Cuando Pizarro alza pendón en Panamá y hace la recluta de sus mesnadas, verdaderamente está calcando al Cid en su ataque y conquista de Valencia.
«Quien quiere perder cuenta e venir a rritad,
viniese a «Mío Cid» que ha sabor de cabalgar.
Cercar quiere a Valencia para cristianos la dar.
Al sabor de la ganancia non lo quieren detardar;
grandes yentes se le acogen de la buena cristiandad...»
Allí veremos a Pizarro gozoso de haber entrado en las puertas del Perú y sorprendido ante las primeras riquezas que apresan sus manos. Lo primero que decide es un acto de política y de fidelidad: aparta el quinto del botín y corre a llevárselo a su rey. No de otro modo el Cid, cinco siglos antes, encargó a Minaya.
«Enviar vos quiero a Castiella con mandado
desta batalla que habemos arrancado;
al rey Alfonso que me ha airado
quiérol enviar en don treinta cavallos,
todos con siellas e muy bien enfrenados,
señas espadas de los arzones colgando.»
Vemos después a Pizarro llegar hasta el remoto Cuzco, domar los ejércitos enemigos y posesionarse del extraño país maravilloso. Le vemos reunir las riquezas de los incas y hacer las particiones entre sus gentes, dando al caballero y al peón su parte equitativa, de manera que aquellos temerarios aventureros se hicieron todos ricos en un instante. También en este caso parece que el episodio y los mismos detalles hubieran sido calcados del poema del Cid.
Así en la batalla contra el conde de Barcelona, vencido éste y librado del cautiverio por la bondad del caudillo castellano,
«...tornós el de Bivar,
junto con sus mesnadas, compesós de alegrar
de la ganancia que han fecha maravillosa e grand;
tan ricos son los sos, que no saben qué se han...»
Pasa por todo el poema de Mío Cid un aire de aventura y de conquista, de esperanza y de botín, de largas caminatas por territorios extranjeros, y este aire heroico-adquisitivo es como el preludio de la gran aventura de las Indias. En tal sentido, el Cid es un precursor de los conquistadores o, mejor todavía, el primer conquistador.
Se dirá que la guerra era igual en sus formas y en sus fines durante los siglos medioevales. Marchar contra el enemigo, vencerlo, esclavizarlo y apresar inmediatamente el botín; tal era, en efecto, el sentido y la moral de las guerras en la Edad Media. Pero por encima de las formas usuales o universales, las mesnadas del Cid se reservan una originalidad. Desde luego ellas operan sobre un adversario infiel y perverso, como es el moro, el cual, por añadidura, está ocupando un territorio que, justamente, no le pertenece. Por tanto, ir contra el moro no es lo mismo que hacer la guerra a un rey o estado de cualquier otro país de Europa. El héroe español hace sus campañas sobre un país tres veces enemigo: enemigo como infiel, como usurpador del territorio y como adversario formal.
El Cid, además, no es un conde ni un rey que desea extender sus estados o vengarse de un vecino poderoso; simplemente es un hidalgo fornido y valiente, apto y capaz, verdadero ejemplar del caudillo que recluta sus hombres y va a la buenaventura, a conquistar tierras y ciudades, a vencer reyes y ensanchar el cristianismo. Ni siquiera le ayuda el rey; hasta rompe los vínculos legales que le atan al rey, puesto que está desterrado. Solo con sus fuerzas, aislado en el mundo, fiando en su capacidad, marcha por la tierra adelante a conquistar ciudades y lograr la riqueza, el poder y la gloria... Este tipo de conquistador es único en Europa; y es tan español, que los conquistadores de América no hacen más que reproducirlo y calcarlo.