Las poblaciones que atraviesa la vía están en completa armonía con las llanuras. En todas ellas se ven las casas viejas de aspecto miserable y aflictivo; las calles sin pavimento alguno, ó atrozmente empedradas, llenas de fango y mugre; los enjambres de mendigos asaltando á los viajeros si la diligencia se detiene un momento siquiera. Vestidos que acongojan, capas patibularias, figuras extrañas y repelentes por su conjunto; y todo eso ¡cosa singular! contrastando con el tipo de una raza distinguida, inteligente, honrada y de índole dulce, en cuyo seno abundan las bellas fisonomías y las organizaciones robustas. El hábito de la mendicidad, del abandono, de la imprevision y la mugre se revela allí en todas las formas exteriores de una sociedad que tiene superiores cualidades latentes, que para desarrollarse no aguardan sino el impulso del comercio y de la libertad.

Una vez que se desciende completamente á la llanura, el terreno, sin ninguna de esas inflexiones que lo hacen pintoresco, no es mas que una pampa de cereales casi totalmente desierta. Si de trecho en trecho se ven algunos pequeños viñedos, ó rebaños de ovejas casi insignificantes, apénas sirven para hacer resaltar mas, como excepciones, la monótona uniformidad de las inmensas plantaciones de trigo, cebada, judias, habas y garbanzos que cubren el terreno. Si á muy largas distancias se ven algunos centros de poblacion, lo demas está desierto, como en la Mancha, sin un árbol, una casa ó un modesto cortijo. Si á la izquierda se ven á considerable distancia, del lado de Salamanca, los contrafuertes avanzados de la Sierra de Guadarrama que se dirige hácia Portugal, y á la derecha (norte) se alcanzan á divisar las pálidas eminencias de la sierra que separa á Castilla de la hoya del Ebro: al occidente, en la direccion de Valladolid y Zamora, el horizonte no tiene casi límites. La mirada se pierde en la contemplacion de un inmenso desierto de gramíneas cultivadas por la naturaleza sola, opulento de verdura y de gérmenes de progreso, pero triste, sin un ruido, sin animacion, sin movimiento social alguno. Los castellanos son un pueblo ahogado entre ondas interminables de cereales. Allí la naturaleza vive sin sonreir, y el hombre vegeta durmiendo ú bostezando.

La riqueza de ese pais, esencialmente agrícola, es inapreciable. Solo le faltan los medios y la libertad para dar salida á sus productos y regenerarse por el cambio. El dia que los obtenga, la Vieja Castilla podrá ser un emporio. Si el canal de Castilla, las nuevas carreteras y los ferrocarriles que están en construccion ó en via de ejecucion, crearán el primer elemento de prosperidad, solo una legislacion liberal, que rompa las ligaduras del comercio interior y exterior, completará la regeneracion económica y moral de los castellanos.

Uno de los rasgos mas característicos de esa poblacion (para la cual la vida no es mas que un hábito) es la impasibilidad, que raya á veces en un estoicismo bárbaro. Durante casi todo el dia el viento y la lluvia batian la desolada llanura; y sin embargo, donde quiera que alcancé á ver un rebaño me llamaron la atencion dos séres en infalible asociacion en el centro de cada uno: el pastor y el perro guardian. Cada perro dormia cerca de su dueño con la misma filosofía de este, que se destacaba immóbil, sin hacer caso de la lluvia y el viento. Un pañuelo apénas le cubría la cabeza, miéntras que todo el cuerpo se escondia bajo el embozo de una capa vieja de paño burdo amarillento (especie de estameña); y si alguna vez salía de su inmobilidad era solo para señalar con la mano al impasible perro alguna oveja que se alejaba demasiado del grupo. El obediente bruto llenaba su deber con lentitud, y el hombre seguia fijo como una estaca, centinela mudo de un campo desierto y de un rebaño de excelente índole. La misma escena se me ofreció diez ó doce veces.

A 143 kilómetros de Madrid, en el fondo de la extensa llanura, se encuentra la pobre y vieja villa de Olmedo, primera poblacion de la provincia de Valladolid en la vía que yo llevaba. Olmedo, célebre por dos batallas en las viejas guerras civiles de España, cuenta apénas unos 13,000 habitantes. Un tiempo ciudad fortificada y de alguna importancia, hoy no llama la atención del viajero sino por sus ruinas, sus murallas desmanteladas, su soledad y tristeza, á pesar de su mediano comercio de maderas.

Los paraderos donde la diligencia se habia detenido sucesivamente eran tan detestables que yo no habia podido tomar alimento ninguno de provecho. Los garbanzos cocidos, las habas guisadas, el tocino y los chorizos me perseguian sin misericordia; y aunque algunos vasos de vino de Aranda y de Toro me habian confortado un poco, tenia la pena de no poder entretener el apetito con el cigarro por consideracion á la sobrina del buen cura. Ello es que yo tenia una hambre de primer órden, que se avivaba con cierto olorcillo á buen queso y exquisita conserva de melocoton que se escapaba de la maleta del cura. Él y su sobrina aprovechaban para refocilarse los momentos en que yo bajaba de la diligencia en busca de alguna cosa tolerable.

La situacion me hizo comprender que era preciso apelar á la diplomacia. Restablecí la conversación sobre el clero y logré interesar al digno cura castellano. Por fin le hice saber que en Nueva Granada habia corrido yo graves peligros como periodista, á causa de la energía con que, discutiendo la cuestión del clero, habia defendido los verdaderos intereses de la religion, ó de la pureza del cristianismo y la independencia del sacerdocio. Yo decia enteramente la verdad, pero me guardé bien de decirle á mi compañero que mis enemigos habian sido precisamente los malos clérigos y los fanáticos, ni de entrar en pormenores sobre el modo como yo entendía los verdaderos intereses del clero católico y de la religion. Ello es que el tio se enterneció, y luego luego me invitó á participar de sus sabrosas provisiones, que me probaron el buen gusto gastronómico de mis compañeros. Si los zelos vulgares me habian procurado un buen asiento, el espíritu de corporación del cura viajero socorrió muy oportunamente mi situación estomacal. Debo decir, para descargo de mi conciencia, que desde aquel momento la gratitud me hizo olvidar toda cavilación maliciosa acerca del parentesco de mis compañeros de viaje.

Desde Olmedo hasta Valladolid (en un trayecto de 43 kilómetros) la carretera, enteramente nueva, gira por una comarca tan solitaria que no se toca sino en cuatro pueblecitos enteramente insignificantes, uno de ellos situado á la orilla izquierda del Duero, rio angosto y profundo pero muy subalterno hasta el punto donde, á pocas leguas de distancia, se le reune el Pisuerga. La noche estaba ya bien avanzada cuando pasábamos por enfrente de Simancas, tan famosa por su archivo histórico riquísimo en preciosos documentos. A las once llegábamos á Valladolid, y el buen cura y su sobrina se despidieron con la mayor amabilidad, dejándome un grato recuerdo de las ventajas de viajar en diligencia con los curas que tienen sobrinas.

Como se ve, en todo un trayecto de 189 kilómetros, entre Madrid y Valladolid, la carretera gira por una línea de pueblos muy aislados que apénas reunen un total de 19,500 habitantes á lo sumo, no obstante que la via es una de las mas importantes. Ese solo hecho da la medida de la escasez de poblacion en España y de su viciosa distribucion, principalmente en las Castillas.

La provincia de Valladolid, de territorio casi totalmente llano y situada entre las de Segovia, Avila, Salamanca, Zamora, Leon, Palencia y Búrgos, es la trigésima cuarta de España en el órden de poblacion, contando apénas 244,000 habitantes, Aparte de Valladolid, que tiene 41,869, no hay mas localidades de alguna importancia en la provincia que Olmedo, Medina-de-Rio-seco (con 4,500 habitantes), Benavente (que cuenta 4,550) y Medina-del-Campo, con 4,238. El resto de la poblacion está diseminado en muchos pueblos de 300 á 2,000 vecinos, pero los campos están donde quiera casi completamente desiertos, sea por causa de los hábitos sedentarios de todos los castellanos, sea porque la naturaleza de su agricultura (cereales y viñas principalmente) no exige la misma asiduidad en la consagracion al cultivo, que imponen otras producciones, sea en fin por la falta de buenos caminos vecinales que mantengan comunicaciones frecuentes entre los distritos.