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La catedral de Granada, que data de los siglos XV y XVI, aunque grandiosa y espléndida en su género y de una admirable riqueza de ornamentacion y pormenores, es, segun mi gusto, inferior á las demas catedrales de España, en cuanto al conjunto. Tengo una pasion decidida por la sombría solemnidad, la originalidad y el atrevimiento de las catedrales góticas, porque son monumentos típicos, populares y en armonía con el recogimiento severo de la religion. Pero me repugnan en los templos los refinamientos escolásticos y afeminados del Renacimiento, que hacen evocar la memoria del paganismo. La catedral de Granada, mandada construir por los Reyes Católicos, es del mas puro estilo del Renacimiento, combinando los tipos de sus diversos órdenes. Es un monumento grandioso, de proporciones muy majestuosas, pero pesado en su masa, sin audacia en las formas y de una regularidad que, interesando en el primer momento, acaba por ser monótona.

Una inmensa nave que hace su semicírculo en el fondo y abraza los dos costados, forma las naves laterales, y otras tres en el centro completan la vasta construccion. Un coro central en mala hora concebido, interrumpe el cuerpo del edificio, quitándole mucho de su majestad, y, exceptuando algunos relieves de un hermoso frontispicio-altar do mármoles soberbios, solo llama la atencion por sus dos órganos colosales, cuyos tubos parecen querer penetrar la techumbre para lanzar al cielo sus solemnes melodías. El altar mayor, situado en el centro de un vasto círculo formado por columnas y bastiones que sostienen la gran cúpula del templo, es de una magnificencia suntuosa. Nótase allí un famoso arco inclinado, atrevida creación impuesta al artista por la necesidad de la perspectiva; y hay en todas las cornisas y los arcos circulares una profusion de relieves de gran valor que hacen un efecto excelente sobre el fondo de los frescos debidos á artistas muy notables, como el famoso Palomino.

La capilla de las Reyes contiene allí, entre muchas riquezas de ornamentación, dos tumbas monumentales de mármol blanco, asombrosamente preciosas por sus líneas delicadas, su inmensa labor y sus relieves de un gusto artístico insuperable. La una de esas tumbas es la de Isabel y Fernando, con sus cuerpos íntegros en relieve; la otra de Felipe I y Juana la loca, de iguales condiciones. De resto, la catedral entera está llena de primores; su riqueza de mármoles en todos los pavimentos, los altares y muros, es prodigiosa,—como en todas las catedrales españolas (no siempre con buen gusto en la distribución); y entre multitud de bellos frescos, de infinitos adornos y cuadros al óleo de bastante mérito, se distinguen dos pequeños de Murillo, uno de Herrera el viejo y varios del infatigable Alonso Cano.

Un curioso espectáculo me llamó la atención, al recorrer la ciudad hacia extramuros, en solicitud de la Cartuja, el Albaicin y el Monte-Santo. Me había prometido ver á los Gitanos en su barrio y contemplar sus extrañas danzas en medio de las ruinas de la Alhambra. Había conocido un dia, en el Jeneralife, al capitán de los Gitano de Granada, hablando con él para que nos hiciese preparar una danza, objeto que provoca mucho la curiosidad de los viajeros. El capitán, albéitar de profesión, me había impresionado vivamente, haciéndome simpatizar con su raza. Fino y comedido, con una fisonomía en que parecían disputarse la expresión típica, el orgullo y la humildad fingida, la indiferencia y la amabilidad; alto, delgado y enhiesto; llevando con garbo su capa azul oscura de vueltas de terciopelo carmesí, y su sombrero de fieltro algo inclinado sobre la frente; con un acento vibrante y suave, un ojo profundamente negro, vivo y ardiente, pero velado por instantes, y marchando con seguridad y presteza,—aquel hombre me ofrecia el tipo de una raza bellísima, que ha conservado en medio de su degradación en Europa la tradicion de la mas hermosa estirpe de la India proscrita.

Al atravesar una espléndida plaza, interesante por recuerdos históricos, dimos con una esplanada vecina, llena de gente y animales. Celebrábase en aquel momento un mercado característico de los Gitanos. Todos los vendedores eran de esa raza, mientras que los compradores pertenecían á la nacional. Donde quiera grupos de gente, de vestidos caprichosos ó tristes. Por acá los hombres tratando caballos, mulas y asnos, y aun alguno que otro perro; por allá las mujeres, vendiendo sartenes, olletas y toda clase de objetos de metal. Durante los dias comunes el Gitano anda por los campos y cortijos recogiendo animales de servicio doméstico, ya comprados, ya recibiéndolos en comisión; en tanto que las mujeres y los muchachos de la raza colectan á ménos precio los útiles de menaje mas ó menos deteriorados, en las casas subalternas de la poblacion. El barrio de los gitanos es así el depósito de mil ruinas animadas ó inanimadas. Aquellas gentes, especiales en el arte tradicional de estañar y remendar, acomodan y rejuvenecen el enjambre de trastos viejos; y, no menos especiales en manejos de veterinaria (mas ó menos empírica, pero hábil en cuanto á las apariencias), trasforman el potro recalcitrante y el asno que parecía inservible. La reventa de esas mercancías, en cuyo valor hay mucho de artificioso, y la venta de algún carbón y otros artículos traídos de las montañas, constituyen los mercados especiales de los gitanos de Granada.

La curiosidad de examinar los tipos de esa raza nos hizo mezclarnos entre los grupos. Como mis dos compañeros de viaje y yo teníamos que hablar siempre en francés, los gitanos, al considerarnos extranjeros, creyeron por un momento que podrían hacer negocio,

—Eah, dijo uno de ellos al compatriota mas cercano,—ofréceles la jaca á esos chorlos, y si la quieren apriétales el molde.

—Ya, pues,—repuso el otro, con una sonrisa maliciosa,—mientras nosotros observábamos un caballito de garbosa apariencia, que relinchaba con mucho brío.

—Eh, señorito; añadió el chalan, con el acento mas meloso;—píntele usté el ojo á esa jaca, y dígame si hay un primor mas cuco en toas leas Andalucías,