El fenómeno en cuestión puede producir diversas interpretaciones falsas. A la mirada del europeo inteligente, un país que carezca de la fibra sentimental, del don de la queja, acaso aparecerá como incompleto, como demasiado simple y rudo. Otros deducirán una ausencia de emoción para el sufrimiento, quién sabe si una dureza de alma. Los más benévolos lo achacarán todo a la exclusión de la miseria y de la tragedia en la vida argentina. Todos sabemos, sin embargo, que el país no es insensible, ni absolutamente simple y rudo. En cuanto a la parte trágica, sabemos todos también cuán penosa se muestra la carrera de muchos hombres, y en los suburbios de Buenos Aires, en el corazón mismo de la soberbia ciudad, late un elemento de continua y sangradora tragedia.

Hay, es verdad, mucho de inconsciencia en el vivir argentino. Pero la causa principal de la falta de queja y de tristeza que se advierte en el país, está ahí, en esa renovación diaria de las muchedumbres intercontinentales. La tristeza es un mal que ataca a los pueblos inmóviles o viejos. La tristeza es como el musgo: necesita del silencio y de la quietud. Al individuo pasivo y perezoso, lo que primeramente le acomete es la conciencia de su fragilidad y la correlación de esa conciencia es el disgusto, la melancolía, la tristeza. Todo lo que está quieto, es triste. Un paisaje inmóvil nos induce a la melancolía, desde los árboles que aparentan meditar, hasta el sonsoneo agorero y supersticioso del aire y de las aguas; mientras que si la tempestad agita el paisaje, entonces salta la impresión airada y dramática, que nada tiene que ver con la tristeza. Y no trato aquí de discernir qué emoción sea la mejor y la más pura: en cuestiones de emoción, cada uno tenemos nuestra conformación espiritual determinada, que nos hace gustar fatalmente una, sin que esto arguya excelencia. Que a mí me solite mejor un paisaje profundo y quieto, no quiere decir que niegue a los demás el derecho a los encantos de la naturaleza vibrante y apasionada.

En tanto que la marea intercontinental inunde al país, en un flujo y reflujo acelerado, la Argentina no sentirá deseos de quejarse ni entristecerse. Su actividad y su renovación no le dan tiempo al reconcentramiento sentimental. La actividad nunca es triste. Algunos aseguran que tampoco es filosófica. Otros se aventuran a decir que no puede ser poética. Pero todo esto nace de los infinitos prejuicios de que nos rodeamos. Porque Leopardi era un espíritu inactivo que vivía a la luz de la luna, y porque Kant se anegaba en la inmensidad de sus libros, juzgamos que el pensamiento filosófico y la poesía han de vivir en la soledad, la pereza y un aristocrático aislamiento. Pero hubo en Grecia muchos filósofos que nos enseñaron a ser transhumantes y a ir rodando de pueblo en pueblo, para conocer, comparar y, sobre todo, vivir. Otros poetas nos enseñan también a crear poesía entre el rodar de los acontecimientos y la lucha de las cosas.

Allá en el norte de aquel continente americano vivió Walt Wiltman, hombre-poeta entre los poetas, el cual creyó dignas de sus cantos las cosas más vulgares, como el hervor de las calles, los gritos de la muchedumbre, el paso de la civilización excitada. Su canto de los pioneers es la nota más entusiasta que se ha escrito sobre la marcha de los pobladores a través de las tierras y los bosques vírgenes.

Es preciso advertir también otra causa, para explicarnos la falta de queja en la vida argentina. Es que la parte mayor de la población urbana, aquella que podía, por su condición apurada, contribuir al lamento público, es una masa de luchadores voluntarios. Cada uno de esos luchadores ha llegado por su propia cuenta, libremente, llamado por la ambición. ¿A quién ha de quejarse ese luchador si encuentra el fracaso en la lucha?... Además, el orgullo pone una parte importante en el problema. Cada luchador, cuando se ha lanzado a la mar en busca del vellocino de oro, concierta con sus compatriotas una especie de compromiso moral; sale de la patria dispuesto a vencer, y nada más que en el hecho de partir hay una confesión de la propia seguridad en el triunfo. Pero no haya temor de que se queje: su orgullo le cerrará los labios, y el que más vencido se vea caerá silenciosamente hasta los últimos peldaños, hasta el atorrantismo. Por eso el atorrante argentino tiene ese aire callado, humilde y, en el fondo, orgulloso.

Falta de queja, horror a la lamentación, silencioso orgullo para caer, ¡ojalá que dure muchos años todavía en aquella tierra nueva y alentada! Que la manía de imitación no implante allí los procedimientos de otros países. Que una sociedad desocupada y femenina, o afeminada, por satisfacer ambiciones de aristocraticismo, no cultive la costumbre de las asociaciones limosneras. Que no cunda el hábito de los aspavientos, de las suscripciones, de los repartos piadosos, de las listas de donantes, de las protestas aflictivas. Todo esto lo dice quien está asqueado de ver en su patria cómo se pudre el sentimiento de la dignidad humana y cómo se lanza a la ruina emocional una nación entera, confundiendo la idea de piedad con la de la limosna, y legitimando, en fin, la mendicidad. Cuando se legitima el derecho al pordioseo, todo, en las sociedades débiles, conviértese en triste y deshonroso. El obrero nos ofrecerá sus servicios llorando, evocando el hambre de sus hijos; el muchacho que nos brinda un periódico, insistirá para que se lo compremos, alegando la enfermedad de su madre moribunda. Y entonces intervendrá la mentira y se inventarán desgracias para producir compasión. Y una vez que haya desaparecido el sentimiento de la dignidad, todo quedará disuelto, y las personas carecerán de su riqueza principal, que es el hueso medular: ese hueso fiero y resistente que nos hace mantenernos rígidos, sin doblarnos, ni aun en el momento de caer rendidos. La tensión medular—aceptadme el simbolismo—es la esencial riqueza que han de poseer los hombres, los pueblos.

ESTETICA DE LA PALABRA

ES indudable que una culta y armoniosa emisión de la voz proporciona a las personas la más eficaz cédula de tránsito social.

El hombre que habla bien se apodera desde el primer momento de nuestra simpatía, y tiene conquistadas ya gran parte de las cosas que solicita, si es que llega en tren de solicitar; en cuanto a la mujer, un lenguaje limpio y musical es en ella arma insuperable.

Si el lenguaje hablado sirve para graduar la delicadeza y cultura de una sociedad, el lenguaje escrito es la exposición íntima que presenta todo un pueblo. No es necesario más que hojear la prensa de un país, para descubrir su temperatura cultural. Cuando un pueblo se encomienda, excesivamente, a la lucha brutal por el dinero, su lenguaje escrito tiene un no sé qué de descuidado y grosero; en otros pueblos donde la lucha económica se equilibra con la otra lucha de las ideas, las hojas diarias aparecen mejor cuidadas, como si hubiera una sanción pública y anónima que las investigase. Dentro de una misma nación, se distingue la prensa de las ciudades exclusivamente comerciales, de aquella otra prensa de las ciudades que alberga colegios, academias, centros intelectuales. Y dentro de una misma ciudad, se distinguen a su vez los periódicos cuyo espíritu es comercial y los otros, los que persiguen algún fin educacionista o mantienen una tradición de cultura. Allí, en Buenos Aires, hay ejemplos de esa disparidad. Mejor dicho, Buenos Aires viene a ser una especie de museo periodístico, donde se leen hojas que parecen escritas e impresas por rusos o italianos, y otras hojas en que se cuida la dicción de un modo impecable y castizo, haciéndose las correcciones con angustiosa prolijidad.