Las expediciones no terminaban siempre con felicidad, seguramente. Estaban los españoles propensos a la fantasía y a la locura, y una vez era la tierra de la Florida la quimera que les llevaba al desastre, o el sueño del Dorado ocasionaba exploraciones febriles y catastróficas por territorios inaccesibles. La conquista del país de la canela ya hemos visto cuán duros sufrimientos acarreó a los visionarios que salieron de Quito. Pero el árbol prodigioso estaba al fin desencantado.

En cuanto a las riquezas metálicas que ingresaban por Sevilla, los embajadores venecianos tenían razón: no se sabía nada de verdad. Lo cierto es que el oro, la plata y las perlas venían en flotas desiguales, y para la modestia de aquellos tiempos debían ser preciosos gajes con que el tesoro real se aliviara y los pueblos y provincias se enriquecieran.

Mr. Haebler investiga en el Archivo de Indias y deduce que en 1514 entraron 27.089.165 maravedises, o sean 199.185 pesetas. Esto ocurría antes de lo de Méjico y Perú. En 1551, estando las minas en explotación, entran 459.941.187 maravedises, que hacen 3.381.920 pesetas, las cuales, trasferidas al valor actual de la moneda, serían 10.145.760 pesetas.

En el año 1516 hay una cifra mínima para el Tesoro, correspondiente de los impuestos y quintos reales: 13.148.222 maravedises. La cifra máxima corresponde al año 1554, y es: 522.426.216 maravedises.

Dentro de su zona de dudas, los embajadores venecianos ensayan algunos cálculos, y el señor Nicolo Tiépolo asigna al Tesoro una renta de Indias de 150.000 ducados anuales, en tanto que Mariano Cavalli, diez y nueve años después (1551), hace subir la renta a 400.000 ducados.

Francisco de Jerez, el cronista del Perú, nos proporcionará nuevos y minuciosos datos. Cuenta este testigo cómo algunos compañeros de Francisco Pizarro pudieron licenciarse y volver a España; el conquistador les otorgó permiso, y pronto las márgenes del Guadalquivir comenzaron a recibir nuevas positivas de la fortuna del Perú.

«Nuestro señor los trujo a Sevilla—dice Francisco de Jerez—, adonde hasta ahora son venidas cuatro naos, las cuales trujeron la siguiente cantidad de oro y plata.»

En la primera nao venía su capitán Cristóbal de Mena con 8.000 pesos de oro y 950 marcos de plata; venían también el clérigo Juan de Sosa, con 6.000 pesos de oro y 80 marcos de plata; además, otros pasajeros de esta misma nave traían 38.946 pesos de oro. La segunda nao conducía a Hernando Pizarro, hermano del conquistador; traía para el rey 153.000 pesos de oro y 5.048 marcos de plata, y entre los pasajeros reunían 310.000 pesos de oro y 13.500 marcos de plata. En esta misma nave venían para el rey muchas joyas y grandes figuras de oro y plata como ídolos, vasijas, ornamentos.

«Este tesoro fué descargado en el muelle y llevado a la casa de contratación, las vasijas a cargas, y lo restante en veintisiete cajas, que un par de bueyes llevaban dos cajas en una carreta.»

Las otras dos naos a que se refiere Jerez trajeron 146.518 pesos de oro y 30.511 marcos de plata.