[38.] Malón. Turba de indios armados que irrumpen en los pueblos para matar y robar.

[39.] Obraje. Nombre de las grandes explotaciones de madera en los bosques del Chaco, del Paraguay y de las Misiones.

[40.] Peludo. Mamífero de la Argentina.

[41.] Tranca. Borrachera.

ESTOICISMO CRIOLLO

CUANDO terribles inundaciones asolaron una buena parte de los suburbios de Buenos Aires, un fenómeno inusitado atrajo mi atención: el escaso clamoreo y la brevedad de las lamentaciones. Hubo allí innumerables horrores; destrucción de casas, barriadas hundidas, familias sin hogar, heridos y muertos. Con la mitad de tanta desolación, en muchos países hubieran tenido tema para largas declamaciones sentimentales. Allí el suceso produjo repentina emoción, se acudió con los remedios más a mano, y todo pasó en seguida al olvido.

Deberé insistir en la característica fatalista y estoica del criollismo. En el curso del texto hemos observado cómo la queja forma el leit motiv del “Martín Fierro”, y cómo esa queja tiene un carácter tan resignado y tal dejo de fatalismo. A fuerza de ser estoica, la queja criolla pierde su aguda irritabilidad y pasa a convertirse en una manera de conformismo cuya raíz, sin duda, habrá que buscarla en la naturaleza india.

Con el vaivén de las inmigraciones y la lucha por la riqueza, el estoicismo indígena ha encontrado un refuerzo, y en las ciudades tumultuosas del litoral, como Buenos Aires, el lamento no encuentra ambiente favorable.

Esta especie de atonía quejumbrosa se advierte en los periódicos, que nunca insertan informaciones deprimentes; se observa en los gobernantes, que alardean de una tónica confianza; en fin, cada ciudadano argentino se convierte en un propagandista del optimismo nacional. El acento fatigado y lastimero está mal visto allí, y la gente suele desconfiar y apartarse de quien se muestra decaído, sin aliento ni ilusión. En el campo y en las poblaciones del interior queda siempre un eco de la poesía y la música indígenas, melancólicas y extrañas.

Tan fuerte es esta característica, que hiere desde el primer momento la curiosidad del extranjero, y aun aquel que por su condición de humildad intelectual se encuentra imposibilitado de explicarse los fenómenos morales, siente y percibe con fuerza ese caso psicológico argentino. Y quién sabe, al fin, si esa misma atonía quejumbrosa es uno de los atractivos más fuertes que tiene el país, para llamar y retener a los desvalidos del mundo, a aquellos que vienen precisamente de las regiones más tristes y quejumbrosas, a los cansados de oir el gemido de la multitud hambrienta, o sucia, o tiranizada.