Una atmósfera de hipérbole, en efecto, envolvía al continente americano, y para que los datos verosímiles faltaran todavía más, quería la suerte que los navegantes, conquistadores y mercaderes desembarcasen en Sevilla, con lo que el natural vuelo imaginativo de los andaluces empeoraba aquel proceso de fantasías.

Pero es innecesario recurrir a la imaginación andaluza. Toda Europa, en aquel tiempo, era propensa a la hipérbole, a la leyenda y a la superstición. Y estando la sociedad tan preparada a las fugas imaginativas, y en un momento histórico en que los libros de caballería pasaban de mano en mano, he ahí que repentinamente realizaban unos hombres de carne y hueso cuantas proezas y aventuras inventaron los noveladores. Se abría, pues, a las mentes estupefactas de los europeos aquel país inaudito, maravilloso, que rezumaba néctar de frutas tropicales y que extendía generosamente montes de joyas y auténticas maravillas de oro.

En la Edad Media había padecido Europa una especie de rigor ascético, impuesto primeramente por la disciplina cristiana, y luego, con más motivo, por el aislamiento geográfico a que se condenó desde la caída del Imperio de los Césares. Europa vivía de sus recursos, propios de los climas fríos y templados; los frutos bellos y dulces, incitantes y olorosos, todo lo que la zona tórrida tiene de rico, muelle y lujuriante, estaba en poder de los infieles. Las vías de Oriente hallábanse en manos de los sarracenos, y las vías del mar oceánico quedaban cercadas por el terror. En forma precaria y con un coste fabuloso, el acceso a Oriente y a los frutos tropicales hacíase por intermedio de las Repúblicas italianas, con lo que ciertas delicias orientales solamente podían gustarlas los príncipes y los señores.

Y ved ahí que repentinamente llegan a Europa las especies picantes, los sabrosos frutos, las cosas más ricas y bellas... Los conquistadores vuelven a España y se entretienen en la ponderación de unas tierras donde sin esfuerzo nacen las plantas benéficas. Pronto corre entre el vulgo, mixtificada con un poco de sorna, la quimera de Jauja, aquel país de cielo radiante, aquella tierra sin lluvias, y no obstante frondosa; aquel edén donde el oro salta a la mano y donde no es preciso trabajar para ser feliz... Sin embargo, el paraíso de Jauja era cierto.

Los que volvían de América hablaban de unas islas exhuberantes, frondosas como canastillos de flores, circuídas por un mar de profundo azul. Referían la variedad de los frutos nunca vistos: maíz, patata, boniato, cazabe. Y después, ¡qué viciosa y divina tentación en aquella existencia de prodigio! El azúcar manando de los alambiques; la exquisita molicie del café; el tónico y excitante chocolate; la pasión del tabaco, saboreado por primera vez en las veladas del campamento... La coca, la pimienta, la vainilla, la canela, ¡todas las delicias tórridas se les brindaban a los exploradores, y el último soldado se transformaba en un opulento señor nada más que por la opción de tanta molicie!

Estos ricos frutos encantados producían a veces la misma sugestión que el oro en los conquistadores. La busca de un árbol maravilloso daba también lugar a aventuras caballerescas, en que se arriesgaban los campeones por deshacer el encantamiento o esclavitud de un simple arbusto.

Así es como a los españoles del Perú llegó la noticia de un país remoto, el país de la canela, que estaba más allá de las montañas y los ríos, y que sin duda era preciso descubrir y conquistar. Y al señuelo de aquella maravilla, Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador, pidió venia para desencantar al árbol de la canela, y reunió más de quinientos compañeros, con los que partió de la ciudad de Quito hacia el Oriente.

¡Qué de trabajos, guerras y peripecias soportaron aquellos héroes del nuevo vellocino! Tribus hostiles, comarcas desiertas, serranías heladas y pantanos tropicales; pero hallaron, efectivamente, el país de la canela, y pudieron regocijarse ante el árbol prodigioso que generosamente otorga el fruto excitante. Entonces fué cuando la expedición, impulsada por el sabor de los prodigios, se lanzó en busca de nuevas maravillas a través de las selvas espantosas. La fantasía y el gusto de lo maravilloso los empujaba por aquellos parajes mortíferos e imposibles de abarcar. Descienden por la ribera del Amazonas y se ven constreñidos a armar un bergantín; hacen hornos de fundición y emplean las herraduras de los caballos para hacer clavos; en lugar de estopa usan el paño de sus mismos trajes harapientos; la brea la sustituyen con el caucho. Y cuando el bergantín, llevando un buen grupo de gente, navega por el Amazonas, su capitán, Orellana, se alza y revela, y descendiendo hasta el mar toma la vuelta de España.

Quedan Gonzalo Pizarro y sus compañeros abandonados en aquella inmensidad. Deciden tornar a Quito. Las ropas ya no existen, los caballos y los perros se los han comido, las espadas carecen de vaina y están enmohecidas. Muchos de los hombres se arriman a un árbol y mueren allí de inanición... Ya llegan por fin a la proximidad de Quito; ya han enviado mensajeros a la ciudad.

«Y así recibieron el socorro y comida en la tierra de Quito; besaron la tierra, dando gracias a Dios que los había escapado de tan grandes peligros y trabajos; y entraban con tanto deseo en los mantenimientos, que fué necesario ponerles tasa, hasta que poco a poco fuesen habituando los estómagos a tener qué digerir. Y Gonzalo Pizarro y sus capitanes, viendo que en los caballos y ropas que les habían traído no había más que para los capitanes, no quisieron mudar traje ni subir a caballo, por guardar en todo igualdad, como buenos soldados.» (Agustín de Zárate, Historia del Perú.)