Hay en el Cid un tono de aventura a la española que parece un anticipo o un presagio de lo que más tarde habría de ocurrir en América. El aventurero de Vivar, por virtud del incomparable verismo del espíritu estético español, no pretende nunca engañar a sus hombres con entelequias ni fantasías literarias; les habla el lenguaje de la verdad, con un acento masculino y heroico tan lleno de humana emoción. Y la verdad para sus hombres de hierro no puede dispersarse en vanas quimeras; se trata de ganar botín, de cobrar honra y de expulsar a los infieles.
Esta trinidad de propósitos práctico-idealistas está asistida constantemente por un sentido de conmovedora fraternidad, que después habrán de reproducir los conquistadores de América haciéndose, el capitán y los soldados, camaradas a quienes une entre sí tanto el amor como la ambición. El Cid trata a sus soldados como a hijos, los protege y guía, los ama de todo corazón, al modo que después los aventureros de Indias no escucharán de sus jefes ninguna altivez, ningún ultraje, ni le acusarán de abusos. Fraternalmente se repartirán los tesoros, como hermanos de peligro y de fortuna que en efecto son.
¿Pero qué hay, además, en el Cid de distinto, de íntimamente español, de presagio americano? Sin duda es aquel vuelo y fuga mística que cobra en la epopeya de Indias su mayor significación, y que en el poema de Mío Cid ya estaba expresado. Poco antes de marchar contra las tierras de moros, que son vasallos del conde de Barcelona, el Cid cree necesario hablar a sus gentes, y al efecto les da con pocas palabras una especie de sistema o filosofía del heroísmo, del aventurero, del conquistador.
«Ya caballeros decir vos he la verdad:
qui en un logar mora siempre, lo so puede menguar.»
¡Aquí está, sin duda, el principio y la definición de la historia de España! «Quien mora siempre en un lugar, lo suyo, lo que posee, puede disminuirse...» ¿No es ésta una verdadera filosofía del progreso, que estima, en contra del sentido quietista y parsimonioso, necesario cambiar, osar, variar y decidirse? ¿Pero no reside en esas rudas palabras un presentimiento de la acción española, impetuosamente lanzada hacia una ambición de dominio y de gloria?
El poeta de Mío Cid añade en seguida:
«Cras a la mañana pensemos cabalgar,
dexat estas posadas e iremos adelant...»
Es decir: «Puesto que mañana nos manda el destino que sigamos la ventura, dejad estas posadas o lugares deliciosos donde hemos triunfado y gozado, y marcharemos adelante...» ¡Oh, sublime y transcendental palabra adelante, que al oído del soldado suena como la voz de un deber sobrehumano, como la voz de la raza, como el imperativo de la Historia! ¡Dejad estas posadas y seguid adelante! ¡Tierras adentro, hasta la mar, hasta más allá del mar, más adelante, siempre adelante!
Al finalizar la Edad Media, a causa de la tradición del Cid y de las conquistas en tierras de moros, estaban acaso los españoles en una posición particular respecto a los otros europeos; me atreveré a decir que los españoles eran los europeos que más sinceramente sentían y practicaban la caballería. Los libros de caballería, por tanto, tenían en España una realidad de cosa viviente. ¿No podría explicarnos esto la actitud de Cervantes, que reserva su mejor talento para escribir el Quijote, acerba condenación de la caballería? Ningún otro país europeo necesitó la cura genial de un libro extraordinario para una dolencia que, en efecto, sólo en España adquiría gravedad.
El quijotismo estaba en el aire y producía los consiguientes daños. La leyenda del Cid, conquistador de ciudades y opresor de reyes, venía corroborada por las continuas empresas contra los moros y por la última romántica empresa de la toma de Granada. Los libros de caballería no eran, pues, vagamente fantásticos para los españoles. Pero mientras la gente leía las absurdas hazañas de aquellos libros, ¿no estaban realizando otros españoles las absurdas, las maravillosas empresas de Méjico y del Perú?