Cuando la moda intelectual formó en todo el mundo tantos escritores anarquistas y socialistas, los jóvenes argentinos exigieron también su parte de excentricidad. Brotaron poetas blasfemos y anarquistas como hongos. El más famoso fué Almafuerte, el cual, con sus versos crepitantes, societarios y terribles, con su retórica fantástica y sus gesticulaciones de Cristo de suburbio industrial, instauró en la Argentina el reinado de lo energúmeno. Ha tenido, y tiene todavía, entusiastas imitadores.
Energúmenos del verso y de la prosa, para ellos no existe la medida, la discreción, el arte civilizado de reprimirse. Usan palabras fieras, versos espeluznantes, donde se complacen en rimar batalla con metralla, trapo con sapo.
Es curioso cómo aquellos exaltados hablan de esclavitudes y desolaciones en medio de una sociedad completamente distraída; benévola y exenta de amarguras fundamentales.
¿A qué se debe esa manera literaria, ese prurito de hablar en tono agudo y de mostrarse con actitudes sibilíticas? ¿Será la herencia tardía de Víctor Hugo? ¿La lectura precipitada de Nietzsche? ¿O tal vez el latinismo, ese latinismo gestero y exagerado que se hincha y aumenta bajo el clima fecundo de América?
Debe consistir también en la especial educación escolar y universitaria. Se educa al niño a los sones de los himnos patrios, y para afirmar en él el culto de los héroes nacionales, se le obliga a una especie de gimnasia panegírica. Después de esta gimnasia, el joven que se pone a escribir ve la vida en forma de apoteosis, los hombres los ve en estatua, y él mismo se considera a sí propio como perorando en la cima de un pedestal.
Para estos defectos suele ejercitarse, en los pueblos viejos, la acción de la crítica o la amonestación tácita, pero eficaz, del público. Pero allí se carece de crítica, y el público, desorientado o indeciso, no acierta a ejercer presión sobre los vicios literarios. Verdadera democracia aquélla, en donde cada cual dice lo que le gusta, se titula genio si quiere, destroza el idioma o atenta contra la discreción, en la seguridad de que nadie vendrá a atajarle.
Ha de transcurrir todavía mucho tiempo, antes de que pueda formarse una rigurosa y prudente escala de valores, de categorías y de limitaciones. La democracia literaria necesita desfogarse aún, hasta tanto que sus mismos abusos la pongan en la precisión de buscarse una disciplina.
LA PROFESION INTELECTUAL
NO sé si voy a decir una vana paradoja: a mi entender, la causa de la penuria literaria argentina está en la riqueza material argentina. Cualquier actividad a que se entregue un hombre inteligente, rendirá más provecho que el cultivo de las letras. Una persona educada, de carrera o de alguna relación, encuentra allí fácilmente un empleo, un sueldo pingüe, y no es raro tampoco que esa persona alcance a reunir varios de esos pingües empleos.
Salvada la necesidad económica, esa persona cultivada no sentirá deseo de escribir y publicar páginas que han de rendirle poco provecho material, a cambio de un esfuerzo nervioso tan considerable. Hay, es cierto, la necesidad moral, y hasta el prurito vanidoso, de sentar plaza de escritor; pero esto se consigue con un libro o dos. Así hay en la Argentina tanto hombre de talento que ha escrito un libro único, y que no escribe más.