Pero la culpa de este mal no debe achacarse a nadie, sino a la misma constitución geográfica del país. Si el país es uniforme, el idioma corre el peligro de ser uniforme también. Otra causa de la uniformidad americana debe de consistir en los procedimientos coloniales de los conquistadores: se limitaban el punto de embarque y el punto de recepción, de manera que las cosas, las ideas y las palabras habían de salir inexorablemente de Sevilla y llegar sin escala intermedia a Panamá. Desde Panamá, las cosas, las ideas y las palabras eran distribuídas en los diversos virreinatos y capitanías. De ahí proviene la igualdad americana; esa es la causa de que el continente, a pesar de su extensión y de la variedad climatológica, tenga más cohesión que muchos pequeños Estados europeos; y que las canciones populares de Méjico guarden cierta conexión rítmica con los cantos de Chile y del Plata; y que se llame pulpería en Puerto Rico a la misma cosa que en Buenos Aires se llama pulpería.

Las naciones viejas y occidentales tienen, entre sus muchos defectos, algunas cualidades buenas; la misma diferenciación regional, origen de tantos disgustos, produce un efecto vital; el hombre de Venecia mantiene formas y derivaciones locales, que unidas a las del hombre de Génova, Nápoles y Siracusa, prestan al idioma italiano una continua aportación de aguas verbales vivas. En ese caso, el idioma posee una manera de reservas lingüísticas, propicias para conservar en estado corriente y renovado al idioma nacional.

Idéntico es el caso de España con sus regiones tan variadas, donde los modos de decir locales suponen una reserva inagotable para el acervo común del idioma. En esas regiones escondidas, hasta atrasadas, se conserva latente una transpiración íntima, un ritmo interno del lenguaje. Sin proponérselo, el ritmo ese del lenguaje lo van traspasando las regiones a la lengua culta, como los manantiales que vierten aguas nuevas en un río. Porque el lenguaje, cuando se detiene y embalsa en un centro numeroso de cultura, puede derivar en una cosa quieta y exenta de elasticidad: para obviar tal peligro están los humildes manantiales de las regiones, con su vigor de naturaleza virgen.

Se habla mucho de los galicismos. Pero el mal del galicismo no está en el uso snobista de pocos o muchos vocablos gálicos. Una persona, o un escritor, pueden intercalar en su lenguaje diversos vocablos exóticos; decir tour de force a todo trapo, y hablar de finanzas cuando cabría decir negocios. No está ahí el mal, sino en construir a la francesa. Y desde algunos años a esta parte, nos estamos esforzando en desvirtuar el ritmo de nuestro idioma, deformándolo, no en la parte externa, sino en su interior. Lo estimable de un idioma, y lo que le hace ser original, es su arquitectura, o sean los movimientos esenciales de sus oraciones. Cada pueblo debe tener sus maneras peculiares de decir; y el pensamiento diferenciado de un pueblo se manifiesta en formas de expresión diferentes. Como ejemplo tenemos los idiomas germánicos y los latinos; así como el pensamiento germánico nos es hostil en el primer instante, y a veces no concluímos de aceptarlo nunca, del mismo modo sus idiomas se nos resisten, y al traducirlos necesitamos variar, suprimir y aumentar sus palabras y sus giros. Dentro de la familia de las lenguas romances, hay, aunque en menor grado, una disparidad semejante. El italiano castizo no construye sus oraciones, ni ataca las piezas principales de su discurso, como un francés, ni un francés como un español. Pero actualmente vamos suprimiendo esas diferenciaciones, y a diario leemos artículos o libros escritos en castellano, que si se tradujeran palabra por palabra al francés, quedarían incólumes dentro de la lengua de Racine. Muy bien; esto parecerá una gran hazaña de adaptación europea; pero renunciar al carácter intrínseco del lenguaje, presupone la renuncia del carácter personal. Tales renuncias, bien examinadas, cabría considerarlas como pecados o crímenes de lesa personalidad, o aún peor, de lesa nacionalidad.

En el porvenir, y un porvenir muy próximo, por cierto, las guerras de naciones se convertirán en guerras de idiomas. Lucharán los lenguajes por la hegemonía mundial, y varias naciones se unirán en torno a un idioma para presentar batalla a los otros.

El idioma inglés, con sus doscientos millones de adictos, triunfa actualmente, y amenaza prosperar hasta límites incalculables. La lengua alemana sube como una marea, al compás del fecundo crecimiento de esa prolífica raza tudesca. Pero este nuestro lenguaje, antes glorioso, está destinado a superar todas las metas y todos los cálculos. Las numerosas naciones que lo hablan, cada una por su parte se esmerará en dilatarlo; allí sólo, en la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, promete dilatarse hasta pasmosas cantidades de millones. Será uno de los idiomas príncipes, uno de los grandes combatientes de esa guerra incruenta, pero formidable, del porvenir...

Todo, pues, cuanto hagamos por ennoblecer, robustecer y abrillantar esta arma fuerte que nos han dado, será obra que leguemos a nuestros hijos, méritos que hagamos para la gratitud de nuestros descendientes.

EL ESTILO DESMESURADO

ES singular el número de escritores exaltados que aparecen en América. A despecho de todas las censuras y de todos los silencios acusadores, continuamente brotan en aquellos climas poetas o prosistas que hablan en tono agudo, en la nota del do, como los tenores.

Se trata sin duda de una enfermedad. Hay poeta por aquellas calles que padece un verdadero delirio de persecución; otros sufren la manía de grandezas. Componen sus estrofas como si estuviesen frente a frente de la posteridad. Más que palabras, son gritos lo que pronuncian. Se creen entes geniales o providenciales que vienen al mundo a deshacer algún error descomunal. Se encaran con el público, lo apostrofan, hacen gestos de iluminado. Adoptan el papel de vengadores del pueblo unas veces, y su demagogia virulenta quiere fustigar no se sabe qué milenarias tiranías. Otras veces muéstranse investidos de un aristocraticismo bayroniano, y miran al mundo con un desdén que produce perplejidad.