La situación de Lyon es admirablemente feliz para el comercio interior y exterior, y su variada topografía la apropia para lo útil igualmente que para lo pintoresco. Dos pequeñas montañas ó colinas y dos magníficos rios le sirven de base, determinando su estructura y su fisonomía. Las colinas son las de Fourières y la Croix-Rousse; los ríos el Ródano y el Saona. Al norte se alza la colina redonda de Groix-Rousse, que es el remate de una cadena de colinas rocallosas; al occidente domina el horizonte otro cordon de colinas cuyo centro es la de Fourvières (asiento que fué de la ciudad romana anterior á Neron); y al oriente y el sur se extiende una vasta y magnífica llanura de admirable panorama.
El Ródano desciende del nordeste, por el lado oriental y el pié del cordon rocalloso que termina en Croix-Rousse. El Saona, que nace en las llanuras de Epinal, y viene del norte, engrosado con las aguas del Doubs, procedente de las montañas del Jura, y que se le une en Verdun,—desciende por entre las colinas de Fourvières y Vaise; corta en dos porciones la ciudad de Lyon en la parte occidental, y va á reunirse al extremo meridional con el Ródano. Aunque la antigua Lyon no se componía sino de las construcciones establecidas en anfiteatro y desordenadamente en las faldas de Fourvières y Croix-Rousse y sobre las márgenes del Saona, la nueva Lyon se compone de elementos diversos adquiridos por aglomeraciones sucesivas.
La ciudad ha ido extendiéndose en todas direcciones hasta tocar con los distritos vecinos de las colinas, abarcar toda la angosta lengua de tierra que desde Croix-Rousse se prolonga al sur hasta la confluencia de loe rios, y confundírse al fin con los distritos importantes y muy nuevos de la Guillotière y Broleaux, tendidos en la llanura á la márgen oriental del Ródano. A virtud de ese ensanche progresivo, Lyon tiene en su totalidad una población de 390,000 habitantes fijos, dividida en tres partes desiguales y variadas por el Ródano y el Saona.
Antes de buscar los pormenores de interés en Lyon quise darme cuenta del conjunto, subiendo á las colinas para tomar el golpe de vista; y puedo asegurar que, en su género, no he hallado jamas en Europa ni Colombia un cuadro tan magnífico y soberbio como el que allí se ostenta á los ojos del viajero. Trépase á la címa de Fourvières por entre las horribles y sucias callejuelas del viejo Lyon, llegando al anfiteatro pintoresco del jardín de Fourvières por una serie de escaleras interminables que pasan de algunos centenares y hacen de la ascension una verdadera empresa. Atravesando en calles espirales el jardín, y un puente de madera echado sobre altas rocas, se llega al observatorio astronómico y la iglesia de Nuestra Señora de Fourvières, cuyo alto campanario es el mirador mas precioso que conseguirse puede.
Al encontrarme en ese campanario, cerca del cual pasa el ferrocarril por un famoso túnel, me sentí pasmado de admiracion.
El panorama es inmenso y de una variedad encantadora. Al oriente veía la vasta llanura, cortada por algunas bajas colinas que dan asiento á una multitud de poblaciones, entre ellas Grenoble (al sud-este), y que, surcada por el alto Ródano, es la base de un extenso cultivo, principalmente de moreras, trigos y viñas. Al norte registraba el valle del Saona y las ricas llanuras de la Borgoña, en dirección á Mâcon. Al occidente llanuras y colinas también hacia la ciudad fabricante de Saint-Étienne, de fabuloso progreso; y al sur contemplaba con encanto el valle del majestuoso Ródano, de imperceptible descenso, extendiéndose por Vienne, Válence y Avignon hácia el Mediterráneo.
Por todas partes campos cultivados primorosamente, ciudades y pueblos, casas; campestres, anchurosos caminos carreteros, numerosísimas barcas en los rios, viejos castillos feudales sobre las cimas escarpadas de los cerros; y todo cubierto por un cielo magnífico, muy de extrañar en el mes de marzo aun.
Pero nada me producía tan profunda sensacion como el contraste del espectáculo lejano con el que tenia á los piés. Al oriente cerraban los Alpes el horizonte con su corona inmensa de blanquísimas nubes, levantándose desde la llanura en escalones sucesivos y en perspectiva, para terminar como titanes de nieve con sus cabezas brillantes hundidas en el éter, distinguiéndose entre ellas, muy lejana, la mole grandiosa del Monte-Blanco, ese rey de los Alpes que tiene por cortesanos á todos los reyes y los viajeros de Europa. Aquella cadena de montañas, unas azulosas, otras brillantes por sus nieves, tenian uña majestad arrobadora que yo, con mi corazón de Colombiano, comprendía perfectamente y contemplaba con amor.
Pero al pié veía la vasta ciudad, cuya cabeza es una inmensa roca y cuyas arterias son los dos hermosos rios, atravesados por quince ó diez y seis puentes, que son como las venas ligadoras. Aquí, casi bajo mis plantas, la ciudad romana y gótica, triste, sucia, sombría, en laberinto inexplicable, pero llena de misterio, de tradiciones y monumentos típicos. Al frente, sobre la izquierda del Ródano, hacia la llanura, la Guillotière y Broteaux, barrios anchurosos, cortados en ángulos rectos por calles de una regularidad matemática, con grandes muelles y vastos cuarteles, prolongándose hacia la campiña en un arco de fortalezas y casas de campo. Y por último, en medio de los dos rios, la parte aristocrática y opulenta de Lyon, irregular, fea y repugnante al pié de Croix-Rouese, pero luego elegante, suntuosa, rejuvenecida y llena de animación hacia abajo, hasta su límite en la confluencia de los rios, al sur de la espléndida estacion del ferrocarril, que pudiera llamarse el Palacio de las locomotivas.
Al mirar hacia arriba, al este, creía contemplar á Colombia, con sus cordilleras prodigiosas y su salvaje grandeza, no obstante que los Alpes me parecían apenas un remedo humilde de los gigantescos Andes. Pero mirando hácia abajo, hallaba á Europa, con sus tradiciones romanas y góticas, sus prodigios de arte, su animación industrial y comercial, sus grandes progresos de locomocion, y sus lamentables contrastes de opulencia y miseria. La contemplacion de aquel panorama desconocido me hizo meditar durante largas horas, y creo que nunca olvidaré las impresiones allí recogidas.