Desde Lyon hasta Marsella el ferrocarril pasa tocando en muchas ciudades y poblaciones importantes, algunas de ellas ricas en monumentos antiguos, romanos y feudales, y en recuerdos y tradiciones de mucha significacion para la historia. Pasa primero el tren por un considerable túnel por debajo de la ciudad de Vienne, situada á la orilla izquierda del Ródano, sobre un lecho de rocas de silex y granito, al parecer, y al pié de colinas donde vegetan las viñas escalonadas en anfiteatro; y luego se cruza la llanura que tiene por centro á Valence, ciudad algo considerable, y que se prolonga luego sin interrupcion, por Montelimart, Orange, Avignon, Tarascon y Rognac, hasta dar con el Mediterráneo en las cercanías de Marsella.
Donde quiera se encuentran allí tesoros de arquitectura, escultura y pintura, que le recuerdan al viajero todo lo que la civilizacion romana, y despues la de la edad media hacinaron en los campos de la Galia meridional para dejar magníficas huellas de su paso. A poca distancia de la via cerca de Tarascon, subsiste aún en Saint-Esprit un famosísimo puente monumental echado por los Romanos sobre el Ródano, que despierta la admiracion hácia las obras admirables de esa raza de titanes, y que ninguno ha logrado imitar con perfeccion de grandeza y duracion.
Al pasar por la Provenza se siente uno conmovido por un mundo de recuerdos que hacen soñar con los heróicos tiempos de los trovadores provenzales, esos inspirados y galantes fundadores de la lengua francesa y propagadores, de la poesía, la música, el canto, el sentimiento caballeresco y religioso y el espiritualismo de la idea cristiana. Delante de Avignon, en cuyo centro se ostentan aún magníficas ruinas, como las del famoso palacio del Papa, que fué su residencia durante el cisma, no puede uno ménos que recordar á Vaucluse, idear la figura poética de la ingrata pero púdica Laura, y murmurar alguno de los dulces é inmortales sonetos de Petrarca, el rey de los cantores del amor.
Se comprende bien aquella admirable pasion sentimental y heróica, al pensar en el carácter de los siglos XII y XIII, y al contemplar la encantadora comarca de la Provenza, que entónces debió ser mucho mas bella y fecunda en inspiracion. No ménos interesante es Tarascon, donde se ven ruínas de monumentos importantes, testimonios de un antiguo esplendor. Pero desde allí hasta Marsella la via pierde su interes artístico, porque el cordon de ciudades monumentales se aparta hácia el Sur cruzando el Languedoc, país semi-frances, semi-romano y español. Es allí donde se encuentran sucesivamente las interesantes ciudades de Arles, Nîmes y Montpellier, esta notabilísima como centro literario y científico, no desprovista de bellezas de arte, y las otras dos como verdaderos santuarios que guardan dentro de sus muros los prodigios del arte plástico y de arquitectura y pintura que la civilizacion atesoró en su marcha sucesiva en el mediodía de Francia.
La llanura pierde al fin su dilatado horizonte en Rognac, las colinas y los cerros se complican, anunciando la proximidad de la opulenta Marsella, y el Mediterráneo, penetrando por un pequeño golfo en medio de las redondas montañas de la costa, sorprende al viajero, ofreciéndole en las ricas salinas de Berre, Rognac y Martigues un hermoso lago circular, tranquilo y cristalino, cuyas ondas llegan hasta el pié de los olivos. La senda se estrecha, las graciosas quintas y casas de campo se multiplican á uno y otro lado, rodeadas de jardines y huertos, de olivos y viñedos, todo de una frescura encantadora; el movimiento comercial se hace sentir; las grandes fábricas é ingenios se destacan lanzando de sus altas chimeneas columnas de humo negro que van á desvanecerse en las rocas de las empinadas montañas, y al fin Marsella, la reina del Mediterráneo, se presenta á los ojos del viajero, irregular, agitada como una inmensa colonia de actividad cosmopolita.
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Si la romántica y gentil Venecia, bañada en todos sus flancos por las ondas murmurantes del mar, ha sido llamada con razon la reina del Adriático, Marsella, elevada por la actividad del comercio moderno á una importancia colosal, merece con mayor justicia quizás el nombre pomposo de emperatriz del Mediterráneo. Su admirable situacion, su fabuloso progreso, su mérito fabril, sus inmensas relaciones comerciales, el fuerte guarismo de su poblacion, su grandeza material, su tipo social característico, su pasado y su porvenir, todo concurre á hacer en extremo interesante el estudio de la opulenta Marsella, la perla de la Francia meridional, la antigua colonia de los Focios, capital de la extinguida República marsellesa, que César no pudo vencer y conquistar, y que inmortalizó su nombre en la revolucion francesa con su legion de héroes y el himno admirable que electrizara á la Europa entera en las grandes luchas de la libertad contra el absolutismo.
Marsella, la Massilia de los Romanos, a quien Tácito llamaba «la Aténas de las Galias» (con muy poca razon acaso, bajo el punto de vista literario), está situada á 813 kilómetros de Paris sobre la costa oriental del agitado golfo semicircular de Lyon, cerca de la embocadura del pequeño rio Huveaunne y á algunas leguas al Este de las bocas del Ródano. Su bahía es pequeña, pero profunda y capaz de contener grandes flotas, y abrigada en todas direcciones por una red de colinas y montañas desnudas que se elevan al oriente en anfiteatro pintoresco.
Como el Mediterráneo carece casi de flujo y reflujo, la bahía, dominada por rocas estupendas, fortalezas y montañas, está siempre llena, poblada de centenares y aún millares de embarcaciones, que producen no solo un movimiento comercial inmenso, sino tambien un espectáculo grandioso y del mayor interes. Las colinas, que arrancan desde la orilla del mar, se van elevando unas sobre otras, escalonadas y desnudas, calcinadas por el sol y pedregosas, hasta alcanzar una altura de mil metros que permite dominar todo el espléndido panorama.
En una de las montañas vecinas se encuentra, dominando la ciudad, el antiguo fuerte de Nuestra Señora de la Guardia, al lado del cual está la capilla del mismo nombre, cuya vírgen goza de la mas alta veneracion de parte de los marinos. Frecuentemente, antes de emprender un largo viaje marítimo, los marinos suben en peregrinacion á la capilla para hacer ofrendas á la virgen milagrosa y pedirle proteccion. Otras veces un voto, hecho en los momentos solemnes del peligro, en las soledades del Océano, es lo que va á cumplir sobre la árida montaña ese sér indiferente a todo, connaturalizado con la tempestad, que se llama un marino.