El tiempo nos faltaba para continuar la excursion. Así, entramos á un pequeño vapor costanero y volvimos á Cádiz. Debíamos partir para Sevilla al día siguiente, y aprovechamos la segunda noche que nos quedaba visitando un teatro y algunos cafés. Nada de particular en el teatro, elegante y bien concurrido (porque el pueblo español es muy apasionado por los espectáculos que impresionan fuertemente ó hacen reír); pero hallamos, cómo en casi toda España, una farsa cantada á trozos, con el nombre de zarzuela, y las consabidas evoluciones coreográficas de estilo francés,—pestes insoportables que van haciéndole perder su originalidad y su gracia al teatro español. En vez de una buena comedia ó un buen drama (como hay de sobra en España) el público tiene que tragarse como puede una opereta bufa de mal gusto, que degrada al mismo tiempo á la comedia y la ópera.
En desquite, el café es en todas las ciudades españolas un elemento social sumamente curioso. Para un habitante del norte de Europa nada puede ser mas desagradable quizas; pero para un hijo del mediodía ó de Hispano-Colombia, con instintos de expansion y sociabilidad, la escena tiene muchos atractivos. Ya he dicho, al hablar de Barcelona y Madrid, lo mas digno de atención acercada los cafés en España. Como el espíritu de las poblaciones es enérgicamente liberal en todas las grandes ciudades españolas, y muy particularmente en las Andalucías, el café,—elemento de expansión franca y libre, de discusion y de censura,—es mucho mas importante aún en Cádiz, Sevilla, etc., donde la opinion liberal saca de él todo el partido posible. El piano (mueble infalible en los grandes cafés) contribuye á despertar los ánimos y aumentar el bullicio de los centenares de parroquianos,—sirviendo no pocas veces de instrumento epigramático, segun el humor de los concurrentes. Es muy frecuente el manifestar allí las tendencias de oposición al gobierno nacional, de aversión al gobierno francés, etc., haciendo ejecutar (con aplausos estrepitosos y unánimes) ya el himno de Riego, ya la Marsellesa, ú otra pieza que entrañe una fuerte alusión política.
El café de Apolo, donde nos establecimos en Cádiz durante algunas horas, en dos noches, nos procuró el medio de hacer curiosas observaciones en cuanto á las costumbres políticas de los gaditanos. Hasta la singular estructura interior del café contribuía á hacer interesante la escena, pues había cierta semejanza con las casas elegantes que he descrito, pudiéndose observar desde uno de los altos balcones que dominaban el gran salón todos los grupos y pormenores simultáneamente. Yo me aturdía de oir á los españoles hablando sobre los más graves asuntos: me parecía estar en un café de Bogotá (donde se habla con absoluta libertad) aunque, á decir verdad, hallaba mas tolerancia mútua en las francas y vehementes discusiones de los españoles. Se decian las mayores claridades, sin insultarse, pero sazonadas con la consabida pimienta española de las tres C.C.C., sin que hubiese el menor temor de una desavenencia. Hablaban de la reina…primores; ponían al ministerio de vuelta y média, ó descargaban su hilaridad epigramática y sus terribles censuras sobre el Capitán general, el Gobernador, el Obispo ó el primer personaje que hallaban á la mano. Es realmente rara la facilidad y el chiste con que el pueblo español maneja el epigrama y sabe aplicar un refrán en toda oportunidad.
Esa singular importancia política y social de los cafés en España me hizo reflexionar un poco. Ella data de los tiempos del gobierno constitucional, de manera que es una institución muy moderna. ¿Es un bien, ó es un mal?—me preguntaba yo. Desde luego que el café convertido en club tiene sus ventajas: tiende á suprimir ese aislamiento que helaba á la sociedad española, y la enervaba y mantenía en la impotencia moral é intelectual; distrae de la tentación del juego, tan general en España (por causa de las instituciones), y es un gran elemento de fusión de las clases sociales y de organización libre de la opinion pública, opuesto á las trabas que la encadenan bajo formas mas generales y ostensibles. Puesto que la ley amordaza la prensa y la tribuna, el café es un bien relativo que contrabalancea un poco la represion. Pero el café, tal como está organizado en España, tiene también su lado malo. Él no tiene la dignidad y compostura del club inglés, cosa natural, puesto que tanto difieren los tipos y las instituciones de Inglaterra y España; pero lejos de educar á los Españoles, el café les mantiene ciertos defectos de sociabilidad que les importa corregir. El lenguaje que allí se emplea, aún delante de las señoras, es demasiado libre, inculto y vulgar. ¡Qué de interjecciones impasables! ¡qué de alusiones y anécdotas coloradas! La familiaridad que allí reina establece una comunidad de lenguaje que degrada la lengua y priva al estilo de toda dignidad. Sin duda que del café pueden salir muchos oradores, hijos del hábito; pero oradores de muy mala calidad, viciados desde su nacimiento.
Por otra parte; la sociedad doméstica debe resentirse mucho de las consecuencias. Los que no llevan sus familias al café las dejan hasta muy tarde de la noche en completa soledad. He visto en los cafés de España muchas madres de familia con sus hijas, sentadas al derredor de mesas donde se sostenían habitualmente las conversaciones mas escabrosas. Aquello no puede menos que ser funesto para la moralidad de la familia. Pero si ella permanece en el hogar y el hombre solo es el que frecuenta el café, pasando en él tres, cuatro, cinco ó mas horas, los vínculos de la vida doméstica deben naturalmente relajarse. De todos modos, el café es en España una verdadera institucion política y social, creada por las costumbres, que tiene mucho de bueno y de vicioso, pero que perdería gran parte de su importancia si la opinion tuviera otros medios de libre expansion, como la prensa, la asociacion y la tribuna pública.
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A las ocho de la mañana siguiente á nuestra excursion por las cercanías de Cádiz, salíamos de la bahía á bordo de un bonito vapor español, con dirección a Sevilla. El mar tenia una hermosura espléndida, lleno de fulguraciones ardientes y agitado por olas poderosas. Bien pronto pasamos por enfrente de Santa-María, y Cádiz se perdió de vista entre las grandes sinuosidades del Atlántico, que parecían arropar la isla de León con su espumoso manto. Pasamos por delante de Rota, pequeña población de la costa, doblamos un cabo, y nos hallamos en breve en la especie de bahía producida por la desembocadura del Guadalquivir. La entrada al rio no se determina realmente sino casi al llegar á «San-Lúcar-la-menor», pequeña población mercantil ó de escala, asentada á la margen izquierda del Támesis andaluz. Y esta comparación no es aventurada, si se considera que, gracias al Guadalquivir, Sevilla es en realidad un puerto marítimo, habilitado para la importacion y exportacion, y centro principal del comercio de la baja Andalucía y algunas comarcas limítrofes.
Nada mas triste que esas llanuras marítimas regadas por el bajo Guadalquivir, en todo el trayecto que se extiende desde la bifurcación que produce la «Isla mayor» hasta San-Lúcar. Es un mar de gramíneas medio anegadas limitado por el océano mismo. Las márgenes del rio son sumamente bajas, de modo que en las épocas de crecientes los derrames producen una completa inundación, quedando las llanuras convertidas literalmente en una continuación del mar. Cuando pasamos por allí la tierra estaba descubierta y la poblaban numerosísimos rebaños y yegüerizos. Por todo el horizonte se veian innumerables bandas de patos salvajes, rosados pelícanos y otros acuátiles abatiéndose en los pantanos, en medio de las vacas, las ovejas y los potros, mientras estos pacían perezosamente ó se reunían en grandes grupos para defenderse del ardor del sol, que hacia fermentar las aguas estancadas y calcinaba la inmensa llanura completamente desprovista de árboles. No me parecieron muy avantajadas esas crias; la vacuna no tiene un crecimiento notable, y la caballar es bien inferior á su reputación. He observado que hay exageracion en lo que se dice generalmente de los caballos andaluces, lo mismo en Sevilla que en Córdoba y Granada.
El Guadalquivir, de una anchura media de 130 metros entre Sevilla y las cercanías de San-Lúcar, tiene en lo general poco fondo; el cauce, variable á causa de las fuertes aluviones de arena arcillosa, impone á la navegacion muchas dificultades en algunos meses del año, y en todo él se requieren algunas precauciones y una forma especial de las embarcaciones que evite las varadas. En todo el trayecto se van encontrando numerosas barcas marinas, ancladas ó navegando, que suben ó bajan á remolque ó aprovechando las mareas y los vientos. Asi, el Guadalquivir tiene un aspecto comercial que prepara al viajero al movimiento económico de Sevilla, bastante animado y considerable.
Después de algunas horas de navegacion, cuando íbamos aproximándonos á Sevilla, la topografía comenzó á ser diferente, sucediendo los paisajes pintorescos á la triste monotonía de la costa. Las riberas del rio eran mas empinadas, el cauce mucho mas estrecho, y en vez de las gramíneas de los bajos pantanos teníamos á la vista muchos huertos y alegres sementeras de trigos y legumbres, largas filas de álamos blancos y sauces en una y otra margen, bosques mas ó menos considerables, de una frescura y lozanía deliciosas, y levantadas barrancas abruptas sobre las cuales se destacan graciosamente algunas poblaciones vecinas á Sevilla. Al fin pasamos por el pié de los parques espléndidos del duque de Montpensier, y vimos asomar, al volver un recodo (por encima de las arboledas, los numerosos bergantines y vapores y los pintorescos edificios del puerto), las cúpulas llamadas torre de Oro y de Plata, resplandecientes y poéticas, dominando el rio como dos joyas monumentales destinadas á advertir al viajero que Sevilla es la opulenta y gentil metrópoli del país donde dejó sus profundas huellas la dominacion morisca, sin borrar las de la romana.