Por lo demas Toledo es en su totalidad un inmenso y complicado monumento. Allí todo es curioso y singular, todo llama la atencion y obliga al extranjero á detenerse á cada paso. En cada calle, en cada esquina, en cada portal ó muro, balcon ó ventana, se ve algun objeto precioso para el anticuario, sorprendente para el viajero que por primera vez recorre una ciudad tan especial como aquella. Aquí se da con un trozo de mosaico precioso, una bella baldosa de mármol, un busto raro de piedra ó una inscripcion histórica; allá con una ventana ogival, un balcon morisco, un curioso mirador, un torreon gótico ó un escombro lamentable. Toledo es el cementerio magnifico de dos civilizaciones, de dos razas; cada edificio es una tumba y cada puerta ó muro contiene un epitafio….

Apresurémonos á hablar rápidamente de esa maravilla pretérita que se llama el Alcázar, para acabar con lo monumental y mostrar al lector algunos rasgos de la fisonomía social de Toledo. Esa admirable ruina está situada al lado oriental de la ciudad, sobre una eminencia, dominando al mismo tiempo á Toledo y las profundidades del Tajo. Los cimientos y diferentes cuerpos y fachadas del Alcázar datan de épocas muy distintas. Fundada en el mismo sitio una fortaleza romana, despues goda y en seguida árabe, el conquistador de Toledo, Alfonso VI, varias veces mencionado, le dió mas grandiosas formas, haciendo gobernador del castillo nada ménos que al heróico Cid campeador. Muchos reyes mejoraron sucesivamente el famoso fuerte, hasta que Cárlos V resolvió demolerlo en casi todas sus construcciones superiores, conservando solo una fachada gótica, los sótanos y los formidables cimientos. Felipe II terminó la obra, invirtiéndose en ella los cincuenta años trascurridos de 1534 á 1584, y trabajando allí los mas eminentes artistas, como Villalpando, Covarrubias y Juan de Herrera. En 1710 fue incendiado el admirable palacio-fortaleza por las tropas aliadas que luchaban contra Felipe V en la guerra de sucesion. Restaurado con esmero, incendiáronlo á su turno en 1810 las tropas francesas invasoras, dejándolo reducido á un sublime escombro. Hoy no quedan sino los muros interiores y exteriores, los torreones rotos, las cuatro espléndidas fachadas, los sótanos y cimientos; sin techumbres ningunas, despedazados los arcos que ligaban los muros, vacíos los huecos de los balcones y todo en ruina.

!Pero qué ruinas! Aquello es imponente y grandioso como una montaña desnuda, de indestructible granito y de ladrillo durísimo. Al vagar en medio de aquellas masas colosales, por esas enormes escaleras de piedra, sobre tantas bóvedas de inaudita fuerza y audacia singular, y en los oscuros abismos de los inmensos subterráneos (que en un tiempo abrigaron regimientos enteros de infantería y caballería), se siente uno poseido de un respeto profundo por el genio de los artífices, y adquiere, interrogando los ecos de esas formidables obras, la idea completa de una civilizacion terrible, fundada en la fuerza y el antagonismo artificial, de cuyo seno ha nacido, por uno de esos prodigios del divino misterio del progreso, la nueva civilizacion que tiene su solo principio en la libertad y la justicia.

El Alcázar es un cuadrado de 200 piés por lado, que presenta cuatro fachadas diferentes, espléndidas, que no obstante cierta armonía general corresponden á diversos estilos de arquitectura, predominando el del Renacimiento. Una de las fachadas, la mas antigua, es gótica por su carácter general, aunque por sus detalles, posteriores, es del mismo Renacimiento. Cuatro torreones gigantescos, en los ángulos, encuadran el edificio, dándole aspectos diferentes segun el lado por donde se le contempla. Se compone de tres cuerpos ó pisos, sin contar el de los sótanos, que se ve por un lado. El interior es de una esplendidez que arrebata, á pesar de su estado ruinoso. Los estupendos sótanos, de aquel palacio-fortaleza podian contener millares de soldados, de prisioneros y caballos, los víveres, y municiones y armas en grande escala; en fin, toda una fuerte guarnicion ó pequeño ejército, capaz de resistir por largo tiempo el asedio. Un inmenso subterráneo conducia desde el fondo de aquella montaña artificial hasta la márgen muy lejana del Tajo, á una gran profundidad, para poder dar de beber á las caballerías, coger agua del rio, etc., etc. Tal era de grandioso el sistema de arquitectura de la vieja España, que ha dejado en todas partes los mas soberbios monumentos.

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Nada mas curioso que el espectáculo de las plazuelas y callejuelas de Toledo, durante la procesion del juéves santo. Aunque naturalmente se escogen para el paso del Cristo y de la Vírgen las calles ménos imposibles, el acompañamiento eclesiástico y popular tiene que pasar por las mas grandes crujidas para hallar salida por aquellos pendientes y endemoniados pasadizos al aire libre. Todo el mundo se estrecha, se codea, se pone en prensa y estrangula, resultando de la confusion y los apuros los mas curiosos contrastes en los mil grupos que se agitan entre aquellos desfiladeros. El lujo suntuoso de la gran dama madrileña ó toledaña, cubierta de terciopelos, de ricos encajes y de joyas, tiene que frotarse allí contra la capa raida de paño ya pelado, un tiempo carmelita claro y luego de un amarillo mugriento inescrutable, que es el ornamento indispensable del toledano,—obrero, tratante ó mendigo, así como del manchego y todos los habitantes de las dos Castillas.

En Toledo faltan absolutamente en las clases inferiores esos atavíos pintorescos, de colores vivos y cortes caprichosos, que se ven en Valencia, en Sevilla y otras poblaciones ménos impregnadas de los usos castellanos. En Toledo todo es triste, y el hombre de alguna comodidad, como el menestral y el mendigo, tienen todos un aire de vetustez, de tristeza, de ruina y de miseria que los hace sombríos á los ojos del viajero. Cuando vagaba yo en medio del largo y complicado tumulto de la procesion, arrebatado en todas direcciones por una onda de capas amarillentas y mantillas negras, me parecia asistir á un carnaval de la muerte. Sobre mi cabeza, á uno y otro lado, veia los bajos balcones repletos de mujeres y niños, con aire de aplastar á los transeuntes cayendo como enormes racimos; miéntras que el aspecto de las calles y la movilidad de los sombríos grupos tenian no sé qué semejanza con las menudas olas y los grupos de rocas negras, en el seno de un arrecife, agitándose desordenadamente en un dia de borrasca.

Las bandas de mendigos pululan y circulan allí por todas partes, asediando al extranjero sin tregua. Rendido de luchar con las masas movientes en la procesion, fuí á sentarme en un banco de piedra, á la sombra de algunos árboles en la plaza principal, llamada del Horno de Bizcochos. Tenia sed y compré unas naranjas. Cayéronme al punto, en gavilla cerrada, siete ú ocho muchachos hambrientos, de los mas cercanos, pidiéndome cada cual una naranja, ó un chavito, como llaman los mendigos la moneda de cobre denominada ochavo. Alejáronse contentos al recibir algunas monedas, y yo creia quedar en libertad para comer tranquilamente mis naranjas. Pero en breve arremetieron de nuevo, en mayor número, á disputarse las cortezas que yo arrojaba al suelo; y hube de ponerme en salvo para no claudicar entre aquella vorágine de mendigos impúberes. No les bastaron las monedas y las naranjas, pues en un instante se tragaron todas las cortezas, como si fueran pedazos de pan!

Aquella escena me afectó profundamente, tanto mas cuanto que sabia que tal ejemplo de miseria no era una excepcion. Toledo, por mucho que se haga, no saldrá de la miseria. Es un escombro que no tendrá resurreccion sino á virtud de esfuerzos inauditos. Siendo la metrópoli eclesiástica del país (donde los canónigos son muy dichosos) y teniendo un gran colegio militar y una guarnicion, admirables monumentos y carencia absoluta de industria, Toledo es un conjunto de cuatro tipos principales que se revelan en cuatro vestidos diferentes: la sotana del clérigo, el uniforme de vueltas amarillas y rojas del militar, el elegante paltó del extranjero curioso, y la capa raida y nauseabunda del mendigo. Fundada con un destino militar, segun las ideas de otra civilizacion,—para ser una fortaleza—el aislamiento es la condicion de Toledo. No puede tener industria, porque carece de agua para mover máquinas, no habiendo sino aljibes ó cisternas; ni tiene elementos para el comercio y la agricultura, por su posicion excepcional. Toledo, pues, seguirá siendo una ruina sublime, una estupenda curiosidad y nada mas: el museo de la vieja España, custodiado por clérigos, militares y mendigos!…

Toledo me ofreció la ocasin de poner á prueba mi estómago y verificar la reputacion (usurpada la una y legítima la otra) de la olla podrida y el vino de Valdepeñas. Durante los tres dias que pasé en la imperial Toledo, tan magníficamente cantada por Zorrilla, me vi forzado á renunciar á la carne, recibiendo la ley de la situacion. Pero como no habia pescado, ni huevos, ni leche, quedé á discreción de los garbanzos cocidos y otras iniquidades de la cocina española, neutralizando algo mi desdicha con buenos tragos de un exquisito Valdepeñas. Este, sinembargo, tenia el atrevimiento de subírseme á la cabeza, sin la menor ceremonia, obligándome á multiplicar los brebajes de café. Tuvo al fin piedad de mí la posadera y me mandó servir puchero.—«Un puchero español! me dije con trasporte; vamos, esto será mejor que la Catedral y el Alcázar.»