Nada mas raro, mas único en su estructura que esa ciudad, tan llena de monumentos y recuerdos como vacía de industria y de vitalidad moderna. Como en España no se viaja por buscar ciudades, fábricas y campiñas de estilo moderno, sino por estudiar un país de condiciones especialísimas, Toledo encanta al viajero que la visita, apesar do las detestables incomodidades que hacen allí desagradable la vida. Perdido en un laberinto de callejuelas y vericuetos, aunque llevaba un guia, vagué durante dos horas buscando alojamiento en la ciudad. Ya desesperaba de hallar un rincon donde ajustar mi persona, despues de pedirlo en diez ó doce fondas ó posadas mas ó ménos ostensibles, cuando la casualidad me permitió dar con una posada improvisada, decente para el caso, pero que exigia conformidad. Toledo tenia en esos dias cuatro ó cinco mil huéspedes; y aunque la ciudad, que solo cuenta 17,275 habitantes, puede contener materialmente en sus casas el doble, carece de recursos y comodidades para alojar bien á doscientos huéspedes. Toledo es, por excelencia, el resúmen de la vieja España. Hagamos su descripcion.

Una inmensa roca ó pequeña montaña en forma de península se levanta de un modo abrupto y severo sobre la márgen derecha del Tajo, cuyo angosto valle queda interrumpido al pié de la ciudad, al sur. Altas colinas graníticas se alzan en un cordon semicircular del oriente al sur, rodeando por esos lados á Toledo. Al noroeste se desprende de otras colinas semejantes, que dominan el Tajo á uno y otro lado, una angosta lengua de tierra, como un istmo rocalloso y ondulado, que se liga con el asiento de Toledo. El Tajo, llegando al norte de la ciudad y al oriente de ese istmo, se precipita como un torrente en la abra profunda que separa la montaña de la ciudad del cordon rocalloso del E.S.E.; rodea la basa gigantesca de Toledo, haciendo un círculo casi completo, y vuelve sobre el norte, como á buscar su propio cauce, lamiendo al poniente los cimientos graníticos del istmo que liga la península fluvial de Toledo con los cordones de cerros del N.O.

De ese modo, Toledo está incomunicada topográficamente por todos lados ménos uno, teniendo á sus costados los profundos abismos del Tajo, que desciende con suma rapidez por entre rocas estupendas tajadas casi perpendicularmente. Ademas, en la cima de la inmensa roca donde reposa Toledo, hay siete eminencias ó montículos desiguales, cubiertos de edificios, plazas y calles. De ahí resulta que la ciudad tiene el aspecto de una estupenda fortaleza, sin que su fisonomía pueda ser abarcada con la vista, en su totalidad, por ningun lado. Toledo domina todos los contornos, pero ningun punto domina á Toledo.

Para llegar, pues, á la ciudad por cualquier lado es indispensable, ó pasar por uno de los puentes de Alcántara y San Martin, ó penetrar por la puerta de Visagra, que da sobre el istmo del noroeste. De todos modos es preciso escalar ó trepar la montaña. Y en la ciudad misma, como los siete montículos hacen muy desigual el terreno, es forzoso subir ó bajar, por cualquiera calle que se tome, en una especie de círculo vicioso que hace de Toledo la mas extraña poblacion. No puede tenerse idea cabal, sin conocerla, de un laberinto semejante. El hombre mas experto, el de la mas prodigiosa memoria de localidades, se perdería en Toledo, sin el auxilio de un guia, al volver la segunda esquina de una callejuela.

Casas desiguales y de construccion tosca y antiquísima encajonan todas las calles, dándoles un aspecto lúgubre y siniestro, como si se anduviese por los ásperos é irregulares senderos de una montaña. El extranjero, al volver cada recodo, se hace la ilusion de que le espera una celada morisca en alguna de las mil encrucijadas que se complican y enlazan en la mas enredada trabazon. Donde quiera empedrados atroces, murallones irregulares, repechos, ángulos y curvas indescriptibles que desafían al mas hábil matemático por su ausencia de figuras determinadas. Las mil callejuelas se cruzan, se bifurcan, se redondean, se cuadran, se confunden, se rodean á sí mismas, se detienen repentinamente en rincones sin salida, ó se prolongan en los mas extravagantes pasajes, trazando una red indescriptible. Cuando cree uno haberse alejado 500 metros de un punto, segun lo que ha marchado, se encuentra en la direccion opuesta, á veinte pasos de distancia, completamente desorientado. Aquella ciudad, esencialmente morisca en sus detalles de ese género, parece haber sido combinada para las emboscadas, los combates de guerrillas y las defensas inesperadas y formidables.

El orígen de Toledo carece de historia, pues es atribuida su fundacion á razas diferentes, y no se conoce la época precisa de su aparicion. Los Romanos la hallaron muy respetable ya, le daban importancia y la hicieron capital de la provincia Carpetana. Conquistada por los Godos en el siglo VI la hicieron capital de su corte y sus dominios. Dominado el país en el siglo VIII por los Sarracenos, fué tambien el asiento de los vireyes moros, y despues la capital del poderoso reino de Toledo. Por último, recobrada en el siglo XI por el rey castellano Don Alfonso VI, fué todavía la capital de los monarcas españoles, hasta que en el siglo XVI trasladó Felipe II su corte á Madrid. Desde entónces comenzó á decaer Toledo, aislada y sin industria, no obstante su condicion de metrópoli de la iglesia católica en España.

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No habiendo pasado en Toledo sino tres dias, que son suficientes para un viajero que no es artista, apénas pude recoger impresiones rápidas. Toledo es interesante por su tipo social y su mérito monumental; pero el primero me importaba mas que el segundo, tanto mas cuanto que adolezco de una completa ignorancia en materia de arquitectura, pintura y escultura. Por lo mismo no puedo emitir juicios, so pena de copiar lo ajeno (arte fea en que estoy ménos versado aún que en bellas artes), y solo indicaré las emociones sentidas.

Toledo carece absolutamente de industria. Es una ciudad muerta ó por lo ménos paralizada. Lo único que allí llama la atencion en lo económico es la famosa fábrica de armas, situada á la márgen derecha del Tajo, al poniente del istmo que he descrito. Me fué imposible visitarla, porque estaba cerrada en esos dias con motivo de la Semana Santa, que los pueblos españoles y sus análogos celebran con la ociosidad. Supe sinembargo, que las armas toledanas eran de las mismísimas condiciones que las de lejanos tiempos. Los siglos han pasado por encima, sin que los forjadores se hayan dado por notificados, pues hoy los procedimientos de fabricacion son los mismos que ahora cuatrocientos años, sin que los productos hayan mejorado notablemente. La vieja España machaca el acero con los mismos martillos. La civilizacion moderna no ha llegado sino hasta la estacion de ferrocarril, al pié de Toledo. De ahí para arriba…. ¡cuidado con tocar las telarañas!

En Toledo todo lo que es monumental es interesante y curioso; todo tiene un tipo especial, que no se encuentra en ninguna otra ciudad española con igual energía, aún en Valencia, Sevilla, Córdoba y Granada. Donde quiera se ven alternando las construcciones góticas y las moriscas, así como algunas del Renacimiento, resultando de esa promiscuidad los mas curiosos contrastes.—Me detendré en los mas notables monumentos nomas, que son las joyas de esa ciudad donde corrió la infancia de Quevedo y yacen los restos del favorito ahorcado Don Alvaro de Luna, del poeta Moreto y del historiador Mariana.