¿Se habla bien o mal en la Argentina? ¿Se escribe bien o mal en Buenos Aires?...

Muchas veces he escuchado yo de labios argentinos palabras que me han ruborizado; ha sido cuando me han pedido excusas por destrozar el castellano. Y el ruborizarme yo tenía por causa la injusticia de la excusa. Porque mi oído, en las frecuentes peregrinaciones de mi vida, está habituado a escuchar toda clase de crímenes verbales, y sé, por experiencia, que el idioma, en todas las provincias del mundo por donde se ha extendido, es una víctima propiciatoria de la incorrecta ilustración de las gentes. Es decir, que en todas partes cuecen habas. Y necesito echar por delante la seguridad de que no es la Argentina el lugar del mundo hispano donde más habas se cuecen.

Es allí frecuente lamentarse, entre las personas distinguidas, de los solecismos en que incurre la gente del campo. Pero olvidan esas personas que en el corazón de España, en el centro de la misma Castilla, los pobres hombres de la plebe dicen dende en lugar de desde; vide por vi; vos sigo, en vez de os sigo. Ahora bien, en España se cuida la gente cultivada de incurrir en los defectos del vulgo, salvando esas incorrecciones que podrían llamarse elementales; mientras que en las tierras del Plata, no es raro oir de bocas cultas bandiar, en lugar de bandear; voltió, por volteó. Este defecto, sin duda, obedece a causas especiales; y es que hasta ayer mismo, como si dijéramos, la Argentina era un país rural, pastoril, en que los amos y ricos se confundían con los feudatarios, incurriendo en las mismas faenas y aventuras, y también en los mismos defectos.

La dicción argentina es agradable al oído. Es una manera de decir musical. Este musicalismo no existe en España, salvo en Andalucía y en Galicia. El castellano habla con tono unísono, sobriamente, sin darle a la frase demasiada flexión musical. Muchas veces una frase larga es enunciada sin flexión ninguna, de un solo aliento y casi en un mismo tono. A medida que se avanza hacia le Sur y hacia occidente, el lenguaje adquiere más variedad sonora; en Galicia la palabra tiende a convertirse en un canto mimoso y como afeminado, y los andaluces, indiscutiblemente, son los maestros en la música del lenguaje, al cual matizan con pintorescos incisos cromáticos.

De los andaluces tomaron los americanos su manera de hablar. La palabra es suave, tal vez demasiado suave para la boca de los hombres... La gente se explica bien, con método discursivo, sin balbuceos, expeditamente, y las palabras suelen ser correctas y distinguidas. Tan correctas y distinguidas, que el español, habituado a una conversación natural y modesta, se ve sorprendido en América ante palabras finas y poéticas, que tienen uso corriente sin embargo de parecer exclusivamente librescas.

Pero existe un defecto: la limitación. Primeramente tenemos la limitación de sonidos, y después la limitación de vocablos y giros verbales. En castellano están diferenciadas la zeda y la ese, la elle y la y griega, la y griega y la i latina. Todo el norte de España, el centro y el levante, mantienen pura esa diferenciación. Desde la latitud de Madrid comienzan a involucrarse, mejor dicho, a limitarse los sonidos; en la Mancha se acentúa el defecto, y llegando a Andalucía, el anarquismo es completo. Así, pues, la mitad del mundo que habla castellano se priva por su desgracia de varios matices de dicción. La zeda y la ese se confunden en un único sonido suave, un poco ceceoso y afeminado; la elle tiene sonido dental, lo mismo que la y griega, y el orador se ve confundido, embarazado, molesto por querer diferenciar los sonidos de las letras, sin lograrlo al fin, acaso porque el uso se encargó de atrofiar ciertos movimientos bucales.

La otra limitación es más grave, aunque más fácil de corregirse. Me refiero a la limitación de vocablos y giros verbales, al empobrecimiento del idioma, a la reducción de la zona del lenguaje. Un idioma es como un tesoro: delante de un tesoro, el avaro o el pacato reducen la actividad de las monedas, contentándose con el uso de unas pocas, las suficientes para sus breves necesidades; en tanto que el hombre enérgico y capaz pone en movimiento todas las monedas de su tesoro, llevando a extremos increíbles la irradiación de su voluntad.

Ahora bien, ¿me harán los lectores la merced de no incluirme entre los arcaistas y académicos?... La conservación del tesoro del idioma, no implica un compromiso de respeto cristalizado: el idioma tiene que ir marchando siempre, al compás de los años y las cosas. Pero debe ir marchando, y no estacionarse en el lugar común. ¡Cuántos escritores que se creen revolucionarios e iconoclastas, no hacen más que encastillarse en los lugares comunes, muy modernos y revolucionarios, pero al fin lugares comunes!

Es una desgracia que todo un pueblo, como por sufragio universal, decrete que la palabra lindo ha de expresar todo cuanto sea excelencia, y que ninguna otra palabra pueda tener circulación. La desgracia en este caso significa una pérdida de diez, quince, veinte palabras; y como cada palabra corresponde a un matiz de expresión, hemos suprimido de nuestro mundo perceptivo numerosos puntos de vista. Las cosas, entonces, ya no tienen para nosotros dimensión, superficie, profundidad; las cosas quedan exhaustas de eso que es tan inapreciable para el hombre culto: la graduación. Porque, bien mirado, lo que distingue al civilizado del salvaje, es una cuestión de grados. El salvaje procede como nosotros: habla, ríe, llora, piensa, guerrea, cultiva la tierra y fabrica objetos que cambia por otros objetos. Pero todo eso lo realiza gradualmente por debajo de lo que nosotros realizamos. De la misma manera, un salvaje toca una música bárbara en instrumentos groseros; de su música hasta la de Beethoven, median infinitas gradaciones. Habla, pero sus palabras son pocas, sintéticas; los mil matices de expresión se le escapan, porque no los percibe. Distingue el color negro del blanco, el blanco del verde, pero confunde el verde con el amarillo, el azul con el morado...

Si en Buenos Aires pasa una joven pizpireta y graciosa, la llaman linda; pero si pasa una hermosa y elegante mujer la llaman linda asimismo; y le dicen lindo a un soberbio palacio, y lindo a un patético discurso, y lindo a una acción heroica, y lindo a un campo espléndido. Limitar de tal modo el idioma, equivale a tirar voluntariamente un rico caudal. Es otro lamentable descuido usar las frases, los giros, las salutaciones, las formas arquitecturales del discurso que todo el mundo usa. Pierde con eso su variedad el lenguaje, y nos convertimos en autómatas parlantes.