La ciudad de Valladolid, tan célebre por su universidad, está situada á la márgen izquierda del rio Pisuerga, á poca distancia de algunos grupos de colinas bajas y redondas que interrumpen graciosamente la llanura para determinar en cierto modo el valle de aquel rio. Este, que tiene sus fuentes en la sierra de Reinosa, el Bornesga que nace en las montañas de Leon, y el Tormes, procedente de la sierra que domina á Salamanca, son los principales afluentes del Duero, centro hidrográfico de la vastísima hoya de la Vieja Castilla y el antiguo reino de Leon, comprendida entre los Pirineos (prolongados hasta las Asturias y Galicia), la Sierra de Guadarrama y la que liga esas dos cadenas separando las hoyas del Ebro y el Duero.
Valladolid es quizas la ciudad española que hace resaltar mejor el contraste de la vieja y la moderna España. En el centro está la Valladolid de las tradiciones, de la inmobilidad, del egoismo, del aislamiento,—la Valladolid gótica, sombría, de un carácter severo, triste, feudal y frailesco. En los arrabales ha ido surgiendo la Valladolid moderna, con tendencias visibles á la comodidad, la elegancia, el movimiento, la luz, la actividad económica, el aseo y el buen gusto.
En la primera parte se ven: casas de menguado y repelente aspecto, calles sucias, tortuosas y estrechas, callejones sin salida, plazas de arcadas sombrías y arquitectura pesada y empírica, torreones góticos y monumentales, numerosas iglesias medio arruinadas pero venerables por sus bellas fachadas cuajadas de trabajos artísticos; miéntras que el aspecto de las gentes y el movimiento mesurado de todos los objetos en las calles y plazas revela la tenacidad de los hábitos, el abandono y la fria austeridad de las costumbres. Donde quiera vestidos sombríos y uniformes, bandas de mendigos, mugre, viejos asnos errando por las calles entre la basura, muchachos vagamundos, gentes deteniéndose ó asomándose á mirar al forastero como un animal curioso,—en una palabra, la vida casi primitiva ó tradicional de la España castellana, con casi todos los caractéres que Lesage hizo resaltar magistralmente en su Gil Blas de Santillana.
Al contrario, en los arrabales ó la parte moderna de Valladolid se ven: hermosos paseos, espléndidas arboledas á la márgen del Pisuerga, los trabajos preparatorios de la estacion del ferrocarril que se adelanta, la animacion y el movimiento de carros en las cercanías de la cabeza del canal de Castilla, anchas y bien alineadas calles, casas hermosas y elegantes, nuevas construcciones que indican un rápido acrecentamiento de la ciudad, y todas las señales de una próxima regeneracion social.
Aquellas hermosas arboledas de la playa del Pisuerga, que me parecieron un prodigioso esfuerzo progresista en Valladolid, contribuyeron á probarme la tenacidad de los viciosos hábitos españoles. Es inexplicable el odio que los castellanos profesan á la naturaleza en sus mas simpáticas y atractivas manifestaciones. Todo lo que en ella es risueño, alegre y delicioso, desagrada á la mayor parte de las poblaciones españolas que no recibieron fuertemente la infusion del elemento arábigo. Los árboles, el agua, las brisas, el cielo, la frescura y la libertad de las campiñas repugnan á esa raza sedentaria, cuyos hábitos la han mantenido fiel á las sacristías, el silencio, la inmobilidad, el desaseo, los rincones, las sombras, los portales, el horror á la luz y á la vida en todo. Así es que la mayor parte de los vecinos de Valladolid detestan las deliciosas alamedas con que la autoridad pública los ha obsequiado, y en vez de ir á buscar allí el sol, el aire puro, los perfumes y las alegrías de la vegetacion, y los rumores de las aguas, prefieren aglomerarse bajo los sombríos portales del centro, ó errar perezosamente en las calles infectas y tristísimas donde se pudrieron sus antepasados en el mismo abandono.
Valladolid, la Pintia de los Romanos, trae su nombre, segun se dice, de su fundador, un moro llamado Olid (Valle de Olid), y ha sido la patria de muchos personajes ilustres de España. Entre los contemporáneos debo citar al célebre poeta Zorrilla, que ha tenido tanta popularidad entre los amigos del romanticismo de formas y lenguaje. Es bien sabido que en esa ciudad sucumbió en la miseria y perseguido, en 1506, el inmortal Colon, á quien debió España sus mejores glorias. La casa que habitó el heróico revelador del Nuevo Mundo se conserva aún, y es propiedad de sus descendientes colaterales, que llevan el título de duques de Veraguas. Ese monumento humilde, que debería ser un precioso museo especial y figurar como una de las mas interesantes reliquias de la vieja España civilizatriz, apénas es conservado como la casa mas vulgar.
Lo que he dicho sobre los rasgos generales de Valladolid indica bien la naturaleza de sus monumentos, pertenecientes casi todos al estilo gótico, y los mas notables al florido ó de transición del siglo XV, precursor del Renacimiento. La catedral, que jamas ha sido terminada, es obra del famoso Juan de Herrera en todo lo que tiene de elegante, y de Churriguera (el infeliz fundador del mal gusto en España) en cuanto tiene de pesado, frio y chocante; pero es por su fachada un modelo, en Castilla, de la arquitectura dórica en contraste con la gótica. No pude visitar el interior, porque en España es muy raro hallar abiertas las puertas de los templos en horas que no son las de oficios religiosos.
La iglesia de San Pablo, costeada por el famoso Torquemada de candelosa recordacion, no conserva de su carácter primitivo sino la fachada, porque el interior es un asilo de presidiarios. En España los cuarteles y presidios han heredado, en lo general, á los frailes que habitaron los conventos suprimidos; pero es justo decir que las bibliotecas, los museos y las oficinas de administracion han tenido su parte en la herencia. Valladolid tuvo la bobería de veinte conventos de monjas y diez y nueve de frailes, sin perjuicio de las numerosas capillas y las iglesias parroquiales. La fachada de San Pablo es verdaderamente un prodigio de escultura en cuya contemplacion puede uno embelesarse durante muchas horas. Admira la increible paciencia de los artistas y la finura portentosa de sus cinceles guiados por una feliz inspiracion.
Al lado de San Pablo llama la atencion otra iglesia menos arruinada, la de San Gregorio, notable por su bella fachada y algunos detalles del interior (en el patio y la escalera) muy característicos del estilo gótico en sus dos últimos siglos. Allí está establecida la Gobernacion de la provincia. A poca distancia se ven la casa en que nació el funesto Felipe II (á quien Víctor Hugo ha llamado el buho de la España inquisitorial), la casa en que se hizo el matrimonio de los Reyes Católicos, y la que sirvió de prision al célebre favorito Don Alvaro de Luna, ejecutado en Valladolid en 1453.
El museo, monumento social de cuya posesion se enorgullecen los vecinos de Valladolid, me pareció el lugar mas adecuado para un auto de fe contra las herejías artísticas. Si se exceptúa la biblioteca (14,000 volúmenes), unos treinta cuadros regulares ó muy buenos (entre mas de mil que nada valen), una sillería esculpida de bastante carácter aunque sin finura, y algunas pocas medallas y curiosidades artísticas, lo demas debería ser condenado al fuego como una degradacion del arte, que solo puede servir para pervertir el gusto y mantener groseras preocupaciones. La gran masa del museo se compone de mamarrachos abominables, en lienzo, en tabla ó en estatuas, procedentes de las sacristías de muchos conventos, cuyos moradores, á lo que parece, no se preocupaban sino con la representacion material de Cristo, la Virgen, los santos, los judíos, etc., sin cuidarse del interes divino de la religion ni del social del arte, excluido del feticismo bárbaro de las poblaciones.