Despues de la sala de escultura ó estatuaria se encuentra en el vasto palacio de las Artes el interesante salon de pinturas que contiene la galería especial de los pintores lioneses. En general se observa en el estilo de esos artistas bastante vigor de colorido, y una marcada predileccion por el paisaje y la historia. Aunque la coleccion no es muy abundante ni sobresaliente, merece bien fijar la atencion. Llamaron la mia particularmente los cuadros de Claudio Bonnefond, artista de alto mérito, no solo por la maestría del pincel, sino por el profundo conocimiento que revela tener de los efectos de luz y de la perspectiva. Recuerdo haber gozado mucho con la contemplacion de un cuadro pequeño que representa el refectorio de un monasterio en perspectiva, precioso por sus golpes de luz y su energía de claro oscuro. Con todo, no considero que los artistas lioneses tengan razon para aspirar á constituir una escuela, si se ha de juzgar por el Museo.

Otra galería mucho mas vasta y magnífica contiene los cuadros del Museo comun, y en realidad hay obras allí de un mérito sobresaliente, tales como la muerte de Abel, por Orsel, y una Judit mostrando la cabeza de Holofernes, trabajo superior por su atrevimiento de formas y vigor de expresion y de pintura. Pero la mayor parte de aquellos cuadros son copias modernas, y aunque la galería es casi toda histórica, y contiene varios cuadros superiores, no es en realidad sorprendente, ni deja impresion como las obras maestras. Échase de ver que Lyon ha querido ser á todo trance un gran centro artístico, sin haber pasado de cierta mediocridad distinguida (permítaseme la expresion), porque el ruido de las máquinas y de los carros no permite allí un gran desarrollo espiritual como conviene á las bellas artes.

Mucho mas estimables son en su género las demas galerías, puramente científicas, que contienen los Museos de Historia natural, de Mineralogia y de Geología. El primero, que no es muy considerable, aunque merece mucho aprecio en una capital de segundo órden, está muy bien conservado y es un conjunto escogido de las especies mas raras y notables en las diversas familias del reino animal. Aquel es un verdadero museo de provincia, si se le compara con los de Lóndres, Paris, Berlin y otras grandes capitales, pero es completo y esmerado y hace honor á la opulenta metrópoli del Ródano, como á la Francia,

Pero es todavía mas interesante la galeria mineralógica, ya por la belleza de sus muestras (aunque algunas algo desordenadas) en punto á cristalizaciones y aglomeraciones metálicas y metalóideas; ya por la riqueza y abundancia de los mármoles y piedras finas. Llegan á centenares las lápidas que contiene el Museo de mármoles de todos colores y tipos, de muchos puntos de Europa, como España, Italia, Suiza y Bélgica, y muy especialmente de las ricas canteras de Francia. Son admirables algunos mármoles negros, amarillos, y veteados, producto de los Pirineos, de las montañas del Jura, de los Alpes, los Vosgas, etc.; y al ver tan hermosas y variadas muestras se extraña que, comparativamente, no se dé á los mármoles en Francia toda la aplicacion de que son susceptibles.

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La inspeccion del Palacio de las Artes, por rápida que sea, produce en el extranjero visitante una impression importante, á saber, que la sociedad de Lyon tiene evidentemente gusto por las bellas artes, pero no verdadero gusto artístico ó en las artes, puesto que, en lo general, sus obras públicas adolecen de mediocridad, y sus costumbres no están en armonía con esa distincion exquisita que es el sello característico del arte. Tan cierto es esto, como que los Lioneses no se distinguen sino en esa especie de juguete artístico, que llamaré arte de capricho ó de la moda, ajeno á toda inspiracion, y que se manifiesta en los preciosos dibujos de las sederías que salen de las ochocientas pequeñas fábricas de Lyon.

Allí donde el espíritu industrial se alía con el arte, se ve el refinamiento, el trabajo delicado y gracioso, porque Lyon, á pesar de sus pretensiones literarias y artísticas, no es por excelencia sino una gran ciudad manufacturera y comercial. En mi concepto, el arte verdadero, es decir el que se inspira de las grandes cosas y hace grandes revelaciones, no puede nacer y vivir hoy en las ciudades opulentas, entre el bullicio de la especulacion, las miserias y vanidades de lo que llaman el mundo y las farsas de la moda caprichosa. Si la mímica ó el arte dramático, la caricatura, el vals fugitivo y el palacio pintoresco pueden aparecer en las grandes metrópolis de la industria, la política y la moda, no así el poema sublime, el cuadro severo de pintura, la obra magistral y divina de arquitectura y escultura, ó las solemnes y graves armonías de Mozart ó Bellini.

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En punto á monumentos, Lyon posee algunos bastante antiguos y de mérito, que llaman justamente la atencion del viajero. De estos citaré: la Catedral, la iglesia de San Pedro y la antiquísima abadía de Áinay (casa de Dios en catalan); y entre los monumentos públicos de otro órden mencionaré el Hotel-Dieu ó Casa de beneficencia, y el Palacio de justicia.

Olvidaba hacer notar una circunstancia curiosa que observé en el Palacio de las Artas y me impresionó profundamente. La Bolsa de Lyon estaba provisionalmente establecida en la parte baja del palacio, en un vasto y oscuro salon que fué en otro tiempo una capilla. Cuando bajaba de contemplar los mil objetos de arte que encierran los diferentes museos, oí una espantosa gritería que, como una gran bacanal subterránea, ensordecia con sus ecos repetidos por la bóveda sombría. La curiosidad me hizo acercarme, y solo al hallarme en medio de la indescriptible escena pude creer que allí estaba la Bolsa de un país civilizado.