Los emisarios de Moctezuma traen a los españoles ricos presentes. Traen sobre todo dos planchas «tan grandes como ruedas de carro», una de oro y otra de plata. Y repiten a los españoles «que se marchen del país...» ¡Cómo podían marcharse! ¡Qué corazón valiente se hubiera marchado! Van, al contrario, adelante, y se meten en una aventura espantosa que les acarreará batallas terribles, derrotas tristísimas, trabajos y mortaldades sin ejemplo.

La leyenda y superstición del oro hallaban de repente un sitio exacto en la realidad, y los mismos ensueños podían ser alguna vez superados. Así la tropa de Francisco Pizarro, cuando en Caxamalca se repartió el rescate del Inca, se encontró toda ella rica, pero rica de veras, rica en buenos lingotes de oro y de plata. Aquella distribución de botín es el hecho militar más inaudito, más único de la Historia. Tiene de particular que es un hecho confrontado, corroborado por los cronistas, presidido por el general, anotado por los magistrados, con nota de los nombres y cantidades.

«De todo lo demás—dice Francisco de Je——, sacado el quinto real y los derechos del fundidor, repartió el gobernador entre todos los conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo a ocho mil y ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta y dos marcos de plata, y los de pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta pesos de oro y a ciento y ochenta y un marcos de plata...» El dinero valía entonces dos o tres veces más que hoy.

¡Todos ricos, repentinamente ricos!... Aquella noticia debió de correr, paulatinamente agrandándose, a través del continente y de las islas, por España entera, por Europa. Y el nombre del Perú se hizo sinónimo de riqueza. Y la enfermedad o el ensueño de América arraigó para siempre en las imaginaciones europeas. Y de ese ensueño, de esa codicia de que se impregnó el nombre de América, salieron las emigraciones que han hecho próspero al Nuevo Mundo.

Y cuenta en seguida el mismo Francisco de Jerez que «Muchas cosas había que decir de los crecidos precios a que se han vendido todas las cosas, y de lo poco en que era tenido el oro y la plata. La cosa llegó a que si uno debía a otro algo, le daba de un pedazo de oro a bulto, sin lo pesar, y aunque le diese el doble de lo que le debía, no se le daba nada, y de casa en casa andan los que debían, con un indio cargado de oro, buscando a los acreedores...»

Sí, seguramente; los pobres soldados no serían ricos mucho tiempo. Siempre ha seguido el mercader al soldado, y siempre el mercader se alzó con los gajes de toda empresa heroica.

CAPÍTULO VIII
LAS RIQUEZAS

LOS embajadores de Venecia en España, en su misión de espionaje comercial, todos comienzan lo mismo sus informes cuando descargan sus pesquisas al Senado: de las Indias no se puede saber la verdad, no se sabe de cierto nada...