Abunda en espléndidos cafés de mucho lujo y elegancia, aunque en lo general frecuentados por gentes de mala sociedad, y en ricos y espaciosos hoteles que nada tienen que envidiar á los mejores de las grandes capitales. El edificio de la Bolsa y el del Hôtel de Ville, que están casi terminados, serán hermosos monumentos. Los paseos públicos son muy bellos, sobre todo el del Prado y el que domina el mar por el lado meridional; y hay en el centro de la ciudad hermosas plazas sombreadas, muy adecuadas á un país donde la tierra parece calcinada por el sol.
Como centro industrial ó fabril, Marsella merece mucho interes, aun prescindiendo de su valiosa produccion en buques, cordajes, velámenes y todo lo que se refiere á la marina. Posee en sus cercanías abundantes salinas, y tiene una gran fábrica de cigarros por cuenta del Estado. Sus principales fábricas de particulares, de enorme produccion permanente, son: de jabones, pomadas, aguas de olores, bujías y muchos otros productos químicos, en grandísima escala; de destilacion de aceites de todas clases y licores finos y aguardientes, y de preparacion de pastas y frutos alimenticos, por valores muy considerables; cinco refinerías de azúcar, que producen cada una 58,000 kilógramos diarios sin satisfacer á los pedidos; extensas fábricas de instrumentos de cirujía, óptica, etc., y de máquinas de ingenios, destilacion de aceites y licores y trabajos domésticos y de agricultura; fábricas de papel continuo y á mano, de todas clases, y grandes tenerías que producen excelentes tafiletes y toda especie de cueros curtidos.
Como se ve, Marsella tiene una vasta y muy interesante produccion propia. A ella se agrega su exportacion de los vinos finos de la comarca de Tolon y de los ordinarios de Languedoc, como tambien de aceites indígenas y frutas conservadas, sin contar las grandes exportaciones procedentes del interior de Francia.
El vastísimo comercio de Marsella, alimentado por el mundo entero, abraza todos los artículos que la industria exterior puede producir; pero hay algunos que merecen mencion especial, porque constituyen por su naturaleza y su enorme valor total la base principal del tráfico alimentado por tantos millares de fragatas, bergantines, barcas y vapores que de todos los puntos del globo van á ofrecer su carga sobre los muelles de Marsella.
Esta ciudad recibe especialmente: de Rusia trigos y cáñamo; de España vinos generosos, y aceite para purificarlo; de todas las costas de Turquía, Egipto y el resto de Africa, granos oleaginosos, esencias, especería y cereales; de Colombia y las colonias francesas y asiáticas, azúcar, maderas de tinte y ebanistería, pieles de todo género, café, cacao, caucho, plantas medicinales y aromáticas, tintes finos y minerales. Marsella es, pues, apesar de las instituciones fiscales de Francia, ántes hostiles al comercio extranjero, uno de los mas grandes y seguros mercados con que puede contar en Europa el Nuevo Mundo, en cuanto á exportaciones; y es al mismo tiempo un centro importantísimo para proveerse de ciertos artículos europeos que tienen gran consumo en Colombia.
Si del examen puramente económico se pasa al estudio de la fisonomía social de Marsella, no se la encontrará ménos interesante, ó por lo ménos curiosa. Allí parece haber una Francia distinta de la del interior, ó algo que no pertenece á Francia. Las montañas estériles y tristes; la reverberacion de un mar que se agita bajo el soplo de los vientos quemadores del Africa; el esplendor del cielo, azul y trasparente; la naturaleza semi-oriental de la vegetacion; el tipo vigoroso de las fisonomías algo retostadas; el lenguaje, el acento, las ideas populares, las costumbres y los usos,—todo establece allí una distincion profunda, haciendo del Marselles una especie de Fenicio ó de Italiano, un sér que mira hácia el Oriente y el Africa; voluptuoso, altivo, independiente y que mira con antipatía lo que viene de las comarcas setentrionales. Al observar las fisionomías marsellesas, el viajero no puede ménos que advertir que en las arterias de este pueblo hay mucha sangre africana.
Si bien es cierto que todos los Marselleses entienden y hablan pasablemente el frances, solo la parte superior de la sociedad lo habla bien y con frecuencia. En general el lenguaje es allí un patuá de sonidos vigorosos, áspero, y en extremo acentuado, muy expansivo y libre, y en muchas palabras duro hasta lastimar los tímpanos. Algunas de sus frases, entre las pocas que pude entender, me parecieron de una energía enteramente oriental y de una singular sencillez. El pueblo marselles es muy altivo y orgulloso; se cree superior á todo el mundo, haciendo mucho alarde de los primores de Marsella, y tiene un desprecio profundo por los Parisienses y aún por los de Lyon: no ha mucho los llamaba todavía bárbaros.
Y cosa rara en ese país del sol, del mar, de las montañas y del magnífico cielo!—ese pueblo no manifiesta, como era de esperar, el sentimiento artístico. Así, viste con extravagancia, combinando los colores mas chillones; no cultiva la música, ni la poesía, ni la danza, ni el canto en el grado que debiera, segun el clima, el paisaje y las costumbres marítimas; se acomoda al desaseo con increible indiferencia, y el hogar doméstico y la construccion de las casas manifiestan que carece de gusto por lo bello, elegante y gracioso.
Es curioso ver en los puertos y las plazas y callejuelas de la antigua Marsella, la poblacion que se agita bajo los rayos de un sol ardiente, huyendo casi siempre de la sombra. Ora llaman la atencion los variadísimos tipos de marineros, cuya fisonomía curtida, áspera y angulosa manifiesta la influencia de las brisas y las fatigas del mar; ora tropieza con el negociante cosmopolita ó comisionista, tipo flotante que revela en sus rasgos el hábito de acomodarse á todo y el instinto de la especulacion, y en su lenguaje, su porte y su marcha la indiferencia por todo lo que significa un goce social, el desprecio por las fórmulas, el abandono personal y la priesa de hacer las cosas en el menor tiempo posible. Ya se da con el turista ó viajero elegante (casi siempre inglés), pulcro y acicalado, que se pasea negligentemente, observando con nimia escrupulosidad hasta los menores detalles; ya con el rico ciudadano marselles, término medio entre el parisiense y el comisionista, que pasea las aceras de las calles y plazas, con las manos en los bolsillos, fumando un suculento habano, en busca de noticias ó de especulaciones en grande. Y luego, tan presto se da con el obrero sucio y fatigado, sudando y riendo, alegre, alborotador y pendenciero, que tira de una carreta ó dirige las mulas de un carro de mercancías, como se encuentra un enjambre de grisetas advenedizas, corredoras de aventuras que vienen del interior á buscar el rico botin de la corrupcion en los grandes puertos; ó se tropieza con grupos de vivanderas que hacen una infernal algazara, mujeres flacas, morenas, de ojos ardientes, de cara angulosa y líneas fuertemente pronunciadas; vestidas con enaguas ó trajes de colores vivos, pañolones rojos ó amarillos, un pañuelo atado á la cabeza, en forma de turbante ó suelto por detras, medias de algodon y alpargatas ó viejos zapatos de cuero tosco, y llevando cada una un enorme cesto de frutas ó legumbres, ó una carreta de mano, para ofrecer el artículo con gritos incesantes y chillidos agudos que penetran el cerebro.
En Marsella, como en Lyon, es ya muy notable la multitud de mendigos y el hábito de mendigar importunando, que caracteriza en Europa á todas las poblaciones meridionales. Mucho se habla de los mendigos que pueblan las calles y los caminos en Italia y España, pero los viajeros ingleses y franceses se olvidan de la mendicidad en Inglaterra y Francia. En ninguna parte he visto mendigos tan horribles y repelentes como en Inglaterra; pero es justo hacer una distincion: en Inglaterra el mendigo pide sin hablar, extendiendo la mano, y guarda silencio y se retira cuando no le dan. En el norte de Francia, y en Paris sobre todo, el mendigo es una especie de artista harapiento: pide su limosna con organito, clarinete, flauta ó acordion, y el que pasa le da si quiere, sin necesidad de plegaria. Pero en el sur de Francia, como en Italia y España, se pide la limosna peor que con escopeta; es una operacion en cuatro actos, á cual mas terribles: embestida brusca, horrible clamoreo, sitio rigoroso y persecucion hasta hacer sucumbir al pasajero. Aconsejo al que viaje por el sur de Europa que lleve siempre los bolsillos llenos de monedas de cobre, y al ver que le ataca la temible falange, que arroje al suelo una puñada y eche á correr, sin parar hasta la primera casa donde sea posible poner puerta de por medio.