Cervantes asumió en este caso la voz de la mediocridad prudente y criticista, moralizadora y tímida; se hizo abogado del filisteo; combatió la caballería y todo el trastorno imaginativo y social que comporta el espíritu de aventura. Sin duda estaba ya muy viejo. A los veinte años él mismo hubiera cantado la caballería, puesto que él la practicó en Lepanto. Pero había fracasado como aventurero, y toda su vida era ya un fracaso.
Sentíase viejo y tomó el partido de los negadores, de los pesimistas, de los críticos, de los prudentes y los filisteos; de todas las gentes sesudas y sedentarias que condenan lo extremoso y lo aventurero. Los espíritus sensatos y tímidos de España, los tenderos y los bachilleres, debían lamentar mucho que el Cid y los conquistadores y los aventureros no fuesen encerrados bajo tres vueltas de llave. Por último, encontraron su agente en la pluma de Cervantes. ¡Y así recibió España, como compensación a la pérdida del idealismo aventurero, la indemnización del Quijote!
CAPÍTULO VII
LA CODICIA
SE ha querido reducir el mérito de la conquista de América con la alegación de que los españoles únicamente perseguían el oro.
Hay dos maneras de afrontar la grandeza de los hechos y de las almas. Y es bien cierto que para un espíritu noble que ama lo sublime, los actos memorables se presentan revestidos de un aura magnífica, y se esmera en mirar en ellos las esencias ideales por las que el hombre adquiere cada día mayor beneficio de nobleza, de cultura y de elevación moral. Este modo de considerar el heroísmo y los grandes hechos heroicos, requiere, es verdad, que el alma se halle propensa al heroísmo y contenga en algún grado la aptitud ideal.
Por el contrario, un espíritu descontento y que ama el ras de la tierra, cualquier acto extraordinario lo mirará prolijamente, avaramente, con el sentido de la justicia y de la verdad que puede tener un administrador o cajero de oficina bancaria. Sometido a este régimen de regateo, ningún acto memorable resiste la comprobación. El espíritu pequeño estudia los detalles, suma los gastos, toma nota de las muertes y daños causados, descubre la paga que se cobró el héroe, y el acto sublime se disuelve en tierra y en prosa. Es el caso de las famosas «cuentas» del Gran Capitán, y sin duda el conquistador de Nápoles hubo de verse en gran apuro cuando la administración avara le pidiera nota de los «gastos». El Gran Capitán sabía vencer a los caballeros franceses y deslumbrar a Europa con sus hazañas; no sabía, sin embargo, justificar sus cuentas... y lo cargó todo, conquistas y hazañas y glorias, al capítulo de «picos, palas y azadones».
Si un espíritu pequeño pone su trabajo en desmenuzar la obra de las Cruzadas, fácil le habrá de ser descubrir un número exorbitante de soldados, caballeros y señores que iban a Oriente con el propósito de ganar tierras o cobrar un rico botín; otros iban a ganar el perdón de sus pecados, con lo que negociaban el rescate del infierno. ¡Sería tan posible descubrir el interés hasta en la vida de los mayores mártires!
Pero en el sitio donde bullen y se enroscan los sentimientos bajos o mezquinos, vuelan y se remontan las ideas y los propósitos sublimes; y junto con la marinería y soldadesca que embarcaba a las Cruzadas, allí iban también los príncipes y los monjes y los mancebos que perseguían la ideal ambición de conquistar el Santo Sepulcro. Y entre la misma ruda soldadesca, brillando entre la grosería de los propósitos de la soldadesca, ¿acaso no relucía allí mismo, en aquellos espíritus humildes, la llama oculta del ideal? El último soldado, que no vacila en matar, violar y saquear, tiene sus treguas íntimas, sus momentos graves, en que triunfa la conciencia, y entonces está presto a perder todo su botín de concupiscencia por defender a su jefe, a su Dios, a su bandera.