. La vida escolar se hace entonces más estimada, y no ocurre que haya una absurda distanciación entre los profesores y los estudiantes. Al contrario, se crea cierto espíritu de cuerpo, un cierto aire de familia. Los catedráticos aman su Universidad sobre todas las cosas, dedican a ella su vida, viven cerca de ella, no se acuerdan de la valorización de las tierras. Y los estudiantes viven juntos, siempre en su barrio, prestando a su vida un carácter colegial. Se toma en serio la cultura. Y es, cada uno de esos centros, una hoguera permanente y noble que nutre de calor científico a la nación. Algo parecido a esto había en Córdoba. No ha podido formarse en Buenos Aires. ¿Llegará a existir en La Plata?
He nombrado la palabra profesional, por quien sienten gran horror muchas personas. Bajo el apremio de teorías excesivamente idealistas, se conceptúa que del cultivo de las letras, de la poesía, de la filosofía, no debe hacerse nunca una profesión, y que el cambiar las ideas e imágenes por dinero, como se cambian las cosas de la industria, es un acto grosero y perjudicial. Sería, es verdad, mucho más grato para los mismos escritores que sus ideas e imágenes no estuviesen sujetas a una vulgar tarifa; pero si la acción no es grata, resulta, en cambio, muy conveniente para la literatura y para la humanidad.
¿No era Sócrates un profesional? Carecía de otro oficio que su filosofía, la cual no puede nadie considerar innoble y mercantil. Y Shakespeare, ¿tenía alguna profesión que no fuera su oficio de dramaturgo? La literatura, como todo arte, es un oficio. Un pintor llega a pintar bien al cabo de muchos años de aprendizaje; un músico necesita someterse a fatigosos ejercicios diarios, durante largo tiempo, para alcanzar el dominio de su arte. El genio está ahí, en el alma del artista; pero el arte es técnica, y la técnica se logra con un ímprobo trabajo. La técnica literaria es tan trabajosa como la del pintor o la del músico; un literato ha de romper muchas cuartillas, ensayar infinitos trabajos, sufrir grandes fracasos, someterse a desalentadoras esperas; finalmente acude la plenitud, el dominio del lenguaje, la facilidad, adquirida con tanta dificultad... El escritor está ya formado. ¿Qué hará de él la sociedad? ¿Le exigirá que produzca generosamente, platónicamente? Muy bien; en ese caso, el escritor se verá forzado a buscar la vida en otra distinta actividad, y una vez que ha desatendido el uso de su arte, su pluma se hará torpe, su mente perderá la fluidez exigida; olvidará la técnica, dejará de escribir.