—Gracias, Señor, respondieron á una.
—¿Y…la señorita sobrina de U. no se fatiga mucho en diligencia?
—Algo, es verdad; pero el viaje distrae siempre, y la paciencia hace lo demas, dijo la hermosa castellana.
Despues de ese corto diálogo insignificante, parecióme estar autorizado para seguir la conversacion.
Era preciso matar el tiempo, y ademas el carácter evidentemente zeloso de mi vecino me tentaba mucho á divertirme un poco y observar el corazon humano en diligencia, Poco á poco fuí llevando la conversacion hácia la discusion de los diversos tipos de mujeres en España, y cuando el buen tio parecia estar en ascuas á causa de mis elogios entusiastas en favor de las castellanas, me puse á tocarle su cuerda con preguntas sobre la situacion del clero en España.
En breve comenzaron las lamentaciones acerca de los progresos de la irreligion, fruto de los libros franceses; de la pobreza en que vivia el clero en España, especialmente el subalterno; del abandono en que se hallaban en casi todas las ciudades las iglesias, muchas arruinadas, y de todo lo que suministra materia á las conversaciones de un cura en todo país romano. Ello es que á poco rato, apesar de su tonta desconfianza, el tio comenzó á humanizarse y aún mostrarme alguna consideración, quizas en atencion al interes que yo le manifestaba por la independencia y el bienestar del bajo clero y por la prosperidad general de España. La sobrina, por su parte, parecia estar contenta de mis opiniones y gustos en cuanto á las españolas, y al fin quedamos muy amigotes, aunque de cuando en cuando sentia yo que por encima de mi nuca le echaba el tio á la sobrina las miradas mas paternales, pero siempre escrutadoras en el fondo.
La diligencia hubo de hacer un alto para remudar el tiro, y yo me apresuré á bajar para dejar algun respiro al atribulado párroco, que parecia mirar como una calamidad mi interposicion forzada en la berlina. Cuando volví á subir, el amable tio habia tenido la fineza de ocupar el asiento del medio y cederme su rincon. Como no se movió de mi puesto, le hice notar que allí quedaria con mas incomodidad, pero se apresuró á responderme:
—Oh, no; entre buenos compañeros se debe alternar. Por otra parte, U. como extraajero tendrá mas gusto en hallarse junto á la portezuela para observar mejor los campos.
No me hice rogar, tanto mas cuanto que asi el buen tio podia viajar con mas tranquilidad. Los tontos zelos de mi vecino me procuraban una ventaja de posicion con que no habia contado. Desde entonces, aunque de rato en rato se renovaba la conversación, pude entregarme á la contemplacion de las llanuras solitarias de Castilla, de una completa analogía con las de la Mancha y demás provincias de la Castilla oriental ó nueva.
Nada mas rico por su naturaleza ni mas triste y monótono que aquella comarca, donde la antigua inmobilidad española se muestra con todos sus rasgos característicos. La provincia de Madrid habia terminado en las alturas de la Sierra, donde un leon de piedra demarca el límite de las dos Castillas. Desde allí la carretera comienza á cortar la provincia de Segovia, una de las mas atrasadas de España por la insuficiencia de sus vias de comunicacion. El terreno va descendiendo en escalones de colinas rocallosas y planos inclinados, cuyo aspecto es triste y desapacible. Después de algunas ventas ó elementos de microscópicos centros de poblacion, dejando á un lado la pequeña villa de las Navas de San-Antonio, el horizonte se abre y las llanuras aparecen á la vista en casi toda su extensión. Por último, la vía toca en el pueblo de Villacastin (de 1,500 almas) y en el de Labajos (de 900 habitantes); penetra en San Chidrian al territorio de la provincia de Avila, separándose cerca de allí de la carretera que conduce á las Asturias, y al pasar por la villa de Martin-Muñoz (que cuenta 1,000 habitantes) cortando de nuevo una punta de la provincia de Segovia, el viajero se encuentra en plena llanura, rodeado de un vastísimo horizonte.