Entre la turba de soldados y marineros, sobre las solicitaciones de la multitud que marcha a la procura del oro, allí Hernán Cortés levanta la mira de sus sueños, y no es el oro lo que más le importa, sino la gloria. Por la gloria van otros muchos conquistadores. Por servir al rey, por orgullo de conquistar, por el anhelo patriótico de ensanchar todavía más la grandeza de España. Y casi todos los conquistadores, en efecto, mueren en América, muchos de ellos pobres, y trabajando hasta el fin en la perfección de su obra. Vasco Núñez de Balboa se ocupaba en componer su precaria vivienda, cuando lo detienen para ajusticiarlo. Francisco Pizarro se enorgullecía de su ciudad de los Reyes, que él mismo trazara, y en ella pereció peleando espada en mano, porque ni de viejo ni para morir tuvo reposo.

La codicia es uno de los primeros y más grandes conductores de la actividad humana. La codicia estaba también entonces allí, en la obra de América, ocupando los puestos avanzados.

Antes de que América surgiese a la mirada del europeo, su ensueño, su posibilidad o su destino estaban impregnados de codicia. Las tierras de Catay, los mares de perlas, los imperios rebosantes de oro, todo eso había impregnado la imaginación de Europa a través de los relatos hiperbólicos de los viajeros venecianos. Los españoles iban a América bajo la impresión de ese suelo áureo. Y esta idea de la riqueza americana, que ha durado cuatro siglos y que ahora mismo no pierde su sabor de quimera y de milagro, los primeros expedicionarios la llevaban en sus almas, naturalmente propensas a la hipérbole y a la superstición milagrosa.

La superstición de la riqueza súbita y fastuosa era tan viva, que a veces, entre episodios trágicos, da ocasión a incidentes grotescos y graciosos. Los pobres soldados veían por todas partes brillar montañas de oro, y lo mismo que al alma simple le aparecen fantasmas divinas en cualquier pliegue de las nubes, a ellos les aparecían fantasmas de oro y de perlas.

Pasando por una aldea de indios, los soldados de Cortés observan unas hachas doradas que portan algunos habitantes, y creen que son de oro bajo. Las cambian por bujerías y cuentas de cristales, o las roban, sencillamente. Las hachas doradas menudean, y los indios traen muchas, viendo que tanto les agradaban a los cristianos; y cuando los cristianos se van y toda la tropa de peones y marineros anda preocupada en esconder aquel botín de la vigilancia del general... ¡se descubre que no son de oro bajo las hachas, sino de bronce! Y la tropa suelta la carcajada, riéndose de su propio fracaso.

Otra vez, «Vueltos a embarcar, siguiendo la costa adelante, desde a dos días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Aguayaluco, y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los indios que las traían iban haciendo grandes movimientos por el arenal...»

Otro día salen las gentes de Cortés hacia el pueblo de Cempoalla, a invitación del cacique, y atraviesan un espléndido país cubierto de vegas, prados, bosques, palmeras, lleno de frescos arroyos, poblado de aves bonitas, alegre como un pensil tropical. Los cansados y pobres conquistadores penetran en la ciudad y son recibidos con flores y vítores. De pronto, unos soldados de a caballo que iban en avanzada vuelven temblando de emoción: ¡habían visto las casas chapeadas de plata!... Después se descubrió que era un barniz o pintura brillante que cubría las paredes de las chozas. Y otra vez la tropa rompió a reir a carcajadas.

Y una vez que un indio, emisario de Moctezuma, se fijó en el yelmo de un soldado, con ingenuidad de primitivo lo tomó, le hizo gracia, y suplicó al soldado que se lo cediera; quería llevárselo al emperador como objeto de curiosidad. Entonces el soldado, con una sorna muy de soldado, dijo que bueno, que se lo llevase a Moctezuma... ¡y que volviese el yelmo lleno de oro! En efecto, volvió el casco marcial todo henchido de oro hasta los bordes.

¡Ah, cómo encendían estas cosas la brasa impaciente de aquellos soldados! ¡Cómo se avivaba su imaginación y se afianzaban sus corazones! ¡Qué país tan imaginativo, fantástico, estupefaciente, aquel país en que las maravillas saltaban a cualquier hora, y en que las emociones variaban con bruscos golpes, desde el terror a la gloria, desde el hambre a la hartura, desde la miseria y el descalabro a la opulencia!

¡Y aquel desgraciado Moctezuma, cómo pretendía que se marchase Cortés, si le ofrecía el espectáculo de un imperio pasmoso con cuya conquista ganaría más honra y lustre que todos los capitanes de España! ¡Cómo presumía que los soldados se fuesen de Méjico otra vez a su patria, si les anteponía la tentación de los regalos de oro!